
La discusión sobre el empleo está intrínsecamente ligada a la productividad. Generar puestos de trabajo formal es fundamental, pero carece de impacto real si no se acompaña de una mayor capacidad para producir más y con mejor calidad. La productividad del trabajo sostiene el crecimiento económico a largo plazo y fortalece el poder adquisitivo de los trabajadores.
Cuando una economía produce mayor valor con igual o menor cantidad de recursos, surge un excedente que puede transformarse en mejores salarios, ganancias empresariales e inversión en innovación. Se forma así un círculo virtuoso: la inversión en maquinaria, tecnología o capacitación eleva la eficiencia; este incremento impulsa la rentabilidad y abre espacio para recomponer ingresos y fortalecer el consumo.
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Ese vínculo, sin embargo, no es automático. Muchas veces, la brecha entre el crecimiento de la productividad y el aumento salarial evidencia tensiones distributivas, diferencias en el poder de negociación o políticas empresariales que priorizan la acumulación de rentabilidad, dejando al margen la mejora en los ingresos de los trabajadores.
La inversión en maquinaria, tecnología o capacitación eleva la eficiencia; este incremento impulsa la rentabilidad y abre espacio para recomponer ingresos y fortalecer el consumo
En el último año, la productividad laboral aumentó 5,1% por puesto y 5% por hora trabajada, junto a un crecimiento del 6,3% del valor agregado bruto (VAB). Sin embargo, esta mejora promedio esconde realidades dispares: algunos sectores lograron importantes avances de eficiencia gracias a la inversión y la modernización, mientras otros permanecen rezagados por la falta de escala o de capital productivo.
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Entre quienes más elevaron la productividad destacan intermediación financiera (25,6% por puesto), explotación de minas y canteras (12,1%), industria manufacturera (8,8%) y comercio (7,7%). Este avance se explicó por mayor inversión en equipamiento, digitalización y reorganización de procesos. En la construcción creció 7,2% y se asoció con el uso intensivo de tecnología y la reducción de los plazos de obra.

Por otro lado, sectores como pesca (-47,9%), electricidad, gas y agua (-8,1%) y trabajo doméstico (-0,1%) sufrieron retrocesos relevantes. Son actividades con baja inversión, alta informalidad o dificultades para incorporar tecnología. En estos rubros, la productividad depende más del esfuerzo humano que de avances en el capital físico u organizacional, lo que limita la generación de valor agregado y la posibilidad de incrementar salarios.
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La brecha sectorial revela una economía en dos velocidades: una parte modernizada, con potencial exportador, y otra atrapada en cuellos de botella estructurales. Reducir esta diferencia resulta esencial para lograr un crecimiento más equilibrado, donde los beneficios de la productividad se distribuyan con mayor justicia.
El período 2017-2025 evidenció que el crecimiento económico no se tradujo proporcionalmente en salarios. Aunque la productividad laboral ascendió, las remuneraciones representan una porción menor del VAB, manteniéndose por debajo del 50 por ciento.
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La brecha sectorial revela una economía en dos velocidades: una parte modernizada, con potencial exportador, y otra atrapada en cuellos de botella estructurales
En el segundo trimestre de 2025, los salarios explicaron el 46% del total, quedando el 54% para ganancias empresariales, rentas, ingresos mixtos e impuestos. Es decir, menos de la mitad de lo que se produce llega a los trabajadores. Desde 2018, las ganancias crecieron a mayor ritmo que los salarios, provocando una distribución del ingreso más regresiva durante años de recesión e inflación.
Desde 2023 hubo una leve mejora, pero la participación salarial sigue lejos del 50% registrado en 2017. El análisis sectorial muestra diferencias marcadas. Actividades intensivas en mano de obra o del ámbito público, como enseñanza, salud, transporte y construcción, destinan entre el 50% y el 100% de su valor generado a salarios.
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En cambio, los sectores más capital-intensivos -agro, minería, electricidad, gas e inmobiliarias- concentran la renta en utilidades y rentas del capital. En el agro, las ganancias triplican las remuneraciones totales.
La brecha entre capital y trabajo se redujo en el último año, de 1,37 a 1,19, aunque se mantiene por encima del nivel de 2017 (1,04). La industria manufacturera logró un reparto más equilibrado, con un descenso de la brecha a 1,45, resultado de la recuperación productiva y el mayor empleo registrado.
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Recuperar la participación de los salarios en el ingreso nacional es tanto un reclamo de equidad como una condición para el crecimiento. Un mayor peso de los salarios impulsa el consumo, el principal motor de la demanda agregada. Cuando las ganancias de productividad se comparten de forma más equitativa, el crecimiento se vuelve sostenido e inclusivo.
Cuando las ganancias de productividad se comparten de forma más equitativa, el crecimiento se vuelve sostenido e inclusivo
La mejora de la productividad no debe basarse en la precarización laboral ni en la reducción de costos. Los países que combinan crecimiento y bienestar lo logran a través de mayor inversión, innovación y formación de su fuerza de trabajo. En Argentina, este desafío requiere modernizar las reglas laborales para incentivar la formalización y la competitividad, sin recortar derechos.
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Una reforma laboral eficaz debe ser el puente entre productividad y salario: reducir los incentivos a la informalidad y la litigiosidad que frenan la contratación, y fomentar la inversión en tecnología, infraestructura y capital humano. Así, los avances en eficiencia impulsa mejores ingresos para trabajadores y mayores márgenes para las empresas.
El verdadero dilema no es entre flexibilidad y derechos, sino entre estancamiento o crecimiento con inclusión. Si el país logra que la productividad se distribuya mejor, y aumenta la participación salarial, el empleo formal y el consumo podrán sostener el círculo virtuoso del desarrollo. La productividad es el punto de encuentro entre capital y trabajo: ambos deben potenciarse para construir una economía más equitativa y resiliente.
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Con la inversión recuperando dinamismo, transformar eficiencia en bienestar requiere un marco laboral y productivo que traduzca la recuperación en auténtico progreso social, capaz de beneficiar a toda la sociedad.
El autor es Analista Económico y director de Focus Market
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