
No son pocas las investigaciones y posiciones filosóficas que avalan el hecho que envejecemos desde que somos concebidos. Sin embargo, la búsqueda (eterna) de la fuente de la juventud sigue hasta nuestros días. Con la entrada en vigencia de la nueva Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) por la OMS, muchos creyeron interpretar y avalar la idea que el envejecimiento es igual a enfermedad, una interpretación semántica y carente de sentido científico que ocupo gran espacio en la opinión publica y los medios… de Iberoamérica.
La CIE es una clasificación que estandariza todo aquello que hace al diagnóstico clínico, epidemiológico y la gestión de la salud. En otras palabras, lo que no figura allí no existe y eso implica que no puede recibir financiación y nunca llegar al mercado consumidor de la salud. Este cambio de nomenclatura surgió como iniciativa de un lobby de instituciones vinculadas a la investigación biomolecular y la industria antienvejecimiento como Biogerontology Research Foundation y la International Longevity Alliance.
Solo en 2020 la industria antienvejecimiento tuvo un volumen de negocios de casi 60 mil millones de dólares. Estos grupos representan a muchos de los que utilizan expresiones como guerra contra el envejecimiento, conquista de la juventud eterna o derrota de la vejez, lenguaje bélico que denota no estar dispuestos a darse por vencidos fácilmente. En ese momento, no hubo voces disonantes que alertaran sobre la jugada y nadie que rasgara sus vestiduras. Por otro lado, el rol de la OMS, una institución en horas bajas desprestigiada por los yerros en la gestión de la pandemia, sospechada de serios conflictos de interés y con una capacidad técnica muy mermada producto de su falta de financiamiento; donde, además, sus desavenencias incumben también a la hoy llamada Unidad de cambio demográfico y envejecimiento saludable, su responsable actual y los pasados… una lucha de egos de alto nivel.
La combinación entre un lobby muy poderoso y una OMS débil es la arena perfecta para una hoguera que está siendo alimentada erradamente. Pero volviendo a la pregunta de si vejez es enfermedad… ¿acaso debieron pasar tres años para que haya esta exacerbación sobre un tema, en este sentido, profundamente semántico? Una de las revistas más prestigiosas de gerontología de EE. UU. en 1954 hablaba ya del envejecimiento como una enfermedad compleja; pero si fuera así en el mundo habría hoy más de 6.000 millones de personas enfermas y de esta forma tendríamos casi un 12% de enfermos en estadio avanzado que son todos aquellos mayores de 60 años del mundo. Pensar que la Organización Mundial de la Salud que promueve (y luego veremos los verdaderos alcances y logros) Década del Envejecimiento Saludable 2020 – 2030, afirma ahora que la vejez es una enfermedad es un sinsentido y con un poco de reflexión y análisis debería alertar sobre la verdadera naturaleza de la polémica. Así una pregunta tan simple no solo tiene diferentes interpretaciones sino diferentes e interesados actores que quieren hacer pesar su rol sean estos un lobby internacional, una institución como la OMS y hasta personas con egos inflamados.
La expectativa de vida es un indicador de desarrollo de un país, un logro que deberíamos festejar. Cada día hay mas evidencia que muestra que hasta económicamente es mas redituable vivir mejor y sanos que vivir mas tiempo y eso depende mas de nuestros estilos de vida y nuestras conductas que lo que la industria nos pueda ofrecer. Una longevidad que debemos transformar en nueva longevidad para vivir no solo sanos sino incluidos y participes, protagonistas de la sociedad hasta nuestro último día. La idea de detener, revertir o enlentecer el envejecimiento existe desde que existe el ser humano no lo olvidemos. Tampoco olvido lo que mi abuela Elsa, que vivió más de 100 años, y que un día en la cocina mientras preparaba la pasta del domingo me dijo “a mis 95 de los míos no queda nadie, para que quiero vivir hasta los 120”. Mi abuela era muy sabia, supo reconocer sus limitaciones y disfrutar de ese tiempo que la llevo a ser feliz con su sentido común, el más común y escaso de los sentidos que nos lleva a buscar respuestas ante preguntas sin sentido.
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