
El auge acelerado de la inteligencia artificial ha generado en los últimos años una escasez global de componentes informáticos. Frente a este contexto, investigadores y empresas tecnológicas exploran caminos alternativos: la computación fúngica, una disciplina emergente que emplea redes de hongos vivos para procesar información, empieza a perfilarse como una posible solución ante el aumento de precios y la limitada disponibilidad de hardware tradicional.
La demanda de memoria RAM, discos duros y tarjetas gráficas se ha disparado en paralelo al desarrollo de la inteligencia artificial, provocando incrementos de precios en ordenadores y videoconsolas. Algunos expertos proyectan que el mercado no recuperará su equilibrio hasta después de 2029, lo que mantiene la incertidumbre tanto entre consumidores como fabricantes.
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Las grandes compañías tecnológicas han priorizado la venta de componentes a hiperescaladores para alimentar centros de datos, lo que deja a los usuarios finales en desventaja.
Frente a esta situación, surgen propuestas innovadoras en el ámbito de la computación biológica. Empresas especializadas y centros de investigación de referencia están desarrollando ordenadores que utilizan tejido cerebral real como hardware.
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Dentro de esta corriente, la computación basada en micelio —la red subterránea de filamentos de los hongos— atrae la atención por su menor impacto ambiental y su potencial para reducir la dependencia de materiales críticos y procesos industriales contaminantes.
Micelio como procesador y memoria
La computación fúngica se apoya en el uso de redes vivas de hongos para realizar cálculos y almacenar información. Los investigadores han comprobado que el micelio, al igual que las neuronas, puede generar señales eléctricas complejas.
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Según explicó John Larocco, ingeniero neuronal del Instituto de Sostenibilidad de la Universidad del Estado de Ohio, a la agencia SINC, desde los años 70 se conocen las similitudes entre hongos y neuronas.

En la década de 2010, el científico Andrew Adamatzky, director del Laboratorio de Computación No Convencional en la Universidad del Oeste de Inglaterra, demostró que el moho mucilaginoso Physarum polycephalum produce patrones eléctricos comparables a los potenciales de acción neurales.
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El procedimiento habitual en los laboratorios consiste en insertar electrodos en sustratos colonizados por hongos y registrar su actividad eléctrica. El análisis de datos se realiza con software especializado, manteniendo bajo control factores como la humedad, la temperatura y la luz, a fin de garantizar que las señales provienen del propio micelio.
Uno de los descubrimientos más relevantes es la capacidad de estos circuitos biológicos para modificar su resistencia eléctrica tras estímulos repetidos, desarrollando propiedades denominadas memristivas: el micelio puede recordar señales anteriores y adaptar su respuesta, de forma parecida a la plasticidad neuronal que caracteriza al cerebro humano.
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Un estudio reciente liderado por Larocco demostró las propiedades memristivas del micelio del hongo shiitake, elegido por su resistencia, bajo costo y facilidad de cultivo. El objetivo declarado es desarrollar dispositivos electrónicos sostenibles y biodegradables que no dependan de semiconductores tradicionales, cuya producción implica el uso de tierras raras, grandes cantidades de agua y energía, además de procesos industriales contaminantes.

Prototipos, aplicaciones y limitaciones actuales de la computación fúngica
La computación fúngica se encuentra en fase de prueba de concepto. Hace aproximadamente dos años se presentaron los primeros prototipos de placas base biológicas, donde el micelio cumple funciones tanto de procesador como de memoria, interactuando con hardware electrónico a través de sensores de alta precisión. El equipo de Adamatzky en la Universidad del Oeste de Inglaterra ha publicado estudios que confirman la viabilidad de este enfoque.
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Estos ordenadores biológicos presentan ventajas medioambientales notables. Al tratarse de organismos vivos, pueden integrarse directamente en sistemas de suelo, materiales de construcción, ropa, embalajes e infraestructuras ecológicas.
Esto permite reducir la utilización de sensores, baterías y unidades de procesamiento independientes, lo que disminuye los costes de material y energía. Los componentes fúngicos, al ser biodegradables, eliminan además el problema de los residuos electrónicos.
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Aunque los resultados iniciales son prometedores, el desarrollo de la computación fúngica aún está lejos de desplazar al silicio en aplicaciones comerciales de gran escala. Los próximos pasos incluyen mejorar la estabilidad y escalabilidad de los circuitos biológicos, así como explorar nuevas aplicaciones en áreas donde la sostenibilidad y la integración con materiales vivos ofrezcan ventajas competitivas.
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