
Cuando Milei dice que de ser cierto que hay población que no llega a fin de mes “las calles estarían llenas de cadáveres” y cuando Caputo dice que “más que acomodar la economía es necesario ganar la batalla cultural” (eje de la famosa distinción entre Gramsci y Marx, ya que el italiano otorga más peso a la cultura que al determinismo económico), o cuando una importante funcionaria asegura que hay gente pobre que “le gusta hurgar en la basura” o cuando desde la agencia de discapacidad expresan que “el Estado no está para cuidar a las PcD y eso debe correr por cuenta de las familias”, y cuando los espadachines digitales abusan de vulgaridades como idioma, lo cierto es que nada de lo que dicen queda en el simple acto de expresarlo, hay alguien, existe un sujeto receptor, y me atrevo a considerarlo cuantitativamente importante, al cual le hablan.
O sea, le están hablando a muchos (o al menos a bastantes), en un idioma que es aceptado como válido.
¡Ellos, el gobierno, son los nuevos gramscianos de derecha!
Nada extraño ya que el nacido en Cerdeña elaboró una serie de pensamientos que servían a la acción política, a toda, no solo al marxismo del cual era partícipe.
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El famoso temor de las derechas más primitivas a lo que suponían podría causar el gramscianismo, nacía de la profunda incultura política de quienes advertían ese peligro y de su desconocimiento sobre el diputado prisionero de la Italia fascista.
Veamos una combinación de posiciones clásicas de Gramsci con la realidad actual.
“La hegemonía cultural como dadora de una visión del mundo conseguida más que por la fuerza por el consenso social” es tal vez el principal axioma de Gramsci, y es uno de los objetivos del mileismo.
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El resultado de las batallas en una guerra social de posiciones no se define solo en el momento insurreccional, sino que reconoce un largo proceso de conquista cultural. Gramsci escribe y Milei aplica.
Cada clase social genera sus propios intelectuales para difundir su ideología. ¡Vaya si el mileismo no lo está haciendo! Algunos desde la desvergüenza y la violencia de las redes y la baratura de sus palabras, pero otros, como Agustín Laje, desde la seria construcción de una filosofía derechista contundente. Como hace mucho tiempo no ocurría, hoy los sectores más concentrados de la economía, la pequeña urbe de la timba financiera y los redivivos dueños de la tierra, tienen, como aquel Coronel de García Márquez, quien les escriba.
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La hegemonía moldea las creencias espontáneas de las masas. No es que esto sea tan cierto, pero está ocurriendo en Argentina, desde cierta preponderancia en la agenda política y en virtud de las características de cierto carisma, rebuscado y fortalecido mediáticamente, pero carisma al fin, de Milei, se ve una hegemonía de agenda y de presencia y eso, en mayor o menor dimensión, derrama sentido común.
“La revolución exige transformar la cultura antes que el poder político”. Lo dijo Gramsci, lo firma Milei.
“El poder se mantiene combinando persuasión (hegemonía) y represión (dictadura)”. Traslademos este principio a un sistema demo liberal de representación como el nuestro y vemos que algo de eso está ocurriendo. No en términos de dictadura, pero sí, de represión.
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“Los medios de comunicación (hoy las redes y el streaming, pero también los medios audiovisuales tradicionales) son instrumentos para naturalizar la ideología dominante”. Lo están haciendo.
Gramsci decía que el capitalismo domina no solo por la economía, sino por el gran individualismo que logra como modelo social. Hoy la Argentina vive la irrupción del valor individual a la vez que la declinación de colectivos históricos y de conjunto. El trabajo a cuenta propia, ignora la socialización de espacios laborales y el desprecio por intereses comunes son moneda corriente.
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La famosa definición de crisis orgánica que plantea Gramsci que ocurre cuando un sistema pierde legitimidad y eso permite que se abran espacios de contrahegemonía, tal vez en versión tercermundista, y como la consabida parte de la historia que se presenta como comedia luego de haber transcurrido como drama, ocurrió en 2022/23 cuando el sistema (la Casta para Milei) pierde legitimidad y la contrahegemonía se expresó en el triunfo electoral del libertario.
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