
Una Iglesia pobre, con los pobres y para los pobres, proclamaba nuestro Francisco, esto es, una exigencia eclesial que ayuda a recordar, practicar y vivir el Misterio del Pesebre: la concepción milagrosa de Jesús, inescindible, en el plan de Dios, de su nacimiento en la extrema pobreza. Jesús que era –y es– Rey, nació en medio del “olor a oveja”, diría también Francisco; olor a corral que es olor a Creación participada por el hombre, aroma de un bien dado por la Providencia y trabajado con el sudor humano.
¿El producto de la potencia creadora que Dios nos ha donado está destinado a la acumulación por un “propietario”, para formar “capital” y más capital? ¿Es para que otros trabajen, no solo para ganarse el propio pan, sino, a la vez, para aumentar el capital del propietario (plusvalía del salario)?
Sin duda la donación divina debe ser aprovechada de la mejor manera posible, con eficiencia (cuidado de la Creación) y eficacia (enriquecer la Creación) por el hombre, que es también co-creador. Esta última condición impone una consecuencia de moral social: la multiplicación de los bienes donados no sólo debe beneficiar a los propietarios del “capital”, es decir, quienes se apropiaron (legítimamente) de los bienes necesarios para producir otros bienes (medios de producción), ya se trate de los privados o del Estado, sino en beneficio de todos, especialmente, pero no exclusivamente, de quienes participaron en la producción de tales bienes.
Las enseñanzas del Evangelio no son ajenas a estas cuestiones. Si bien la Buena Nueva nos señala el camino de salvación, cubre también otras dimensiones: junto con aquella salvífica, que es la más importante, podemos también encontrar claros mensajes sociales, económicos y hasta políticos. En definitiva, el Maestro es Dios hecho hombre, que nos revela el camino mediante mensajes también encarnados en parábolas, gestos, acontecimientos, explicaciones.

Entre aquellos acontecimientos se destaca el de la multiplicación de los panes y los peces. Recordemos los hechos: Jesús se encuentra enseñando ante una multitud de cinco mil hombres, más una cantidad no especificada de mujeres y niños. Como se hace tarde, los discípulos sugieren al Maestro que despida a los asistentes, para que vayan a la aldea próxima y compren de comer. Jesús ordena que los mismos discípulos den de comer a la muchedumbre, pero aquellos le recuerdan que solo cuentan con cinco panes y dos peces. Jesús responde con el milagro de su multiplicación en una cantidad tal que no sólo alcanzó para alimentar a esa multitud, dejándolos satisfechos, sino que con el sobrante llenaron doce cestos más.
Es posible hacer una lectura “terrenal” del relato bíblico. El “propietario” (el Maestro y sus discípulos) posee bienes a los que, a pesar de su escasa cantidad, hace producir. No los deja ociosos, por el contrario, los “multiplica”, y lo hace para los otros.
La multiplicación, para su distribución, de los panes y los peces es también una enseñanza social, de la que sin duda dio testimonio el empresario argentino Enrique Shaw, ya oficialmente en camino de beatificación, de acuerdo con un decreto papal que lo coloca en las mismas condiciones que un grupo de sacerdotes muertos mártires en las manos de comunistas durante la guerra civil española. Feliz coincidencia en el mismo documento: un empresario cristiano y unos mártires víctimas del comunismo.
El próximo beato argentino es, precisamente, un ejemplo del empresario cristiano, de la riqueza social que puede ser generada a partir de la “economía de empresa” entendida esta última como una comunidad de personas unidas en y por la dignidad del trabajo.
La vida y obra de Enrique Shaw es un límpido testimonio de la posibilidad de construir un “capitalismo de rostro humano”. Que la intercesión del beato Enrique Shaw ayude a nuestra Patria a superar las dificultades del momento.
¡Feliz Navidad!
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