
En un mundo donde el ritmo cotidiano exige momentos de relajación, la costumbre de darse una ducha cálida sigue siendo un ritual valorado por millones de personas. El agua caliente, presente desde tiempos ancestrales en prácticas como el temazcal mesoamericano y las aguas termales asiáticas, es símbolo tanto de bienestar como de placer.
Sin embargo, aunque bañarse bajo un chorro cálido puede resultar reconfortante y terapéutico en muchos aspectos, esta rutina familiar presenta también una serie de riesgos para la salud que no siempre se toman en cuenta. De acuerdo con información de UNAM Global, conocer los límites y precauciones de esta práctica resulta esencial para evitar complicaciones.
Una de las virtudes principales de bañarse con agua caliente es el efecto vasodilatador: contribuye a incrementar la circulación sanguínea y facilita la transpiración, lo cual es útil para relajar los músculos, aliviar dolores articulares leves y reducir el estrés. Para quienes experimentan rigidez o inflamaciones suaves, alternar agua tibia con un modesto aumento de temperatura puede brindar mejoras temporales en la movilidad.

No obstante, los riesgos asociados a la exposición frecuente y prolongada al agua caliente suelen subestimarse. Especialistas de la UNAM advierten que el primer enemigo de la ducha demasiado caliente es la piel: este órgano, considerado el más extenso del cuerpo, está recubierto por una barrera formada por lípidos y un manto ácido cuya función es retener la humedad y bloquear patógenos.
Al sobrepasar la temperatura recomendada, que se sitúa entre 37.5 y 43 °C para uso cotidiano, el agua caliente elimina la protección natural, dejando la piel reseca, vulnerable e incluso agravando padecimientos como la dermatitis atópica o el eczema.
El calor excesivo barre con el sebo que nutre y resguarda tanto a la superficie cutánea del cuero cabelludo como las fibras capilares. El resultado es una piel seca y propensa a la caspa, y un pelo que se debilita y quiebra con facilidad. Acostumbrarse a duchas muy calientes puede, además, incrementar la caída del cabello y potenciar la sensibilidad en quienes ya sufren alguna afección dermatológica.

Más allá de los daños visibles, el agua caliente plantea otros riesgos menos evidentes. Al generar una dilatación intensa de los vasos sanguíneos, se eleva el peligro de hipotensión, mareos, caídas en la regadera e, incluso, cuadros de fatiga y deshidratación debido a la sudoración excesiva. En algunos casos extremos pueden presentarse quemaduras térmicas.
Ante estos riesgos, UNAM Global sugiere adoptar medidas sencillas. La primera precaución es moderar la temperatura, manteniéndose en un rango entre 37.5 y 40 °C en el día a día, y restringir los baños a periodos menores de diez minutos. Se deben evitar jabones agresivos y con fragancias, optando por productos suaves que no eliminen los aceites naturales de la piel.
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