
Al finalizar cada ciclo lectivo se repite la misma escena: jóvenes que enfrentan la decisión de qué estudiar y adultos que, generalmente, insisten en que continúen con la herencia familiar o quienes reducen el acompañamiento a “busca algo con salida laboral”.
Y, si bien los mandatos familiares marcaron una época en la que ciertas profesiones garantizaban estabilidad, prestigio y movilidad social, hoy ya no lo garantizan; aun cuando mi papá y mi abuelo hayan sido reconocidos en esa profesión.
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A su vez, los datos del Foro Económico Mundial son claros: el 44 % de las habilidades requeridas para trabajar cambiarán en los próximos cinco años y un 23 % de los empleos actuales se transformarán o desaparecerán. Entonces, elegir una profesión porque hoy por hoy hay trabajo en esa área es como mirar la foto cuando el mundo funciona en modo video: dinámico, veloz y profundamente incierto.
Entonces, la salida laboral ya no depende de una carrera, sino de la capacidad de cada sujeto en aprender, desaprender y reinventarse, es decir, en la capacidad de adaptación. Por eso, creo que necesitamos dar un giro cultural y acompañar desde muy pequeños a preguntarse qué problemas les apasiona resolver, cómo aprenden y qué impacto les gustaría dejar.
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La cuestión es ayudar a los jóvenes a que tomen conciencia acerca de qué les gusta: ¿explicar, diseñar, investigar, cuidar, organizar, acompañar, crear, analizar, sanar? La respuesta será fundamental para evitar malas elecciones. La idea es que se piensen en la tarea futura y sientan si es por ahí. Detrás de cada verbo hay un territorio de sentido. Y detrás de ese territorio, una carrera posible... o varias.
También es importante reconocer la forma en que cada persona procesa y se apropia del conocimiento. Cuando los entornos no se ajustan al propio estilo de aprendizaje, se genera desmotivación y menor rendimiento. Si puede responder cómo le gusta aprender, irá un paso adelante. ¿Le gusta aprender haciendo? ¿O leyendo? ¿O debatiendo? ¿Solo o con otros? Esto lo debería ir descubriendo en la escuela a través de las diferentes asignaturas y sus formas de producir y divulgar el conocimiento.
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También es necesario elegir una carrera pensando en el impacto que uno quiere generar, si se tiene un propósito -grande o pequeño-, pero propósito al fin.
No se trata de pensar en la vocación como la teníamos entendida décadas atrás, como una voz interior o llamado de Dios que era para toda la vida; se trata de elegir una carrera que se disfrute estudiarla y una profesión que se disfrute trabajarla a sabiendas de que, en un futuro no lejano, algunas tareas repetitivas serán automatizadas y el valor humano estará en la sensibilidad, la creatividad, el pensamiento crítico y la capacidad de generar buenos vínculos.
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La orientación vocacional no puede limitarse a un test al final de la secundaria. Si bien son útiles y necesarios, debe ser un proceso de autoconocimiento acompañado, reflexivo, situado y respetuoso de la diversidad desde que son muy pequeños. Que puedan reconocer qué les gusta hacer, qué asignatura disfrutan más y cómo se imaginan en un futuro feliz.
En definitiva, de ninguna manera instemos a elegir una carrera por su salida laboral o porque hoy garantiza empleabilidad. El mercado cambiará mil veces, pero un profesional con capacidad crítica y creatividad podrá adaptarse. Porque tal como dice la frase atribuida a Confucio: “trabaja en lo que te gusta y no tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida”.
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