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Reflexiones sobre el enigma argentino

La riqueza de nuestro país contrasta con su dificultad crónica para transformar ventajas excepcionales en desarrollo sostenido, estabilidad institucional y liderazgo político

Marcha Congreso - Ley de Tierras - 6 de agosto
Adrián Escandar
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Acabo de realizar un viaje extenso al exterior, en el que puse particular empeño en indagar cómo se ve a la República Argentina desde afuera, y la conclusión es coincidente: se nos ve como un curioso enigma. “¿Cómo puede ser que la Argentina, con todos los recursos que posee, no esté entre los principales países del mundo?”.

El cuadro se puede completar con la misma sensación que experimentan millones de argentinos, que advierten la paradoja de vivir en un país de más de dos millones de kilómetros cuadrados, dotado de una de las mayores reservas del mundo en litio e hidrocarburos; una industria agropecuaria que se sitúa entre las más poderosas de la Tierra, sin haber logrado aún expandir todas sus posibilidades; una riqueza ictícola que aprovechan mejor países ubicados a miles de kilómetros de distancia que nosotros mismos; un manto acuífero cuantioso; una plataforma marítima de las más extensas del mundo; una climatología que abarca desde el subtrópico hasta la Antártida; una riqueza minera que extrae oro, plata, hierro, cobre, aluminio, etc.; una industria nuclear de primera línea y estándares de formación científica de excelencia universal; más una población con alto grado de homogeneidad genética, muy buen nivel de salud y una buena distribución geohumana, que proporciona líderes industriales, económicos, científicos y administrativos a organizaciones y empresas de todo el mundo.

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Profundizando en el análisis, debemos tener en cuenta el esquema político-administrativo del país, con tanta fortuna en su riqueza. Desde hace ochenta y un años existe en la Argentina el peronismo, nacido el 17 de octubre de 1945. Fue este partido el segundo movimiento político de renovación industrial y administrativa, como la Generación del ’80 lo fue en su época, y el menemismo a partir de la década del ’90.

Agotado su impulso, el Justicialismo fue suplantado por el Kirchnerismo, que de una forma u otra participa del poder político aún hoy. La suplantación fue costosa: a poco andar, su enorme fuerza política transformó lo que era la procuración del bien público en el empeño por obtener beneficios personales. Sin proyecto político, sin capacidad de gobernar, con selecciones erróneas de dirigentes y el uso frívolo del poder, el kirchnerismo cayó ante quien denunciaba sus errores.

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Próximos ya a la nueva elección presidencial de octubre de 2027, en la que se destaca la figura de Javier Milei como candidato oficialista, aún no declarado, por parte del peronismo no hay candidato oficial todavía y circulan diversos nombres. El sector conservador basa su estrategia, en primer lugar, en declarar que es prematuro hablar de candidatos. De este modo pretende dejar pasar el tiempo para, más tarde, con el pretexto de la “necesidad y urgencia”, imponer súbitamente su propia lista. En ella figuran tres candidatos: Cristina, Máximo y Kicillof. Los tres, afincados en el pasado: Cristina, en su propia historia y con el agravante de llevar un anillo permanente de cuero en el tobillo que le recuerda su verdadero estado; Máximo, inexistente a nivel nacional, sin ninguna condición ni experiencia para gobernar: darle la República a un boy scout; Kicillof, desconocido en el interior del país, que no ha podido solucionar los graves problemas de la provincia y con La Cámpora como principal opositora interna.

El peronismo siempre fue expresión de una correcta lectura de los tiempos políticos. Supo leerlos, anticipándose a toda oposición, externa o interna. No espera para dar oportunidad a la “necesidad y urgencia”. Busca, con intensidad, en su riquísimo almácigo propio, a líderes capaces nacidos de las fuentes populares. No necesita llamar a Frankenstein, retazos de otros vivos puestos de pie por electricidad ajena.