
Los fanáticos se mueven en la certeza de los extremos, no soportan la duda ni el matiz y adhieren exclusivamente a la confrontación a la hora de situarse en el pensamiento colectivo. Son tan obstinados en su extremismo y en su odio que terminan negando realidades y enfrentándose a quienes osen objetar su estrecha visión del mundo. En una etapa de predominio de las posiciones extremas y por ende, intolerantes, la cordura, la lucidez, el diálogo son vistos como claras manifestaciones de traición que deben ser sancionadas.
Hay fanáticos entre los partidarios del gobierno anterior y -¿qué duda cabe?- en el actual, con esa necesidad desesperada de quedar solos en el tablero del pensamiento, de imaginar que el otro será definitivamente derrotado. En realidad, es aquello que en algún momento fue fascismo pero que no deja de transitar la sinrazón y la brutalidad del autoritarismo, es decir, la contracara de la verdadera democracia.
Suelo reiterar una frase de Albert Camus: “...debería existir el partido de los que no están seguros de tener razón, sería el mío...” Pero la duda es inherente al miedo de los sectarios porque en ella está la idea, el pensamiento, que es a lo que, en rigor, temen. Con ese temor a la duda, el fanatismo intenta ocultar su certeza de tenerle miedo a la verdad.
La democracia se construye entre adversarios y en nuestra sociedad, desgraciadamente, en las filas de ambas fuerzas de la política, hay personajes seguros de haber nacido para cultivar una feroz enemistad. Algunos confrontan a la Justicia cuando los resultados de ciertas investigaciones son más que obvios y no se necesita revisar las pruebas, sino asumir realidades; otros parecen padecer de una suerte de virus ultra liberal que los lleva a decir que hemos sido el país más proteccionista de la humanidad, lo que me hace preguntarme si esos iletrados personajes conciben que exista algún país del mundo que haya llegado a desarrollarse sin proteccionismo y a prescindir de él en su administración. Alguien más enfermo, quizás de los peores que circulan por nuestros medios, aseguraba en el último tiempo que había que dudar de todos los industriales, y no lo hacía desde el marxismo, no, simplemente desde su desesperación economicista de importarlo todo por resultar más barato. Buscar en nuestros medios de comunicación, en especial en la televisión, un programa que transite fuera del espacio de los dogmas se torna , a veces, imposible. Y no dejaré de mencionar el lugar común de nuestros días: la ropa importada del Ministro de Economía, Toto Caputo, quien asevera con orgullo no haber adquirido jamás indumentaria argentina. En el colmo de su tilinguería, también se ausentó el pudor. Convengamos en que tampoco fue repreguntado al respecto por los obsecuentes entrevistadores de siempre.
Cuando se plantea con certeza psicótica la destrucción de la industria textil aferrándose solo al factor “precios”, se omite una cuenta, la de la decenas de miles de personas que quedan en la calle. A ese beneficio del precio, deberíamos sumarle la obligación de sostener a los caídos a causa de semejante cerrazón mental. Así como el estatismo sin límites genera esclavos, el liberalismo sin frenos da colonias. La verdadera política es un espacio a construir entre quienes se hacen cargo de las necesidades colectivas. Las industrias se piensan no desde los precios, sino desde la cantidad de habitantes que una sociedad necesita ocupar e integrar.
El Peronismo nunca fue estatista. Utilizar al Estado para favorecer el ingreso en él de la casi totalidad de los adeptos a una causa no solo es degradarla, sino hacerle pagar a la sociedad toda la enfermedad del sectarismo de quien ejerce el poder.
Imaginar que el Estado es enemigo de la sociedad implica lo contrario: estar al servicio del interés privado que en su egoísmo jamás producirá el tan mentado y engañoso, perverso y grotesco derrame, que solo intenta disimular el hecho de que toda concentración económica, todo crecimiento es el del poder de los grandes grupos.
Afortunadamente, más allá de los fanatismos existe la virtud de la rebeldía, susceptible de cuestionar a las sectas pasadas o presentes y de desplegar la necesidad de un pensamiento que supere las limitaciones de los extremos y busque la síntesis que convierta a los enemigos en adversarios.
La expulsión de algunos periodistas por el solo hecho de criticar cada tanto al Gobierno convierte a los medios en espacios concretos de alguno de los dos extremos, situación en la cual la reflexión sobre el futuro de la sociedad va a estar ausente, dada su exigencia de un espacio de libertad de pensamiento. Eso es lo que ambos extremos nos niegan. Y así, vemos repetirse los intentos de controlar la voz de la oposición, ahora mediante la Oficina de Respuesta Oficial, con esa maldita voluntad de acallar al opositor, al disidente, al contestatario. Una vez más la expresión del autoritarismo es indefectiblemente la demostración de la inseguridad de sus inexplicables medidas y aparentes convicciones. La caída de la medición del INDEC, por ejemplo, es un tiro en los pies que se asigna un gobierno incapaz de soportar la más mínima disidencia interna o externa.
Cuando el señor Presidente degrada al empresario productivo más importante del país, deja al desnudo su pertenencia, como empleado, a sectores que solo se ocuparon de explotar los bienes del Estado o enamorarse del extractivismo, punto central de la decadencia de nuestra sociedad. La acumulación y el enriquecimiento desmedido son mucho más graves que el proteccionismo. Porque siendo el proteccionismo la defensa del trabajo de nuestros conciudadanos, cuando se elige cuál de las dos concepciones se observa, se está mostrando el verdadero objetivo de un Gobierno que vino con el único fin de terminar de destruir lo poco digno que nos quedaba por conservar. Fue Martínez de Hoz quien hace 50 años inició la destrucción de la Argentina en una sociedad que no tenía ni deuda ni caídos. En nombre del liberalismo, pareciera que Milei intenta finalizar esa inhumana y antipatriótica tarea y lo está logrando.
Debemos oponernos a cualquier forma de sectarismo si deseamos encontrarnos con el espacio de la verdadera política, aquella que alguna vez contó con estadistas respetables y serios y con intelectuales lúcidos que le aportaban su rebeldía y su interpretación de la realidad nacional.
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