
Por mucho que los humanos hayan fantaseado con el encuentro con vida extraterrestre, seguimos enfrentando una gran incógnita: ¿cómo la reconoceríamos?
En Shroud, la nueva novela de Adrian Tchaikovsky, la cuestión se presenta con una intensidad inusual, alejándose del típico relato de contacto entre especies para sumergirse en la compleja barrera de la percepción y la comunicación.
La obra, reseñada por Emily H. Wilson en New Scientist, se sitúa en un futuro distante donde una expedición comercial explora un nuevo sistema estelar.
La tripulación, atrapada en una estructura corporativa despiadada, opera bajo una lógica de explotación y competencia interna.
En ese contexto, Juna Ceelander, una administradora de proyectos especiales, y su colega, la macroingeniera Mai Ste Etienne, se ven obligadas a descender a una luna enigmática llamada Shroud tras un accidente a bordo.
El lugar es un misterio: sin oxígeno, con una gravedad intensa y sumido en una completa oscuridad, la única señal de actividad proviene de una caótica emisión de radio.
Lo que parecía un terreno fértil para la explotación comercial se convierte en un enigma cuando, al encender las luces de su cápsula, las astronautas descubren que algo—o alguien—las está observando.

Cuando el lenguaje y la lógica humana fallan
El conflicto central de la novela no es un enfrentamiento entre civilizaciones ni una amenaza bélica, sino la dificultad absoluta para establecer un puente de entendimiento entre especies radicalmente distintas.
Juna y Mai intentan comunicarse mediante la secuencia de Fibonacci, una estructura matemática que, según la lógica humana, debería ser universalmente reconocible.
Sin embargo, los alienígenas, en lugar de demostrar una comprensión del concepto, simplemente repiten los destellos sin añadir nuevos números a la secuencia.
Desde la perspectiva humana, esto confirma que la especie encontrada no posee inteligencia matemática.
Desde la perspectiva alienígena, las visitantes no son más que criaturas que repiten patrones sin razón aparente. Cada lado descarta al otro como intelectualmente inferior, atrapados en sus propias formas de interpretar el mundo.
Al final, solo logran establecer un intercambio rudimentario de tres destellos sucesivos, una especie de código que indica “todavía aquí, todavía escuchando”, sin llegar a transmitir significado real.
Un reflejo de nuestras propias limitaciones
Lo más fascinante de Shroud es que Tchaikovsky no solo plantea la posibilidad de que la inteligencia alienígena sea incomprensible para nosotros, sino que sugiere que tal vez nuestra propia arrogancia nos impediría reconocerla incluso si la tuviéramos frente a nuestros ojos.

El choque entre especies en la novela recuerda los problemas de comunicación entre humanos mismos.
La cultura corporativa que domina la expedición es un ejemplo de cómo estructuras jerárquicas y burocráticas pueden generar incomunicación incluso dentro de una misma sociedad.
Juna, cuya función es lidiar con la política interna de la nave, está acostumbrada a tratar con “colegas difíciles”, lo que sugiere que las barreras de entendimiento no son exclusivas del contacto con lo extraterrestre.
La obra también dialoga con Alien Clay, una novela anterior del autor que explora otro tipo de inteligencia alienígena, en un contexto donde la incomprensión puede llevar a consecuencias devastadoras.
Ciencia ficción que interpela
La ciencia ficción de Adrian Tchaikovsky se distingue por su enfoque especulativo en torno a la evolución y la inteligencia.
A diferencia de historias que plantean alienígenas con lógicas similares a la humana, Shroud desafía al lector con una posibilidad más inquietante: que la vida inteligente pueda existir de maneras que jamás podríamos comprender.
En un género que con frecuencia apuesta por el espectáculo de la confrontación, Tchaikovsky nos recuerda que el verdadero misterio no está en la guerra interestelar, sino en nuestra propia capacidad (o incapacidad) de reconocer lo que es verdaderamente diferente.
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