
La relación entre lo que heredamos y lo que elegimos marca una frontera cada vez más clara en la prevención de enfermedades como la demencia. El ADN puede establecer las cartas con las que se juega, pero la alimentación define, en parte, cómo se despliegan sobre la mesa. Así, el avance del conocimiento científico sobre dieta y genética empieza a transformar el modo en que se construyen recomendaciones de salud: entender que los alimentos pueden dialogar con los genes abre la puerta a una nutrición ajustada a la medida de cada perfil genético, en un intento por proteger el cerebro y extender la salud a lo largo de la vida.
Un nuevo estudio publicado en Nature Medicine por Yuxi Liu, Dong D. Wang y un equipo de investigadores de la Harvard T.H. Chan School of Public Health, el Brigham and Women’s Hospital y el Broad Institute of MIT and Harvard, revela que la relación entre la genética, el metabolismo y la dieta mediterránea puede modificar el riesgo de demencia y el deterioro cognitivo, especialmente en personas con predisposición genética elevada.
El trabajo, que siguió durante más de tres décadas a 4.215 mujeres y 1.490 hombres en Estados Unidos, demuestra que la influencia de la dieta y los metabolitos en la sangre sobre la salud cerebral depende en gran medida del perfil genético individual, en particular del gen APOE4, el principal factor de riesgo hereditario para el Alzheimer.
El estudio se centró en la interacción entre la predisposición genética, los perfiles metabólicos en plasma y la adherencia a la dieta mediterránea, para entender cómo estos factores se combinan y afectan el riesgo de desarrollar demencia y el rendimiento cognitivo.

Los investigadores analizaron muestras de sangre y datos genéticos de los participantes, junto con información detallada sobre sus hábitos alimentarios y su salud a lo largo de 34 años en el caso de las mujeres y 30 años en el de los hombres.
Uno de los hallazgos más destacados es que las personas con dos copias del alelo APOE4 (homozigotos), que representan un subgrupo genético de alto riesgo, presentan perfiles metabólicos en sangre claramente distintos y asociados a un mayor riesgo de demencia.
En este grupo, ciertos lípidos como los ésteres de colesterol y las esfingomielinas se relacionan con un aumento del riesgo, mientras que los niveles elevados de gliceroles parecen estar asociados a una menor probabilidad de desarrollar la enfermedad. En palabras del equipo, “las asociaciones de 57 metabolitos con el riesgo de demencia variaron según el genotipo APOE4 u otras variantes genéticas de riesgo”.

Ahora bien, ¿cómo se combinan la genética y la alimentación mediterránea para influir en el riesgo de desarrollar demencia en personas con predisposición hereditaria? “El estudio publicado en Nature mostró que, aunque aportar la variante de riesgo de APOE4 multiplica entre tres y doce veces la probabilidad de desarrollar Alzheimer, la alimentación mediterránea puede reducir ese riesgo hasta un treinta y cinco por ciento en quienes tienen más predisposición genética”, dice a Infobae el genetesita Jorge Dotto.
Y suma: “Lo más importante, en la población general, que las personas que incluso sin saber su estatus genético, o sea, que no se han hecho un test genético y no saben si tienen esta variante genética, la alimentación mediterránea redujo el riesgo de demencia hasta un veintitrés por ciento. Esto es clave porque la mayoría de la población general no tiene un estudio genético hecho para saber las variantes de riesgo de Alzheimer”.
Dotto, ejemplifica con una metáfora: “La genética carga el arma, pero la alimentación puede quitarle esas balas. La combinación de gen y alimentación se traduce en un modelo de nutrición de precisión. No todos necesitamos lo mismo y saber tu ADN cambia cómo deberías alimentarte para proteger tu cerebro y construir una longevidad saludable. O sea, el concepto para mí final es que sin información no hay posibilidad de acción”

El rol de los alimentos saludables
El trabajo también identificó que la dieta mediterránea, caracterizada por un alto consumo de frutas, verduras, legumbres, pescado, aceite de oliva y bajo en carnes rojas, tiene un efecto protector más marcado en los portadores de dos copias de APOE4.
En este grupo, la adherencia a la dieta mediterránea se asoció con una reducción significativa del riesgo de demencia y con mejores resultados en pruebas cognitivas.
El análisis incluyó la evaluación de 401 metabolitos en plasma y la integración de datos genéticos, lo que permitió identificar interacciones específicas entre variantes genéticas y metabolitos. Por ejemplo, el estudio encontró que el ácido dimetilguanidinovalérico, un marcador de alteraciones en el metabolismo de ácidos grasos y aminoácidos, se asocia más fuertemente con el riesgo de demencia en personas portadoras de una variante específica del gen APP, implicado en la producción de la proteína precursora del beta-amiloide, característica del Alzheimer.

La investigación también utilizó modelos predictivos que combinan edad, antecedentes familiares, nivel educativo, hábitos de vida, genética y metabolitos, logrando mejorar la capacidad de anticipar el riesgo de demencia, especialmente en los primeros 15 años de seguimiento.
El trabajo presenta varias implicaciones para la prevención y el tratamiento de la demencia. Por un lado, refuerza la idea de que la dieta puede modificar el riesgo incluso en personas con predisposición genética elevada, pero subraya que el beneficio es especialmente relevante en quienes tienen el perfil genético más desfavorable.
Por otro, sugiere que la medicina de precisión, basada en el perfil genético y metabólico individual, podría ser clave para diseñar intervenciones más eficaces.

Los metabolitos en sangre como biomarcadores en la prevención personalizada
“La sangre habla, tiene información”, afirma Dotto. “Los metabolitos son las huellas digitales del estilo de vida. ¿Qué significa esto? Que en el estudio se analizaron más de cuatrocientos metabolitos en sangre, que son sustancias químicas, y se descubrieron que ciertas moléculas, como carotenoides, algunos lípidos o la betaína, se asocian de forma distinta según el genotipo, o sea, de acuerdo al ADN de esa persona, de acuerdo a las diferentes variantes genéticas que tiene esa persona. Y estos metabolitos funcionan como biomarcadores en tiempo real. ¿Qué significa esto? Que te muestran si tu cuerpo está respondiendo de manera eficiente o deficiente a la alimentación", agrega el genetista.
Y sigue: “O sea, te muestran los metabolitos, estos biomarcadores, si tu cuerpo está respondiendo bien o mal a la alimentación mediterránea. O sea, en la práctica significa que en un futuro podremos medirlos para saber si tu alimentación mediterránea está realmente protegiendo tu cerebro o si hay que hacer ajustes en los tipos de alimentos, en lo que llama la diversidad de alimentos, en dar mayor opción de sustancias químicas que consumís y en las cantidades que consumís. O sea, la prevención personalizada deja de ser teoría para transformarse en ciencia medible”.

-¿Qué recomendaciones puntuales daría para adaptar la dieta mediterránea a quienes ya saben que tienen variantes genéticas asociadas a mayor riesgo de Alzheimer?
-(Jorge Dotto) Si conocés tu ADN, podés personalizar tu plato. ¿Qué significa esto? Que hasta el momento no teníamos un dato tan impactante como este. En nuestra práctica aplicábamos la alimentación mediterránea, porque conocemos cómo funcionan los mecanismos genéticos moleculares que impactan en el sistema inmune y en el microbioma. Pero hoy este descubrimiento consolida esta práctica médico-nutricional. Para quienes ya saben que son portadores de la variante de riesgo como ApoE4, las recomendaciones van más allá del consejo general a nivel médico-nutricional. El número uno sería maximizar el consumo de antioxidantes naturales. O sea, aumentar la dosis de compuestos químicos que evitan el daño del ADN, como frutas, verduras, que son ricas en carotenoides, como tomates, zanahorias y espinaca.
Número dos sería el aumento de grasas saludables como aceite de oliva virgen extra y aumentar pescados grasosos, que son claves en la regulación de los lípidos de este gen. Número tres: reducir productos ultraprocesados y grasas saturadas que aceleran mecanismos inflamatorios.

El genetista asegura que no se trata de vivir restricciones alimentarias, sino de “elegir alimentos que hablen el mismo idioma de tu ADN”, grafica.
Y cierra: “Si estos hallazgos fueran de un medicamento, hoy te aseguro que hay millones de personas en el mundo haciendo filas en todas las farmacias para ir a comprarlo. No hay píldoras mágicas que solucionen problemas de nuestro salud. Yo pondría, entre paréntesis, por ahora, y después diría que nuevamente la ciencia demuestra que lo natural, como los alimentos reales, siguen siendo la mejor solución para nuestra salud”.
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