
Durante mucho tiempo entendimos la vida profesional como una ruta con un destino conocido: estudiar, trabajar, acumular experiencia y, finalmente, retirarse. Hoy esa idea empieza a quedarse corta. Vivimos más años, tenemos trayectorias profesionales más diversas y muchas personas llegan a los 50, 60 o más años con una suma de conocimientos y capacidades de gran valor para las organizaciones y con mucho interés en seguir prolongando su etapa profesional. Así, la pregunta ya no debería ser cuándo termina la vida productiva, sino por qué seguimos pensando que tiene que terminar a una determinada edad.
La realidad peruana ya nos está dando una fotografía de este nuevo escenario. Según el INEI, más de la mitad de las personas de 60 años a más participa en el mercado laboral y, entre quienes tienen de 60 a 69 años, la participación supera los dos tercios. Es decir, cumplir 60 años, hoy no significa automáticamente pensar en la jubilación, sino, en cómo puedo seguir aportando a las organizaciones, emprender o realizar actividades que permitan generar ingresos,. Sin embargo, mientras esta población se mantiene activa y tiene una visión más larga de su vida productiva, todavía seguimos relegándola a un segundo plano: cuando hablamos de innovación, pensamos en jóvenes; cuando hablamos de emprendimiento, también. Ahí aparece una contradicción que tenemos que empezar a resolver.
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El desafío no es solamente económico, también es cultural. El edadismo hace que asociemos la edad con menor capacidad de aprendizaje, adaptación o innovación. La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada dos personas en el mundo mantiene actitudes edadistas, y estas percepciones se convierten en barreras para acceder al empleo, la capacitación y otras oportunidades. El problema, entonces, no es que las personas mayores hayan dejado de tener capacidades; muchas veces es que dejamos de mirar esas capacidades o bien la oportunidad de desarrollar otras.
Mientras seguimos discutiendo desde esa mirada, la transformación demográfica avanza. En Perú, las personas de 60 años a más ya representan alrededor del 14,3% de la población, frente al 5,7% registrado en 1950. Esto no es solo un cambio estadístico: significa que tendremos una sociedad con más personas viviendo más años y, por tanto, con nuevas necesidades, decisiones y oportunidades. También significa que debemos dejar de pensar en las personas mayores únicamente como receptoras de servicios y empezar a reconocerlas como actores económicos.
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Ahí es donde la economía plateada adquiere una dimensión mucho más amplia. No se trata solo de desarrollar productos o servicios para quienes tienen más de 50 años: se trata de entender todo lo que esta generación puede aportar, como experiencia, conocimiento del mercado, redes, capacidad para identificar oportunidades y una trayectoria que puede contribuir en diversos ámbitos y sectores. Desde esa perspectiva, la longevidad no debería verse como un problema que debe ser gestionado, sino como una oportunidad que todavía no estamos aprovechando suficientemente.
Pero reconocer ese valor no significa asumir que la experiencia basta por sí sola, también hay que crear las condiciones para que se siga potenciando. Aprender nuevas herramientas, desarrollar habilidades digitales, actualizar conocimientos, construir redes y encontrar espacios para reinventarse son parte de ese proceso. La experiencia y la innovación no son conceptos opuestos: cuando se encuentran, generan nuevas propuestas y nuevas formas de resolver problemas y generar nuevos productos y servicios. Por eso, la formación continua debería acompañarnos durante toda la vida, y no desaparecer cuando cumplimos cierta edad.
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También tenemos que ampliar la conversación sobre la vida laboral. No todas las personas quieren seguir trabajando después de los 60, y tampoco debería esperarse que lo hagan. La longevidad positiva no consiste en prolongar la vida laboral a cualquier costo: consiste en que cada persona pueda decidir qué quiere hacer con esta etapa: continuar en su profesión, emprender, cambiar de actividad, enseñar, acompañar a otros o simplemente abrirse a nuevos proyectos. La edad debería ampliar nuestras posibilidades, no reducirlas.
Si estamos viviendo más años, necesitamos también una nueva mirada sobre lo que significa ser productivos, aprender y aportar. El reto para las empresas, las instituciones educativas y el ecosistema emprendedor es dejar de mirar a las personas 50+ desde lo que supuestamente ya no pueden hacer y empezar a preguntarnos qué podemos construir con todo lo que todavía tienen para aportar. Porque después de los 50 no necesariamente empieza el retiro. Puede empezar una nueva etapa de propósito, aprendizaje y creación de valor.
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