
Ni los mejores deportistas del mundo pueden mantenerse en juego cuando el calor lleva al cuerpo al límite. Recientemente, en el Australian Open 2026, el italiano Jannik Sinner estuvo muy cerca de abandonar su partido de tercera ronda frente al estadounidense Eliot Spizzirri. En plena ola de calor en Melbourne, Sinner comenzó a sufrir calambres generalizados en piernas y brazos, una señal clara de estrés físico asociado al calor. El partido entró en una zona crítica, no por el marcador, sino por el impacto del calor sobre el cuerpo del jugador.
Fue entonces cuando se activó una regla específica del torneo: el protocolo de calor extremo. La organización decidió cerrar el techo del estadio, interrumpiendo momentáneamente el encuentro y reduciendo la exposición al calor. Esa pausa le dio a Sinner un descanso clave para recuperarse. Minutos después, el partido se reanudó y el italiano logró continuar, revertir la situación y finalmente quedarse con la victoria.
Nada de esto fue improvisado. El Abierto de Australia se juega históricamente bajo temperaturas muy altas y, por eso, cuenta con protocolos predefinidos que se activan cuando el índice de estrés térmico (que combina temperatura, humedad y radiación solar) supera determinados umbrales. El calor extremo no aparece como un imprevisto, sino como un riesgo conocido frente al cual existen reglas claras para frenar, ajustar y seguir sólo cuando las condiciones vuelven a ser seguras, protegiendo tanto a los deportistas como al público.
Casi al mismo tiempo, en el hemisferio norte, una tormenta invernal afectó a gran parte de Estados Unidos y dejó a más de 200 millones de personas bajo alertas por frío extremo. El evento provocó al menos 11 muertes, cortes masivos de energía y cancelaciones masivas de vuelos. Las autoridades recomendaron restringir la movilidad, permanecer en los hogares y evitar incluso sacar mascotas al exterior, reconociendo que la exposición prolongada al frío implicaba un riesgo concreto para la salud.
Aunque se trate de fenómenos opuestos, la lógica de respuesta es similar: cuando el clima cruza ciertos límites, deja de ser sólo un pronóstico y pasa a ser una variable clave para la toma de decisiones. El problema no es el tipo de clima, sino la superación de límites fisiológicos, operativos y sociales.
Argentina no escapa a estos extremos climáticos. Para quienes viven en el Área Metropolitana de Buenos Aires, seguramente esté “fresco” el recuerdo de haber terminado 2025 bajo una alerta naranja por calor extremo, con temperaturas muy elevadas y sensaciones térmicas cercanas a los 40 °C. A eso se sumó que, en una época marcada por escapadas y reencuentros familiares de fin de año, se registraron demoras, desvíos y cancelaciones de vuelos en el Aeroparque Jorge Newbery, luego de que las altas temperaturas afectaran las condiciones operativas de la pista, que llegó a deformarse por el calor. No fue un hecho aleatorio, sino la consecuencia esperable de haber alcanzado un límite físico de la infraestructura frente al calor extremo.
El impacto del calor extremo tampoco se limita a los efectos más visibles. Un artículo reciente de Matilde Rusticucci y Francisco Chesini, sobre la mortalidad asociada a olas de calor en ciudades argentinas, muestra que en 19 de las 21 ciudades analizadas se registraron incrementos en la mortalidad durante estos eventos. Las personas mayores presentan los mayores aumentos en el riesgo, aunque también se observan incrementos en el grupo de 0 a 64 años, lo que confirma que el calor afecta a toda la población.
De esta forma, el clima extremo puede interrumpir actividades y servicios críticos, con impactos directos sobre la salud, la infraestructura y la vida cotidiana. Frente a ese escenario, la clave no está tanto en si se trata de calor o frío, o incluso de tormentas o nevadas, sino en que instituciones y comunidades estén preparadas para adaptarse, actuar y hacer los ajustes operativos necesarios, y no solo reaccionar cuando el mercurio llega al nivel crítico.
Asumir ese enfoque implica prepararse. Desde la política pública, eso significa contar con planes de respuesta, definir umbrales de acción, habilitar refugios climáticos, reforzar la comunicación de riesgo y, cuando es necesario, ajustar o suspender actividades masivas, culturales o deportivas. Así como existen protocolos frente a otros eventos climáticos extremos, el calor también requiere reglas claras.
Esto también se traslada a la vida cotidiana. Así como frente a una tormenta fuerte evitamos salir o movernos en los momentos más complicados, durante una ola de calor tiene sentido tomar ciertos recaudos: reducir la exposición en las horas de mayor sol, especialmente cuando rige una alerta; mantenerse hidratados y ajustar rutinas para atravesar mejor los días más pesados. Al mismo tiempo, el calor no afecta a todos por igual. Las personas mayores, los niños y niñas y quienes tienen enfermedades crónicas suelen estar más expuestos y requieren un cuidado especial. En esos casos, como frente a cualquier situación de riesgo, el cuidado también es colectivo: estar atentos, dar una mano y asegurarnos de que quienes están más vulnerables tengan agua, sombra y un ambiente fresco forma parte de la respuesta.
Prepararse no elimina el calor, pero sí puede reducir significativamente sus impactos. Incorporar el calor extremo a la gestión del riesgo, del mismo modo que con otros eventos climáticos extremos, permite responder de manera más informada y precisa cuando la emergencia ocurre, y no improvisar en el momento más crítico. En esta línea, desde CIPPEC nos encontramos trabajando con ciudades argentinas en la preparación frente al calor extremo, como en el Gran Resistencia, la Ciudad de Buenos Aires, Rosario, San Miguel de Tucumán, Córdoba y Mendoza, apoyando la elaboración de diagnósticos, protocolos y planes, con foco en la protección de los grupos más vulnerables.
Frente al clima extremo, saber cuándo frenar, bajar el ritmo y ajustar la estrategia no es rendirse: es la única forma de seguir en juego.
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