
El padre Rodrigo Zarazaga S.J. viene de realizar un trabajo de campo sobre las expectativas sobre su propio futuro que tienen chicos de entre 16 y 24 años de barrios sin servicios básicos. En una conversación con él sobre las visiones de los mismos chicos de baja escolaridad, con historias familiares difíciles y muy escasa conectividad fuera del ámbito de sus barrios, muy dominados por el narco, percibí la reiteración de algunos conceptos: soledad, falta de reconocimiento, segregación, carencia de futuro. El grupo de mejor educación y mejores relaciones familiares tiene la aspiración mayoritaria de trabajar como maestros o policías; el grupo del medio, aspira a tener un trabajo que les permita sobrevivir con los suyos; el grupo más roto sólo aspira a “rescatarse” de la droga y el delito para no terminar muertos o presos. Son varios millones de chicos y requieren una política pública para ellos.
Comenta Zarazaga con lucidez que la generación del 80 tuvo la narrativa social de la educación pública de calidad como elemento de movilidad social y los resultados fueron impactantes: se incorporaron millones de inmigrantes, muchos analfabetos en español, en pocos años; el peronismo, por su parte, hizo hincapié en el trabajo como narrativa de superación personal. Después no hubo narrativa de futuro o de inclusión; sólo discursos sobre derrames de riqueza que no sucedieron y dádivas directas de dinero por medio de intermediarios políticos informales. El Estado ausente. Es necesario construir una nueva narrativa que incorpore e integre a esos millones de chicos a una vida positiva para sí mismos y para la sociedad. Cuando se habla de crecimiento económico, debe haber un capítulo sobre la creación de capacidades y empleos más flexibles y de menor productividad relativa, para convencer a esos chicos de que hay nuevamente un futuro para ellos. El narco va a ser un enemigo de esa posibilidad.
El gran Juan Llach preconizaba escuelas ricas para los más pobres, política que se desarrolló en Medellín con la creación de extraordinarios centros de actividades sociales llamados Bibliotecas, con orquestas, pintura, artesanías útiles, fútbol o box, además de escuelas. Lo primero a fortalecer son las familias, lo segundo las escuelas y lo tercero los medios de acceso y relacionamiento de esos chicos con las oportunidades más allá de la esquina y de las calles del barrio dominadas por el narco, que suele ser socio de funcionarios estatales.
Eso requiere -como lo requirió la inflación- una terapia de shock, con muchos recursos bien aplicados (importa más que sean bien aplicados, a que sean muchos) para dar la posibilidad de atención familiar, fortalecimiento de escuelas con calidad y disciplina y creación de centros sanos de interacción social con el mundo externo. La política de seguridad debería hacer lo suyo, mostrando la alternativa negativa del mundo de la droga, pero siempre, siempre, cuando se cierra una puerta a gente sin salida, hay que abrir otra. Siempre. Hay que abrir puertas de oportunidad sanas para cada individuo y para la sociedad en la que convivimos todos.
La principal emergencia social, económica y política, está en el conurbano bonaerense. El presidente, por sus características personales y por su discurso, tiene llegada a todos los estratos sociales. La Argentina puede crecer enormemente y volver a ser grande trabajando con estabilidad y libertad y en ese proyecto caben todos los argentinos, incluidos los más jóvenes de los conurbanos, que no tienen la energía y los minerales de las provincias cordilleranas ni la fábrica de alimentos de la fértil franja central del país. Por eso, el presidente tiene la oportunidad de darle ese sentido, esa narrativa social, a la segunda mitad de su mandato, luego de la estabilización de la economía, sin la cual no hay nada.
Convertir el flujo de fondos de emergencia, como los ATN, aunque sea en forma parcial, y los fondos multilaterales, puede financiar una gran acción inmediata, para lo cual, primero, es necesario tener los programas hechos y las construcciones e infraestructuras previstas y diseñadas, con sus mecanismos de ejecución. El gradualismo es para el enemigo, el shock para los chicos más desamparados.
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