
Durante años, dominar un idioma fue una de las habilidades más valoradas en el mundo corporativo. No solo por la comunicación, sino por lo que implicaba a nivel cognitivo: capacidad de análisis, flexibilidad mental, precisión conceptual y adaptación cultural. Hoy, con la traducción automática al alcance de un clic, esa ventaja parece haberse diluido. Pero lo que estamos perdiendo no es una habilidad técnica, es capital cognitivo.
Como fundadora y directora de una academia de inglés, observo un fenómeno cada vez más frecuente en estudiantes y profesionales: producen textos impecables en otros idiomas, pero tienen enormes dificultades para explicar una idea, argumentar o sostener una conversación sin asistencia. La traducción funciona, el pensamiento no siempre.
Un caso reciente lo ilustra con claridad. Un alumno que recién había ingresado a nuestra academia presentó ciertos trabajos escritos de alto nivel, con vocabulario amplio y estructuras complejas. Al momento de intentar explicarlos de forma oral, la escena fue otra: silencios prolongados, frases inconclusas, frustración. Al finalizar, lo sintetizó con crudeza: “Me doy cuenta de que no sé nada”. No era falta de conocimiento: era falta de ejercicio.
El uso sistemático de la inteligencia artificial para traducir genera un empobrecimiento del vocabulario activo. Comprendemos más de lo que somos capaces de producir. En términos empresariales, es la diferencia entre tener información y saber usarla. El idioma se vuelve pasivo, y con él, la capacidad de construir sentido propio.
Traducir no es un acto mecánico, es tomar decisiones. Elegir entre sinónimos, definir registros, interpretar contextos culturales. Cada elección fortalece habilidades críticas para el liderazgo: claridad conceptual, pensamiento estratégico y sensibilidad comunicacional. Cuando ese proceso se terceriza por completo, se pierde fricción cognitiva. Y sin fricción, no hay aprendizaje profundo.
Esto tiene impacto directo en el mundo del trabajo. Profesionales que “leen” en otros idiomas, pero no pueden negociar, persuadir o presentar ideas con solidez. Equipos que dependen de herramientas para expresarse, reduciendo su autonomía intelectual. Se instala una falsa sensación de competencia lingüística que, en situaciones reales, se desvanece.
No se trata de rechazar la inteligencia artificial. Bien utilizada, es una aliada poderosa para ganar eficiencia. El riesgo aparece cuando reemplaza procesos que deberían entrenarse, especialmente en etapas de formación y desarrollo profesional. La diferencia entre usar IA como apoyo o como sustituto define la calidad del talento que se construye.
En un contexto donde las habilidades blandas, la comunicación efectiva y la capacidad de pensar en entornos complejos son cada vez más valoradas, hablar otro idioma sigue siendo una ventaja competitiva. Pero solo si ese idioma se piensa, no si simplemente se copia.
La pregunta ya no es si usamos inteligencia artificial, sino qué dejamos de entrenar cuando la usamos sin criterio. Y en ese punto, el lenguaje sigue siendo uno de los activos estratégicos más subestimados del capital humano.
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