
En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, la escritora y economista española Astrid Gil Casares reflexionó sobre su relación con la edad, el paso del tiempo y los cambios emocionales que acompañan a la madurez. También profundizó sobre su proceso de duelo tras la muerte de su madre y cómo esto marcó su enfoque sobre la vida y la familia.
Nacida en Madrid y criada en un entorno social privilegiado, tuvo una exitosa carrera en la banca de inversión en ciudades como París y Londres. Es autora de las novelas No digas nada, Nadie me contó, Ese jueves al anochecer me subí al tren y del guion de la película ¿Qué te juegas? Con La Fórmula Podcast habló sobre la vida después de los 50 años, la madurez como una segunda adolescencia, el síndrome del nido vacío y cómo reflexiona sobre la fortuna de haber nacido en una familia acomodada, a menudo luchando con la culpa y la necesidad de probar su valía. “Yo nunca he sentido que me haya esforzado, porque una vez que decido algo, ya no lo veo como un sacrificio”, compartió.
Podés escuchar el episodio completo en Spotify y YouTube.

— Hola Astrid. Leí tu libro “No digas nada”, toca muchas temáticas, como el paso del tiempo, nuestra relación con nuestros padres, la culpa, la soledad, el amor... ¿Te sentís cómoda diciéndome tu edad?
— Tengo en torno a 55.
— Lo pregunto porque mucho de lo que va el libro tiene que ver con la edad y con el paso del tiempo ¿qué te pasa con tu edad, cómo te sentís? Y no te hablo sólo de lo que te devuelve el espejo, sino cómo te imaginabas que los 55 se veían
— Evidentemente, cuando tienes 20 o cuando tienes 30, alguien que tiene 55 o 60 te parece mayor, y es verdad que cuando llegas, yo no tengo la sensación de que sea una niña, a veces algunas mujeres, amigas mías, que dicen “yo me siento igual que cuando tenía 30″, yo no. Pero es verdad que no me siento mayor todavía. No he llegado, y en el libro hablo un poco de eso, a ese momento que te dicen que llegas y en el que una mujer, y a lo mejor un hombre también, no quiero hacer diferencias, quizás el hombre más tarde, pero a esa edad en la que teóricamente te vuelves invisible en la sociedad.
El otro día me hacían una pregunta muy buena que era “¿por qué transparente y no invisible?”, y yo decía “invisible es un super poder”, si yo pudiese ser invisible me podría infiltrar en cualquier tipo de situación y observar; “transparente” es que estás ahí pero no te ven. Yo no estoy ahí, dicen que se llega a esa edad y por lo que voy entendiendo ahora de llegar casi a los 60, quiero pensar que cuando llegas a esa época que te dicen que eres transparente quizás no cueste tanto pero porque los cambios son progresivos, no es que pases de 20 a 70, asumiendo que 70 es la edad en que te vuelves transparente. Entonces cómo es estar a los 60, pues yo, personalmente, con una serenidad y por lo que oigo con mis amigas también, creo que lo quieres con la edad, aunque es un poco utópico. Yo estoy serena, mucho más serena, menos cosas que demostrar, creo que los 40 son mucho más complicados, tienes niños pequeños, estás queriendo todavía demostrar mucho profesionalmente, construyéndote. A los 60 estás llegando a esa época en la que te has demostrado, si has decidido ser madre, ya has sido madre, ya has educado, ya estás como asentado y, sin embargo, todavía puedes hacer muchas cosas, en mi caso, pero porque yo soy muy independiente, el famoso nido vacío a mí me devuelve una libertad que es maravillosa. Yo siempre he querido ser madre y es lo que me define, es lo más bonito del mundo, pero volver a tener libertad es extraordinario. Yo tengo amigos, bastantes, de hecho en el libro lo hablo también, que recuperan su vida sexual hacia los 50, 55. También, hoy en día, yo creo que nos cuidamos todos más, hay muchas formas de ayudar a seguir estando bien.
Entonces los 55 son como una segunda adolescencia, pero sin tener que demostrar. La adolescencia [es un tiempo] en el que todo es posible y que no tienes responsabilidades, entre comillas, pero todavía tienes que demostrar todo. A los 55 no es que no tengas responsabilidades, pero ya has hecho lo más importante, no tienes que demostrar y, sin embargo, eres muy libre, normalmente tienes más dinero que a los 15 evidentemente, entonces se te abre un mundo de posibilidades muy bonito. Yo no sé si es mejor, no estoy segura que sea mejor, pero es una época que mola más de lo que pensé que iba a molar.

— Astrid, quiero preguntarte por tu madre porque en el libro, Alana, que es la protagonista, tiene una madre que se lleva todo puesto, es una mujer magnética, con mucho carisma, fuerte, la que nunca acepta un “no” como respuesta y la protagonista un poco está conflictuada con haber crecido con ese tipo de madre, entiendo que tuviste una relación parecida con tu madre ¿puede ser?
— Sí.
— ¿Me la describirías? ¿Cómo era tu madre?
— Mi madre, pobre, porque siendo adolescente y con 20 años yo tuve una relación muy conflictiva con ella y no he llegado a ver todo lo positivo que me dio. Entonces, es verdad que yo he pasado de no querer pasar tiempo con mi madre, a con el tiempo darme cuenta de la suerte que he tenido de tener esa madre. Mi madre, no es que no le decían “no”, claro que le decían “no” a cosas, pero no lo oía, entonces para ella todo era posible, todo era factible, todo era una opción, porque aunque le dijesen “no”, como no lo oía, ella seguía su camino, claro que hay cosas que no le salían a veces. Y era una persona que es verdad que pensaba en ella más que en los demás, pero por otro lado, he visto tantas cosas, me ha abierto tantas posibilidades gracias a ese carácter que tenía, lo que pasa que cuando estás creciendo a lo mejor te gustaría que esa persona de vez en cuando se diese la vuelta y te abrazase. Pero no es factible, a lo mejor, tener esos dos caracteres, pero yo soy la mujer que soy tanto por cómo ha sido mi madre y me doy cuenta. Cuántas veces pienso “gracias a que mamá hizo esto, yo ahora hago esto”, pero es complicado cuando estás creciendo porque siempre está pensando en ella, aprendes a olvidarte de quién eres tú porque tienes que seguirla a ella, porque iba tirando del carro y tú no existes y eso fue conflictivo para mí, ya te digo: a los 20 yo tenía muy mala relación con mi madre porque resentía eso.

— ¿A los 20 pasó un episodio puntual?
— Sí, fue como un cúmulo de dos o tres cosas y no me gustó, me hizo daño. Mi madre con dos o tres acciones que tuvo me dañó. Luego, yo creo que ella se dio cuenta un poco y a veces cuando te distancias de alguien, esa persona se da cuenta que, a lo mejor, ella se tiene que adaptar a mí, pero yo empezaba a ser adulta entonces nos fuimos adaptando y, en cambio, los últimos años de vida, fue una relación muy bonita, sabiendo que mi madre nunca perdió su carácter, nunca. Quizás el cariño que no me había dado de pequeña, porque mi madre tenía ese carácter tan fuerte, me lo dio muchísimo los últimos años de su vida, la balanza me ha compensado de lejos, entonces yo he tenido las dos. Pero era una mujer fuerte, mi abuela también era muy fuerte, es muy inspirador, supongo que las dos cosas: tener una madre cariñosa te da una solidez emocional enorme, pero a lo mejor no te ayuda a lanzarte tanto, no lo sé.
— ¿Tu madre falleció hace ya cuántos años?
— Tres.
— Hay algo que sé que pasa en el libro, pero también te escuché decirlo sobre vos en entrevistas, es que no esperabas duelarla tanto.
— Ahora ya estoy bien, pero empiezo a escribir el libro pasado este luto, de lo que me impactó lo que sufrí. Hay que entender que yo pierdo a mi madre pasados los 50, después de un cáncer, con lo cual yo estaba preparada, y mi madre llevaba unos años con una enfermedad de la cabeza, con demencia, con lo cual de alguna forma tuve tiempo, como de unos cinco años, de ir despidiéndome de ella. Primero, por la demencia un poco porque iba perdiendo memoria y capacidad y luego por el cáncer. Entonces, yo pensé que ya me había preparado, por supuesto que iba a estar triste, por supuesto que iba a ser difícil, pero no pensé que mi vida se iba a romper, y mi vida de repente se rompió. Yo no soy psicóloga y es verdad que no fui al psicólogo en ese caso, entonces a lo mejor el psicólogo me hubiera dicho que estaba en una depresión, pero si no fue una depresión, fue parecido. Yo perdí completamente las ganas de vivir, nunca pensé en suicidarme, es muy distinto, pero yo me acostaba diciendo “mamá, llévame contigo, yo ya no quiero vivir”, fíjate que tengo hijos adolescentes, el dolor es un dolor físico, la echaba de menos, era un dolor físico, y eso no me lo esperaba para nada.
— ¿Cuánto tiempo sentís que duró esta tristeza profunda de no querer salir de la cama?
— Yo salía de la cama pero no tenía ganas de vivir. Yo he visto a mi madre enferma, mi madre tuvo dos canceres y yo no recuerdo que haya dicho algo así en su vida, entonces es ejemplo de madre y evidentemente sales de la cama. A mí, 9 meses, en cambio, sí me sacaron de ese estado, de esa tristeza, mis adolescentes. Un día vinieron y me dijeron “mamá, así no podemos seguir, tienes que hacer algo” y eso me hizo salir, entonces yo no sé si no tienes hijos cuánto te dura. A Alana le dura más, Alana tiene hijos más mayores, si comparas el dolor de Alana cuando pierde a su madre y el dolor mío es lo más real que hay en esa novela, de todo lo que hay, ese dolor sí lo he tenido yo.

— ¿Sentís que la fuente de ese dolor era extrañar, pasar tiempo con tu madre o había algo más, tal vez algo que te quedó por resolver en vida?
— No, era echarla de menos. Pero es extraño, yo entiendo que si tienes 25 años y estás así ¿cómo no vas a estar así? Porque a los 25 y a los 30 y a los 35 necesitas a tu madre mucho más, yo al final ya tenía hijos adolescentes, estoy formada, ley de vida, no lo sé, mi caso no era que no supiese cómo seguir en mi vida, pero sí su ejemplo, su guía, su fuerza. Mi madre nunca perdió su fuerza, nunca, entonces todo eso y echarla de menos. Lo bueno o lo malo no lo sé, pero el tiempo lo cura todo, no sé la pérdida de un hijo porque no lo he tenido, pero las cosas difíciles que me han pasado en mi vida todo se cura y todo pasa. Yo soy alguien muy fuerte, de verdad que lloro muy poco, pienso que mi vida es tan privilegiada, pero sí, claro que echo de menos a mi madre, claro que creo que no creo, pero la idea de volver a abrazarla es algo que me llena, me hace bien pensarlo y hablo con ella, pero no tiene nada que ver ese dolor que sentí, nada que ver, esto es como que te operan y sales de la operación. O como mi hermano que tuvo hace dos años un accidente de tráfico. Los primeros tres meses era brutal verle y dos años después no ves nada de ese accidente, entonces no es que no veas nada porque él seguramente te dirá “yo no puedo mover el brazo así”, se te quedan pequeñas cosas, pero claro, la persona que ves al salir del hospital después del accidente y lo ves hoy, es un poco lo que le pasa al alma. El alma cuando se muere tu madre estás como mi hermano al salir de ese hospital después de ese accidente, y hoy el alma está y seguramente dirá “pero yo no puedo mover esto”, pero vuelve a ser quien era antes del accidente mi hermano. No he estudiado psicología, no tengo ni idea, y puedo estar diciéndote las mayores barbaridades.

— Me quiero detener en algo que mencionaste recién. Me dijiste “como fui tan privilegiada no me siento con el derecho de quejarme” y creo que la culpa y el no merecer son dos hilos conductores de la novela, aparecen en todo lo que le pasa. En sus pensamientos internos, hasta cómo se relaciona con el mundo, siempre está muy atado a una culpa y a un sentido de no merecer. Primero, creo que la culpa se manifiesta por partes en la culpa de ese privilegio, en la culpa de haber nacido tal vez con posibilidades, en tu caso que entiendo que también venís de una familia que tuvo una vida acomodada, ¿sentiste eso, te resuena eso con vos?
— Sí, muchísimo y a mí me costó. Ahora la culpa por haber nacido con estos privilegios la tengo más controlada, pero nunca se me olvida la suerte, o sea es la lotería de la vida, y en la lotería de la vida a mí me tocó un buen número o unas buenas cartas, entonces ahora no es culpa, pero es verdad que a mí muchas veces me sale más el “¿por qué a mí en lo bueno?” que el “¿por qué a mí en lo malo?”, cuando algo malo me pasa, como a todo el mundo, nunca se me ocurre pensar el por qué a mí, lo doy por hecho porque “¿y por qué no a mí?”. Es verdad que me cuestiono más por qué la vida hace que a alguna gente le suceda cosas buenas, cuando me pasa algo bueno que cuando me pasa algo malo, pero sí creo que es muy importante, a mí me sirve y me ayuda en el día a día, en mi vida, acordarme de lo bueno que tengo.
Yo tengo otra filosofía de vida: yo no me he esforzado ni una sola vez en mi vida, yo no me he esforzado ni un solo día de mi vida, pero ¿por qué no me he esforzado ni un solo día de mi vida? porque una vez que decido hacer algo, ya nunca es un esfuerzo, por eso hablo mucho de la libertad en el libro también, yo creo que por lo que más lucharía es si me quitasen un día mi libertad. Yo cuando era pequeña, que tuve siempre una vida muy privilegiada, y en un momento quería comprarme unas zapatillas, entonces me puse a trabajar de babysitter, en azafatas de congresos, sirviendo copas, pero una vez que lo he decidido nunca he pensado “mira qué sacrificio he hecho”, es “yo decido hacerlo, ya no me cuesta”. He trabajado millones de horas, nunca he pensado “qué sacrificio he hecho” porque fue mi decisión trabajar entonces una vez que es mi decisión ya no hay esfuerzo, entonces yo creo que el ser consciente de la suerte que tienes te hace que las cosas un poco complicadas, no es que no le des mayor importancia, es que podría tener que ver tantas otras cosas o podría tener que salir tanto otro que esto… Creo que va un poco mezclado con esa sensación de que no me he esforzado, y hablo seis idiomas, a mí me los han enseñado de pequeña, mi madre era francesa y mi padre español, los demás me los he currado con ponerme, con viajar, con buscarme los cursos, ¿he hecho un esfuerzo para estudiar idioma? No recuerdo un día de haber hecho un esfuerzo, entonces es un poco cómo está estructurada tu cabeza.

— También hay otra culpa en el libro que tiene que ver, con no ser la hija que una determinada familia esperaba en el sentido de llegar a ciertos mandatos o de tergiversar un poco las reglas. La familia de Alana es más tradicional ¿en tu caso lo sentiste así?
—Para mí es más la sensación, no tanto transgresora sino, “¿y si fueses así?”, es como que nunca lo haces del todo bien y eso sí te puede pesar, el tener la sensación de que nunca lo has hecho suficientemente bien que es una forma de algunos padres de querer como empujar. Entonces, a la base es un sentimiento de “no te estanques en esto”, pero la sensación que te puede dar es que nunca lo voy a hacer lo suficientemente bien, y eso sí me ha pesado, que eligiese lo que eligiese nunca había un “¡wow! En hora buena”; no, eso no lo ha habido. O vocalizar incluso el “pero y si hicieses esto”, “pero y si hubieses cambiado esto”, no había el “wow” y ya, o “en hora buena”. De hecho el “en hora buena” no existía y era el “bueno, pero y ahora…”. Entonces siempre es como que no soy suficiente, y eso sí pesa, no sé cuánto es una experiencia común pero sí lo oigo, y de hecho muchos amigos míos que les digo: “Tu padre me dijo el otro día qué fantástico eres”, amigos y amigas mías, y me encuentro con sus padres y “¿de verdad te dijo eso? porque a mí no me lo dice” quizás es pudor, quizás es cómo les educaron a ellos, no lo sé, pero sí es común, y sí deja pozo, un mal pozo, no buen pozo.
— ¿Alguna vez lo pudiste hablar con alguno de los dos y decirle “me faltó esto”, “por qué nunca me dijiste esto” o no llegaste a ese tipo de vínculo donde esa conversación podría suceder?
— Llega, pero entonces es difícil porque lo toman como reproche entonces no es evidente, quizás debería haberlo dicho mucho más joven, cuando todavía había espacio para educar, pero lo tendría que haber dicho más. Yo no soy psicóloga pero me impresiona porque todo lo que viene de la infancia como que no se cura. Esto es como ser alcohólico, tú vas a ser alcohólico de por vida, ya no bebes, entonces ya no tienes los efectos negativos, yo no sé, pero aparentemente tienen que ir toda su vida a terapia o a los grupos, como dicen: eres alcohólico, ya está, nunca te vas a curar. Entonces tengo la sensación de que con la idea de la infancia aprendes a convivir con ella como el alcohólico, es decir “yo no puedo tocar el alcohol porque, si viene de la culpa, tengo que tener cuidado de que mi instinto sea tomarme una copa y dejarla ahí y no tocarla”, pero toda la vida vas a ser “culpables anónimos” o “no suficientes anónimos”, pero quizás es porque en ese momento dado es cuando tu cerebro se está formando, entonces es una raíz, quitas una raíz, porque luego las ramas es más fácil ir pasándolas, las ramas las puedes podar fácilmente, ¿las raíces cómo las podas?

— ¿Hay otras cosas que te hayas dado cuenta que te quedaron tal vez de tu infancia, residuos que decís “no sé por qué sigo pensando esto o por qué sigo actuando de esta manera”?
— Es que no es que no sepas, porque lo sabes y, sin embargo, vuelves, tienes cadencias, al final pensamos que podemos operarlo y simplemente es algo que no se puede operar y hay que trabajarlo todos los días, alguien tiene que hacer un tipo de ejercicio porque sino el músculo… Tengo una amiga que tiene un problema y para el resto de su vida tiene que hacer un ejercicio de cuello. Además, el cuello no se puede operar, y si no lo hace le volverá a doler, yo creo que estas cosas son algo que tienes que, constantemente, hacer el ejercicio de fortalecer el cuello y si dejas de hacer... igual que nunca te distancias de tu genética física, igual que nunca te distancias de si eres tímido, dejarás de ser un poco tímido pero tu naturaleza siempre va a ser tímido, se queda quien eres y luchar contra eso o asumir que eso tiene que desaparecer no creo que nos ayude.
— Hay algo que me pasó leyendo, es que sentía que había una contradicción por una parte entre esta mujer rebelde, esta mujer que hizo de su vida lo que quiso, y que iba para adelante, y por otra parte esta mujer que le costaba poner límites, que tenía la necesidad de todo el tiempo complacer a los demás, que el de al lado se sienta cómodo, esta falta de poder decir que “no” o poner límites a la vez con una personalidad rompiendo mucho de los límites.
— Es totalmente así y es la contraposición entre tener autoestima que tengo para dar y regalar y el amor propio, que siempre pensamos que es lo mismo y no lo es para nada. El primero es creer que puedes hacer todo y que no hay límites a lo que eres capaz o lo que puedes hacer y el otro es cuánto en tu fuero interno crees que lo mereces. En mi caso hay una extrema dicotomía entre las dos, o sea que no van en paralelo, es una contradicción muy fuerte en mi personalidad, que viene, de nuevo, de la infancia seguramente. Pero sí, en mi caso es más marcada. Yo creo que siempre hay un poco de diferencia entre uno y otro, yo creo que no están alineados en general.

— ¿O sea que uno es la autoestima, es lo que yo pienso que el de afuera ve de mí, y el otro es cuánto creo que yo merezco?
— No. La autoestima es cuánto soy capaz de hacer, soy capaz de hacer lo que quiera, cuánto merezco que me quieran, que me aprecien, una cosa es el hacer y otra cosa es el sentir, en el hacer tú te pones límites, hay gente que no, que al contrario, que se cree que vale mucho pero que no se atreve a hacer, entonces la autoestima es “yo soy suficientemente buena o tengo suficientes cualidades para hacer esto” y el amor propio es “cuánto lo merezco”, no es lo mismo, en mi caso es como que no lo merezco entonces tengo que estar todo el rato intentado agradar porque no lo merezco, aunque sé que soy capaz de hacerlo. Es como que soy capaz de correr una carrera y llegar y ganarla pero una vez que la has ganado, cuando te van a dar la medalla es como “¿pero no la quieres tú la medalla?”, “y no, gracias, y en el fondo la gané porque tenía unas buenas zapatillas”. Lo has hecho porque sabes que eres capaz de hacerlo, pero una vez que te van a dar la medalla haces un quiebro y no la recibes.
— Te voy a hacer la última pregunta que le hago a todos los invitados que pasan por el podcast. Si me pudieras contar algo y puede ser lo que sea, algo que escuchaste, algo que te contó una amiga, que en el último tiempo te gustó, te conmovió, te dejó pensando. Puede ser un libro que te gustó, sé que sos muy lectora y ves mucho cine, lo que sea que en el último tiempo algo te movió y te gustaría dejárselo a los oyentes.
— Muchas cosas. Un libro que he leído hace poco, me suele pasar y cuando descubro a un autor o una autora en general leo todos sus libros, y el verano pasado descubrí a una que se llama Agota Kristof y sus libros me han removido mucho, los recomiendo, no es muy conocida y me he leído todos los suyos y leerla y profundizar en la psicología de los personajes que me ha hecho preguntarme cosas de mí misma y eso siempre es bueno.
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