
“¿Por qué no nos dice qué hacer?” o “¿No es el trabajo del profesor darnos las respuestas correctas?” Estas preguntas, frecuentes en las aulas, reflejan una visión limitada del aprendizaje que puede obstaculizar el desarrollo de los estudiantes.
De hecho, existen cinco creencias sobre el aprendizaje que los alumnos deberían adoptar para potenciar su capacidad de aprender, y que los docentes desempeñan un papel clave en promoverlas. El enfoque propuesto va más allá de la simple memorización y de la autoridad del profesor, y apunta a formar estudiantes autónomos y críticos.
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En su experiencia como profesor de ciencias en distintos niveles educativos, Jerrid Kruse observó que muchos estudiantes resisten actividades que exigen pensamiento crítico, análisis o resolución de problemas. Ante tareas que requieren sacar conclusiones a partir de datos o diseñar experimentos, algunos alumnos prefieren recibir instrucciones directas, convencidos de que el conocimiento proviene únicamente de la autoridad del docente.

Esta actitud, según el análisis que se publicó en The Conversation, revela creencias erróneas sobre el aprendizaje que influyen en la forma en que los estudiantes abordan las clases y, en consecuencia, en lo que logran aprender.
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El artículo destaca la importancia de la llamada mentalidad de crecimiento, un concepto ampliamente valorado en el ámbito educativo. Los estudiantes con mentalidad de crecimiento creen que pueden mejorar y seguir aprendiendo, mientras que quienes adoptan una “mentalidad fija” tienden a pensar que sus capacidades son inmutables.
Frases como “soy malo en matemáticas” ilustran esta última postura. Para Kruse, además de fomentar la mentalidad de crecimiento, es esencial que los docentes ayuden a los estudiantes a construir creencias más precisas sobre el aprendizaje, de modo que nada interfiera con su capacidad para asimilar nuevos conocimientos.
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Más allá de la mentalidad de crecimiento, los expertos identificaron cinco creencias clave que los estudiantes deberían incorporar para aprender mejor:
1. Aprender es comprender, no solo memorizar.
Aunque la memorización tiene su lugar, el aprendizaje profundo implica entender, explicar y conectar conceptos para darles sentido. Un ejemplo ilustrativo es el de un niño de preescolar que recita los números del 1 al 20, pero no logra contar los lápices sobre la mesa porque no ha vinculado las palabras a la noción de cantidad. Este caso muestra cómo centrarse únicamente en memorizar puede ocultar lagunas en la comprensión.
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2. El aprendizaje es complejo y requiere esfuerzo.
La creencia de que aprender es solo memorizar suele ir de la mano con la idea de que el conocimiento es simple y el aprendizaje debe ser fácil. Sin embargo, los educadores buscan que los estudiantes acepten la complejidad y los desafíos, ya que enfrentarse a matices y dificultades permite formar y reforzar nuevas conexiones mentales. Cuando los alumnos consideran que aprender debe ser sencillo, su disposición a involucrarse en tareas de pensamiento avanzado disminuye.
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3. El aprendizaje toma tiempo.
Si los estudiantes creen que aprender es fácil, también suelen pensar que debe ser rápido. No obstante, la comprensión profunda requiere tiempo. Cuando se asume que el aprendizaje es inmediato, se reduce la tendencia a buscar desafíos, explorar matices o reflexionar sobre las conexiones entre ideas. Además, la sobrecarga de contenidos en los programas escolares puede reforzar la creencia de que aprender debe ser veloz, lo que dificulta la asimilación real de los conceptos.
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4. El aprendizaje es un proceso continuo.
Muchos estudiantes ven el aprendizaje como un destino, no como un proceso en marcha. Sin embargo, el conocimiento siempre implica cierto grado de incertidumbre y, a medida que se aprende más, se descubren nuevas complejidades. Por eso, el aprendizaje debe entenderse como una actividad permanente y en evolución.
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5. El aprendizaje no proviene solo de los docentes.
Kruse recuerda el caso de un estudiante de secundaria que afirmaba que los profesores debían dar las respuestas para saber qué poner en el examen. Esta visión, centrada en la transmisión de información desde la autoridad, limita el desarrollo del pensamiento crítico. El aprendizaje también surge de la experiencia personal, de los compañeros y de la propia reflexión, no solo de figuras de autoridad. Preparar a los estudiantes para cuestionar y buscar más allá de lo que dice el profesor es fundamental para su autonomía intelectual.
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Para que estas creencias se arraiguen, los especialistas sugieren que docentes y padres planteen preguntas que inviten a la reflexión. Por ejemplo, para destacar la importancia de comprender y no solo memorizar, se pueden formular preguntas como: “¿Por qué conectar una idea nueva con una antigua es mejor que solo memorizar la respuesta?” o “¿Por qué una explicación es más útil que una simple respuesta?”. Para abordar la complejidad del aprendizaje, se recomienda preguntar: “¿Por qué aprender conceptos complejos requiere tanto esfuerzo?” o “¿Por qué no basta con dedicar una sola clase a este tema?”.
En cuanto al carácter continuo del aprendizaje, preguntas como “¿Cómo ha cambiado tu conocimiento con el tiempo?” o “¿Cómo crees que aprenderás en el futuro?”, pueden ayudar a los estudiantes a ver el aprendizaje como un proceso sin fin. Finalmente, para fomentar la búsqueda de múltiples fuentes, se sugiere preguntar: “¿Por qué aprender de diferentes fuentes puede ayudarte a entender mejor la complejidad de un concepto?”.
No basta con ofrecer oportunidades para el pensamiento crítico; es necesario abordar de manera explícita las creencias sobre el aprendizaje y planificar actividades que las fortalezcan. Las conversaciones guiadas por preguntas reflexivas resultan especialmente efectivas para este propósito.
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