
Este miércoles, después de la puesta del sol, daremos comienzo a Pésaj. Será esa noche en la que familias y amigos nos sentaremos juntos a la mesa del Seder para leer la Hagadá, que es el relato que nos define: la historia de un pueblo de esclavos que alcanzó la libertad gracias a la mano de Dios, con milagros y señales que el mundo entero pudo ver. Como dice el versículo: “Recordá este día en el que saliste de Egipto” (Éxodo 13:3).
El Seder no es un simple ejercicio de memoria histórica; es un precepto vivo que se renueva: “Y se lo contarás a tu hijo en aquel día” (Éxodo 13:8). Es la noche en la que nos preguntamos tres cosas fundamentales: quiénes somos, para qué vivimos y cuál es el camino correcto.
Hoy el mundo no nos da respuestas claras. La ciencia explica cómo funcionan las cosas, pero no su sentido. La tecnología nos da un poder enorme, pero no siempre nos enseña a usarlo correctamente. El conocimiento solo no alcanza para darle un propósito a la vida.
Ahí es donde la Hagadá responde. Nos enseña que ser judío no es una idea abstracta, sino una historia viva: un viaje de travesías, de enfrentar el dolor con valentía y de superar pruebas. Es una historia que debemos recordar siempre: “Para que recuerdes el día de tu salida de la tierra de Egipto todos los días de tu vida” (Deuteronomio 16:3).
PUBLICIDAD
En la Hagadá vemos que Dios no es sólo el Todopoderoso de nuestros antepasados, sino el Todopoderoso del presente, que interviene en la historia. Como dice el texto: “Y oyó Dios su clamor… y Dios supo” (Éxodo 2:24-25). La salida de Egipto no es solo un hecho del pasado; es la base de nuestra fe. Como enseña el Rambam (Maimónides), la fe se construye sobre la revelación y la acción de Dios en nuestro mundo.
Uno de los momentos clave del Seder es “Aramí oved aví” (Un arameo quiso destruir a mi padre). Este pasaje resume nuestros inicios: desde la amenaza de Labán, que intentó arrancar de raíz al pueblo de Israel atacando a nuestro patriarca Yaakov en sus comienzos, pasando por la bajada a Egipto como una familia pequeña que creció rápido, hasta la esclavitud y el grito a Dios que trajo la redención con mano fuerte y brazo extendido.
Este relato tiene una conexión profunda con el precepto de los Bikurim (los primeros frutos). Al ofrecer lo mejor de la tierra, el texto sagrado nos pide volver a nuestras raíces: “Y responderás y dirás delante de Hashem tu Dios: ‘Un arameo intentó destruir a mi padre…’” (Deuteronomio 26:5). La Torá nos enseña que, al agradecer por los frutos de hoy, primero debemos reconocer nuestra historia.
Los judíos somos un pueblo que vio a Dios actuar en la historia. Fuimos los primeros en darle un sentido trascendente al tiempo: no es una repetición de hechos, sino un camino con propósito. Por eso, recordar es para nosotros un deber religioso.
PUBLICIDAD
Aquí aparece una verdad profunda: la identidad judía se construye con la memoria. No sólo vivimos el presente, cargamos con nuestro pasado: “Y recordarás todo el camino por el que te condujo Hashem tu Dios” (Deuteronomio 8:2). Ese es el secreto de nuestra existencia. Una identidad que resistió dos mil años de exilio y dispersión. Pero la Torá también nos advierte: “Cuidate de no olvidar a Hashem tu Dios” (Deuteronomio 8:11). Cuando la memoria flaquea, la identidad se debilita.
Nuestra identidad es quizás la más resiliente que conoce el mundo. La única que se mantuvo intacta por dos mil años siendo una minoría dispersa, y la única que devolvió a un pueblo a su tierra ancestral.
Nuestra esencia es nuestro recuerdo, y el relato de Pésaj es la garantía de que ese recuerdo no se perderá.
Hoy, muchas naciones se preguntan si su identidad como pueblo sobrevivirá en las nuevas generaciones. ¿Lograrán los jóvenes continuar con el legado? En el judaísmo, la respuesta es clara: sin memoria, no hay identidad; y sin relato, no hay continuidad.
PUBLICIDAD
En cada Seder contamos quiénes somos con singular dedicación. De ahí nace nuestra identidad: una identidad profunda, fuerte y presente a través de los siglos.
En una era en la que nuestra memoria y la información dependen cada vez más de la tecnología, mientras nuestra propia capacidad de recordar parece reducirse, el judaísmo tiene un mensaje para toda la humanidad: la identidad no se le encarga a una máquina. Nuestra historia se cuenta, se vive cada año y se transmite de padre a hijo.
Porque cuando contamos lo que pasamos, estamos construyendo el futuro de nuestros hijos.
Justo en estos tiempos, en los que somos testigos del avance de la ignorancia y el antisemitismo en tantas partes del mundo, nuestra responsabilidad se vuelve más clara que nunca. El pueblo de Israel sigue de pie gracias a la fuerza de la fe y la memoria.
PUBLICIDAD
Que en este Seder no sólo contemos la historia, sino que la sintamos de verdad en nosotros, para transmitirla a la siguiente generación unidos y con orgullo.
¡Pésaj Kasher veSaméaj para toda la comunidad!
*Esta columna fue publicada originalmente en el sitio web de la AMIA
Últimas Noticias
Los tres riesgos que esconde el PDF “gratis” de las figuritas del Mundial
La fiebre del álbum trajo una industria paralela: la de los PDFs que prometen todas las figuritas en un solo archivo. Detrás del entusiasmo, te explico los riesgos concretos que terminan mucho peor que con un álbum a medio llenar

Un error silencioso que se paga caro
La falta de planificación patrimonial genera conflictos y pérdidas. El bajo hábito de organizar el legado familiar provoca disputas, pérdida de activos y dificultades económicas durante procesos sucesorios, afectando tanto a grandes empresarios como a quienes tienen patrimonios modestos

El enemigo a bordo: virus y brotes en cruceros turísticos
Existen otras situaciones menos conocidas que también pueden poner en riesgo la vida de los pasajeros: la transmisión de enfermedades a bordo

Perú no puede seguir postergando su transición energética
La sostenibilidad dejó de ser una tendencia y se convirtió en un factor decisivo para la competitividad económica, la inversión y el desarrollo de los países

De las lootboxes a la monetización de la infancia
La incertidumbre de la recompensa genera una tensión constante que empuja a repetir la acción




