
Tras la incomprensiblemente larga agonía del Adornigate y los ostensibles daños autoinfligidos para la gestión libertaria, en un contexto aún muy frágil y volátil, el oficialismo se entusiasma con lo que percibe como una suerte de relanzamiento impulsado por el encumbramiento de Santilli como jefe de Gabinete, y la performance de algunos indicadores macroeconómicos y financieros.
En este contexto, en donde también tallan factores coyunturales como el entusiasmo mundialista y otros más estructurales como la crisis cuasi terminal de un sistema político en decadencia que no termina de morir ni regenerarse con nuevos liderazgos, desde las terminales libertarias ya se trabaja, al menos política y estratégicamente, con un objetivo claro y concreto: la reelección de Javier Milei en 2027.
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Un objetivo que galvaniza a las diferentes facciones y tribus libertarias que, en otros tantos temas y frente a otros intereses, continúan atravesadas por profundas grietas y diferencias internas. La reelección, evidentemente, es un objetivo que aglutina. Sin embargo, habrá que ver conforme avancen los tiempos electorales si las estrategias y los métodos para alcanzarlo son compartidos por todos los sectores que anidan en el heterogéneo ecosistema libertario.
Lo cierto es que tras la “vuelta de página” que significó la salida de Adorni del gobierno, se percibe un evidente intento por parte del propio Presidente de proyectar una imagen de mayor moderación. Quizás sea demasiado pronto para hablar de un “giro pragmático”, mucho menos aún de un viraje hacia el “centro” político, pero hay gestos en las últimas semanas que contrastan fuertemente con la cerrazón, la intransigencia y la obcecación que el presidente trasuntó -no sólo- durante el affaire Adorni.
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Está claro que, más allá de su alcance, no se trata de un cambio profundo producto de un proceso de introspección ni de reflexiones profundas, sino del pragmatismo ante las necesidades políticas derivadas del inminente contexto electoral.
Dicho de otra forma, una necesidad derivada de la constatación de que el respaldo de los votantes libertarios no será suficiente para pavimentar el camino reeleccionista, y que dependerá inevitablemente del aporte de otras fuerzas. Más aún, de consolidarse el escenario que ya registran algunas encuestas que dan cuenta de un electorado dividido en tercios donde, más allá de los extremos libertarios y kirchneristas, hay un 30% de un electorado vacante para seducir con gestos hacia el “centro”.
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Estos gestos pretendidamente conciliadores, pragmáticos y moderados ya debutaron durante los últimos días, ofreciendo postales inéditas para un presidente y un gobierno que lucía cada vez más ensimismado y encerrado en sus lógicas endogámicas y sesgos de confirmación. Desde la asunción de Santilli como Jefe de Gabinete, aplaudido por un nutrido público de 13 gobernadores, hasta el moderado discurso presidencial en Tucumán, pasando por los gestos ante la Iglesia y el silencio ante la durísima homilía del arzobispo, o el gesto amistoso con el jefe de gobierno porteño Jorge Macri, desde diversas usinas libertarias se habla de una etapa de más diálogo y moderación.
Por estas horas, los gobernadores son uno de los ejes principales de la incipiente discusión por la continuidad o no de las PASO, ya sea derogándolas total o parcialmente o suspendiéndolas. Una herramienta que el Gobierno busca eliminar apelando al argumento del costo, pero tras la cual subyace la preocupación ante la posibilidad de que este dispositivo coadyuve a la construcción de un frente opositor. Así, ante un escenario que en el Congreso no parece fácil para la iniciativa, trascendió que desde el oficialismo ensayan acercamientos con los mandatarios provinciales que incluirían la habilitación de las polémicas colectoras.
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Sin embargo, parece difícil imaginar una negociación con los gobernadores que no incluya la discusión de los fondos, más aún ante los nuevos recortes que a la luz de la sostenida caída de la recaudación, sustentan el cada vez más artificial superávit fiscal.
Más allá de las discusiones del microclima político, lo cierto es que en un contexto económico complejo como el actual, caracterizado por una economía dual que excluye a amplias franjas de la sociedad de los beneficios del modelo, pareciera evidente que hacen falta mucho más que gestos para interpelar a los ciudadanos de a pie cada vez más golpeados por una economía real que no muestra signos de recuperación.
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Así las cosas, y más allá de lo que pueda suceder con las reglas de juego para la elección de 2027, habrá que ver si la euforia que fogonea Caputo de la mano de la performance financiera, el dólar estable -pese a la “corrección” de los últimos meses- y la inflación a la baja son suficientes para mantener expectativas, o si el gobierno se verá ante el dilema de avanzar con el pragmatismo al punto de romper el cerrojo autoimpuesto para “recalentar” la economía con fines electorales.
A propósito, en las últimas semanas hubo algunas “licencias” a la tradicional ortodoxia que no pasaron desapercibidas entre analistas y actores de la city: la pasividad ante el deslizamiento del dólar (5% en junio), la ampliación de subsidios a las tarifas para forzar una mayor baja de la inflación que pueda interpretarse ulteriormente como una mejora de salarios, o la decisión de bajar las tasas de interés. Demasiado pronto para evaluar si son meras maniobras creativas para mostrar mejores resultados macro, o el comienzo de un mayor pragmatismo que comience a horadar el dogma que desdeña de toda intervención estatal en la economía.
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