Las convicciones generan proyectos de sociedad desde los cuales es posible analizar logros y fracasos. El fundamento principal es la defensa de los intereses colectivos, los del conjunto, y la concepción de patria. Sobre esos dos pilares se da la política, esa mirada desde la cual se intenta pensar una sociedad para toda la ciudadanía.
Por eso, asombra la dureza, la rigidez, el sectarismo de quienes ayer reivindicaban los derechos humanos por encima de los derechos sociales o la de los que hoy creen que la destrucción del Estado permitirá el florecimiento de una nueva sociedad. Ambos proyectos agonizan en su debilidad, en su carencia de ideas. Confiemos que, en este punto de la crisis, se imponga la necesidad de la política con mayúsculas. Sin embargo, nos llaman la atención ciertas ausencias y la gravedad de la inexistencia de vocaciones de estadistas.
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La idea de destrucción del Estado propiciada por el ex presidente Carlos Menem y retomada hoy por Milei implica la misma devastación de la clase media, que el desarrollo de la industria había sostenido y se derrumbaría después con su desaparición y la concentración económica en pocas manos. El surgimiento de los barrios privados y la fractura social, iniciadas por José Alfredo Martínez de Hoz -ministro de Economía durante la dictadura militar-, se acentuaron con el menemismo y mostraron claras intenciones de consolidarse en el gobierno actual hasta que una debilidad secundaria a su estructura desnudó la fragilidad del proyecto.
Nunca tuvimos gobernadores ni políticos de tan bajo nivel de pensamiento y de tan grosera falta de formación. Individuos que se dejaran llevar por objetivos tan irracionales, como la destrucción del Estado mediante el RIGI o el Fondo de Asistencia Laboral (FAL), conceptos que esencialmente solo intentan el debilitamiento de los vulnerables para restituirles a los ricos esa autoridad sin sentido que tenían hace 100 años, como suele decir este presidente que tenemos y su lamentable corte de obsecuentes.
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“Lo lastiman con la angustia y lo humillan con el cinismo que caracterizan a Milei, a Luis Caputo, a Federico Sturzenegger…”. La lista es demasiado larga y me produce cierta animadversión reproducir más nombres de los funcionarios involucrados en este malhadado modelo.
Cómo olvidar al mafioso Al Capone, que terminó preso por no pagar impuestos, sin trasladar esa grotesca imagen al presente, cuando un gobierno absolutamente irracional encuentra su limitación en el absurdo del uso de un avión privado o presidencial. Las razones de fondo son su incoherencia y la codiciosa tentación de ascenso social por medios oscuros, detalles tan superficiales como el rumbo elegido por Milei mientras levanta la hipócrita bandera de la batalla cultural y, muy especialmente, de la moral. La frivolidad los acompaña en ambos casos.
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Entre tanto, la plaza que conmemoró los 50 años del golpe de 1976 se llenó de dolor y también de la alegría del encuentro entre quienes, sin banderías iguales, se reconocían en el rechazo a estas políticas, de recuerdos, y de la vitalidad del alarido de un pueblo que venía a decir “basta” al pasado que Milei y los suyos buscan reivindicar, como el caso de Agustín Laje, con miserables insultos a las Madres. En alguna medida, esas plazas -porque las hubo en las provincias también- les estaban poniendo fin a los dolores del presente. Nada más parecido a aquel “NUNCA MÁS” que este parate al gobierno empobrecedor actual. Empobrecedor en todos los ámbitos, el cultural y el científico acompañan la pauperización en la que nos ha sumido.
Perón decía que conducir es poner voluntades en paralelo, y en esa plaza había mayoría de ciudadanos libres y columnas que, a pesar de su objetivo común, marcaban el recuerdo de las divisiones, de la fractura de una sociedad que no había sido capaz de unirse frente a la adversidad.
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En síntesis, Milei es la expresión de un sueño pasajero de los grandes grupos económicos de hacer sucumbir a la clase trabajadora destruyendo la industria y lo mismo hacen con el resto de la sociedad. En eso consistía el retorno a 100 años atrás. Por otro lado, también se está produciendo la clausura definitiva del kirchnerismo y su voluntad de burocracia eterna. Argentina tiene ahora ante sí la obligación de construir una salida con ideas, que abandone definitivamente la rastrera humillación del oportunismo y recupere la dignidad del pensamiento sólido y bien plantado de quienes tienen una concepción de futuro, de una verdadera sociedad, y no la imposición de los que anteponen los negocios al ser humano.
En las naciones, se reúnen los pensadores para discutir proyectos. En las colonias, que es lo que nos hemos convertido actualmente, los corruptos lo hacen para desarrollar sus negocios. Son dos opciones que diferencian un destino.
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