Los desafíos de la Democracia

El Gobierno de Milei ajustó salarios públicos, jubilaciones, planta del Estado y obra pública para bajar el gasto y frenar la inflación. Es necesaria una alternativa con equilibrio fiscal y mejor distribución del ingreso

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Milei consolidó su liderazgo tras las elecciones legislativas, pero el ajuste fiscal abrió nuevas dificultades en la vida política. REUTERS/Agustin Marcarian
Milei consolidó su liderazgo tras las elecciones legislativas, pero el ajuste fiscal abrió nuevas dificultades en la vida política. REUTERS/Agustin Marcarian

“...la democracia es una superstición basada en la Estadística, pero es la única manera de liberarnos de esos militares incapaces...”. J. L. Borges

La vida política parecía sonreírle al Presidente después del resultado inesperado de las elecciones legislativas del año pasado. No era una película a punto de terminar sino, al contrario, apenas las primeras escenas de un largo rodaje. Luego del primer enamoramiento del público, que le había permitido ascender a la primera magistratura del país, a la nueva estrella le empezaban a aparecer dificultades.

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En nombre de la necesidad de gastar menos para encuadrar los números del Estado, Milei, con la motosierra en una mano y el pulsor de la licuadora en la otra, ajustó los salarios de los empleados públicos y los haberes de los jubilados, achicó la planta del Estado, la obra pública y un largo etcétera. Su liderazgo había emergido con fuerza, impulsado por una idea eficaz y socialmente legitimada, logrando cambios reales en sus inicios respecto al descontrol del gasto público y del desorden callejero, permitiéndole exhibir, de esta forma, una abrupta caída inicial de los índices de inflación.

El problema surge en el momento en que un instrumento de gobierno deja de ser un medio situado en un contexto y pasa a ser tratado como un principio absoluto, válido para todo tiempo y circunstancia, con igual dosis e intensidad. Todo liderazgo eficaz surge respondiendo a una necesidad, cuyo éxito inicial no fue casual en la medida que cambió el contexto. La crisis que justificó los instrumentos se atenúa y aparecen nuevas tensiones que requieren otras herramientas. Cuando el liderazgo no reconoce el cambio de contexto e interpreta su propio desgaste como insuficiencia de aplicación, la respuesta suele ser una huida hacia adelante, absolutizando los instrumentos y deslegitimando la crítica. La novedad de estos líderes ocasionales es que se quedan estacionados en el conflicto sostenido por la dieta informativa –sobre todo de los teléfonos celulares y las redes– que está guiada más por la reacción que por la reflexión, donde los algoritmos optimizan tiempo y esfuerzo. En ese estado de cosas, se agrieta el liderazgo y lo construido, y con ello la capitalización de la experiencia como aprendizaje… Como dato global, las personas dedican un promedio de 6 horas al día conectadas vía internet.

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Durante ese tiempo, nos estamos relacionando con subjetividades similares, produciendo la mentalidad de rebaño donde se refuerzan las creencias, lo que atenta, sobre todo en Occidente, contra el sustento de las opciones que ofrecen las alternancias democráticas, concebidas históricamente para que el centro de gravedad no sean los extremos sino el centro, como punto de equilibrio.

El discurso anticasta empieza a naufragar en el torbellino de denuncias y evidencias de privilegios que alimentan el encono de los que más sufren las consecuencias del ajuste sobre sus ya famélicos bolsillos. En este escenario, donde se evidencian zonas y sectores beneficiarios del modelo y regiones y capas sociales perdedoras, surge la perspectiva esclarecedora de la herramienta democrática del voto popular igualitario para escrutar los resultados y el recuento de los excluidos, no en términos del crecimiento del PBI, sino considerando cómo les va a cada ciudadano y a sus respectivas familias en el reparto distributivo.

La pregunta fue y sigue siendo cuánto tiempo estarán dispuestos los argentinos a bancar un gobierno que parece tener, como principal objetivo, acomodar las cuentas públicas sin prevenir ni reparar las consecuencias productivas y sociales del proceso. Los ingresos cayeron en líneas generales, los jubilados dejan de comprar medicamentos, aumentó el pago con TC en supermercados y se triplicó la mora en el pago de esa herramienta de crédito. Los sondeos siempre son el registro de una circunstancia marcada por los dolores de un ajuste desigual, la baja del consumo, el incremento del temor a perder el empleo que se advierte en sectores poco competitivos, demandas múltiples expresadas en paritarias salariales tensas y pedidos de fondos de sectores ultrasensibles como los destinados a la atención médica de los jubilados y de los discapacitados.

El desafío de la oposición es construir una alternativa cuidando el equilibrio fiscal y el superávit cambiario, pero mejorando la distribución del ingreso y contemplando las complejidades de un mundo que va cambiando vertiginosamente con cuestiones sin retorno que no se pueden soslayar: 1) el proceso de envejecimiento progresivo del promedio poblacional, merced al aumento de la expectativa de vida y paulatino descenso de la fecundidad que se viene acelerando desde la década del 90 y 2) el avance tecnológico con la irrupción de la IA que cambia definitivamente el cuadro de demanda de empleo en términos de perfiles y carga horaria y que dificultará cada vez más significativamente la reconversión laboral sobre todo para los mayores y los menos capacitados.

En cuestiones económicas, la izquierda progresista habla en códigos del pasado. Por eso Trump termina representando al obrero de Detroit que hace 40 años era representado por el Partido Demócrata. Las nuevas derechas apelan a intentar traducir sufrimientos de origen socioeconómico en la gramática de la inseguridad.

En el mundo que enfrentamos emerge una racionalidad con un nuevo régimen de sentidos. Este régimen no se funda en la prueba, sino en la adhesión, no busca convencer, sino movilizar, no argumenta sino que conmueve. Se sirve de emociones primarias –el miedo, la indignación, el resentimiento– y construye relatos que no necesitan validarse en la realidad porque encuentran su eficacia en la resonancia afectiva que generan. Debemos ser capaces de entender la psicología de los descontentos, que es la verdadera caja negra de la vida política. Por eso deberíamos ser capaces de descifrar el malestar para paliarlo si tiene motivos, criticarlo cuando carece de razones y desenmascarar las soluciones fraudulentas o facilistas que se ofrecen a un pueblo erudito en frustraciones.