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Cuando el Papa llegue a Luján

La visita de León XIV abre una oportunidad para pensar la unidad, el diálogo y el bien común en una Argentina atravesada por la confrontación

El papa León XIV
El papa León XIV
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Hay noticias que trascienden la coyuntura y nos obligan a detenernos. La confirmación de la visita de Su Santidad León XIV a la Argentina es una de ellas.

Y que el Santo Padre haya elegido rezar en Luján no es un detalle más. Es un gesto cargado de simbolismo.

Como tantos argentinos, hace años camino hacia la Basílica de Nuestra Señora de Luján. Lo hago con amigos, con mis alegrías, con mis preocupaciones y también con mis dolores. En cada peregrinación confirmé que Luján es mucho más que un destino. Es el lugar donde millones de personas vuelven a empezar. Donde el poderoso y el humilde se arrodillan en el mismo banco. Donde desaparecen los títulos, los cargos y las diferencias, porque delante de la Virgen todos somos simplemente hijos.

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Por eso la llegada del Papa a Luján tiene un profundo valor espiritual, pero también un enorme mensaje para la Argentina.

Vivimos tiempos de mucho enojo. Nos cuesta escucharnos. Con demasiada frecuencia convertimos al que piensa distinto en alguien a quien hay que derrotar, en lugar de alguien con quien vale la pena dialogar. Esa lógica atraviesa buena parte de la vida pública y termina alejando a la política de las preocupaciones reales de la gente.

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No creo que el Papa venga a resolver nuestros problemas. Esa responsabilidad sigue siendo nuestra. Pero sí creo que puede ayudarnos a recordar algo que nunca deberíamos haber olvidado: que ningún proyecto de país puede construirse desde el resentimiento, la descalificación permanente o la búsqueda constante de culpables.

La grandeza de una Nación también se mide por la calidad humana de sus dirigentes, por la capacidad de tender puentes, de reconocer errores y de poner el bien común por encima de los intereses personales o partidarios. Y también por la disposición a comprender que la confianza de la sociedad no se recupera con discursos cada vez más grandilocuentes, sino con gestos concretos, con trabajo y con hechos que mejoren la vida de las personas.

Ojalá toda la dirigencia política, sin excepción, viva esta visita con humildad. Sin intentar apropiarse de ella. Sin convertirla en una foto o en una disputa más. El Papa no viene a respaldar a un gobierno ni a una oposición. Tampoco viene a dar la razón a un sector por sobre otro. Viene a encontrarse con un pueblo. Y ese pueblo somos todos.

León XIV encontrará una Argentina que ha atravesado momentos difíciles, pero también un pueblo que nunca perdió del todo la esperanza. Porque si algo caracteriza a los argentinos es que siempre encontramos la manera de volver a levantarnos a pesar de las adversidades.

Tengo una imagen que no puedo dejar de imaginar: el Santo Padre rezando frente a la Virgen de Luján, mientras millones de argentinos, desde distintos lugares del país, elevamos la misma oración. En ese instante no importarán las diferencias políticas, las discusiones de todos los días ni las grietas que tantas veces nos separan. Importará solamente aquello que nos une.

Quizás allí esté el verdadero sentido de esta visita.

Volver a recordar que antes que oficialistas u opositores, antes que dirigentes o ciudadanos, antes que cualquier otra definición, somos una comunidad llamada a caminar unida.

Como católico, espero con emoción ese encuentro. Como argentino, espero que sepamos aprovecharlo.

Y como dirigente político, deseo que la presencia del Papa nos recuerde que la autoridad no se ejerce desde la soberbia sino desde el servicio al prójimo; que el liderazgo no consiste en imponerse sobre los demás, sino en ayudar a que una sociedad pueda vivir mejor. Que, muchas veces, las transformaciones más profundas no nacen de las palabras sino de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre los dichos y los hechos.

Cuando León XIV llegue a Luján, la Argentina tendrá una oportunidad. Dependerá de nosotros que esa visita sea apenas un acontecimiento histórico o el comienzo de un tiempo de mayor encuentro, más diálogo y más compromiso con el bien común.

Porque la Virgen de Luján lleva casi cuatro siglos recibiendo las lágrimas, las alegrías y las plegarias de nuestro pueblo. Estoy convencido de que, una vez más, abrirá sus brazos para recordarnos que una Nación sólo encuentra su rumbo cuando es capaz de caminar unida, de transformar las palabras abstractas en hechos concretos, y de no dejar a nadie atrás.