
Las pesadillas son sueños intensamente angustiantes que pueden provocar miedo, ansiedad o desesperación. Aunque muchas personas las consideran simples manifestaciones del estrés diario, la ciencia ha revelado que las pesadillas tienen una base neurobiológica compleja. Comprender qué sucede en el cerebro durante estos episodios oníricos puede ayudar a explicar por qué ocurren y cómo afectan la salud mental.
Durante el sueño, el cerebro pasa por varios ciclos que incluyen fases de sueño ligero, profundo y REM (movimientos oculares rápidos, por sus siglas en inglés). Es en la fase REM donde se presentan la mayoría de los sueños, incluyendo las pesadillas. En este estado, el cerebro está especialmente activo, casi tanto como cuando está despierto, pero el cuerpo permanece temporalmente paralizado para evitar que se actúen los sueños.
Cuando se produce una pesadilla, varias áreas del cerebro se activan de manera particular. Una de las más involucradas es la amígdala, estructura clave en el procesamiento de emociones, especialmente el miedo. En una pesadilla, la amígdala se hiperactiva, generando una respuesta emocional intensa, como si se estuviera viviendo una situación real de peligro.

Otra región implicada es la corteza prefrontal, responsable del juicio, el control de impulsos y la lógica. Durante el sueño REM, esta área reduce su actividad, lo que explica por qué durante una pesadilla se aceptan situaciones ilógicas o exageradas sin cuestionarlas. Esta desconexión entre el control racional y la emoción intensa facilita que las pesadillas sean más vívidas y perturbadoras.
La corteza cingulada anterior, relacionada con la regulación emocional y la atención, también juega un papel importante. Su actividad durante las pesadillas sugiere que el cerebro intenta procesar experiencias emocionales no resueltas, muchas veces ligadas al estrés, traumas pasados o ansiedad acumulada.
De hecho, investigaciones han mostrado que personas con trastorno de estrés postraumático (TEPT) o trastorno de ansiedad generalizado tienden a experimentar pesadillas más frecuentes y severas. En estos casos, las pesadillas no son solo manifestaciones aleatorias, sino intentos fallidos del cerebro por procesar y “digerir” recuerdos o emociones intensas.

También intervienen neurotransmisores como la norepinefrina (relacionada con la respuesta al estrés) y la acetilcolina (vinculada con la activación cerebral en el sueño REM). Alteraciones en sus niveles pueden influir en la aparición de pesadillas o en su intensidad.
Aunque ocasionalmente tener pesadillas es normal, cuando se vuelven frecuentes o afectan el descanso, pueden indicar un problema subyacente. Algunas estrategias para reducirlas incluyen mantener una buena higiene del sueño, evitar el alcohol o la cafeína antes de dormir, y gestionar el estrés mediante terapia, ejercicio o técnicas de relajación.
En resumen, las pesadillas no solo son “malos sueños”, sino reflejos complejos de la actividad cerebral, especialmente del manejo emocional. Son un recordatorio de que el cerebro, incluso mientras duerme, sigue trabajando para procesar nuestras experiencias, temores y conflictos internos.
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