
Perdonar no es olvidar. Por el contrario, la memoria es necesaria para que el perdón sea posible y tenga sentido. También, claro está, para no volver a caer en los mismos errores… u horrores.
Hay perdones “simples” u “ordinarios” y otros a los que podemos denominar “perdones de grandeza”. Los primeros se refieren a las ofensas o perjuicios que podemos recibir en la vida diaria (siempre ocurren) que dañan, pero no destruyen. Los otros tienen como destino las, precisamente, grandes ofensas. Aquí perdonar es más difícil, a veces es tanto o más doloroso que el daño que perdona.
¿Es posible perdonar lo imperdonable? Es la gran pregunta que nos propone Milian Kurdera, cuestión que también podríamos formular más en concreto, como los hace Hanna Aredent: ¿Podríamos perdonar a Hitler o a Stalin o a los que decidieron arrojar bombas atómicas sobre las poblaciones civiles en Hiroshima y Nagasaki? Hitler, Stalin, Truman ¿son imperdonables? ¿No tiene la misma gravedad matar a seres humanos por su condición racial, que matarlos para asegurar una hipotética “revolución proletaria”, o para acabar pronto una guerra de la manera más cruel posible?
Jesús nos anuncia que “…todo se les perdonará a los hijos de los hombres: los pecados y cuantas blasfemias profieran…”. Sin embargo, esta promesa no es absoluta. Así continúa “… pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo jamás tendrá perdón, sino que será reo de delito eterno” (Mt 12, 22-32; Lc 11, 14-26). Los Evangelios no nos aclaran en que consiste el pecado contra el Espíritu Santo ¿Será el pecado de no perdonar? ¿O el pecado de retirar el perdón ya concedido, como ha ocurrido en nuestro país?

Pero perdonar no es olvidar. Los “campos de exterminio” (nazis y soviéticos) no deben ser olvidados. Tampoco el anticipo apocalíptico conque culminó la guerra del Pacífico.
Me han surgido estas reflexiones (que, claro, sean acertadas o no, son plenamente aplicables a una etapa de nuestra historia que ya empieza a ser lejana) con ocasión de la difusión (escasa) de la beatificación de 49 religiosos profesos y un sacerdote diocesano asesinados en Cataluña por los republicanos (comunistas) al inicio de la Guerra Civil española (1936-1939). El Papa León XIV firmó el “decreto de martirio” donde se declara que la masacre fue motivada “por odio a la fe”, un odio que se encuentra presente en la historia, y fuertemente en la actualidad, exteriorizado de diversas maneras. Hoy estas maneras suelen ser más sutiles (p. ej., cultura “woke”) lo que quiere decir que hay diversas formas de martirio (p.ej., la “cancelación” cultural) pero no han abandonado totalmente la vía de la sangre, o la disposición para transitarla cuando y donde sea necesario.
Seguramente aquellos mártires catalanes han perdonado a sus asesinos en el último aliento vital, y, luego intercediendo ante la Virgen y su Hijo en favor de tal perdón.

¿Debemos olvidar la masacre (no fue la única de ese estilo)? La Iglesia no la ha olvidado, como lo pone de manifiesto el decreto del Papa León, pero si lo ha perdonado, y lo hará “setenta veces siete”, es decir, ilimitada e infinitas veces, en el sentido hebreo de la expresión que utiliza el Evangelista (Mt 18, 21-22).
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