La peligrosa banalización de la política porteña

La Legislatura Porteña no es un ring, tampoco un set televisivo ni un trampolín, y menos un espacio para pasantías o becas vitalicias. La representación legislativa es una responsabilidad ética, técnica y ciudadana, necesitada de recuperar su dignidad institucional

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Candidatos a legislador porteño
Candidatos a legislador porteño

En la ciudad más visible y significativa del país, el ciudadano ha dejado de existir como sujeto político. Mientras las discusiones públicas focalizan en por qué no votar a tal candidato, ser funcional o no a un partido político adversario y bizarros spots de campaña, los verdaderos problemas cotidianos de quienes viven, trabajan, se educan, crían a sus hijos y cuidan a sus padres en CABA siguen sin resolverse. Inseguridad creciente, veredas imposibles, burocracia anacrónica, falta de vacantes escolares, servicios públicos deficientes, basura por doquier, gente viviendo en las calles y extorsionadores del espacio público, pero la Legislatura porteña está más preocupada por la coyuntura partidaria que por el diseño de políticas públicas.

El contribuyente de la Ciudad, quien cumple las normas y brinda progreso económico con su actividad privada, está abandonado, sin gestión urbana eficiente ni devolución de impuestos en servicios. Viviendo en una ciudad que lo expulsa, en lugar de invitarlo a permanecer y desarrollarse.

Desde hace años, trabajo en los vínculos entre ética, derecho, religión, educación y políticas públicas. He contribuido, desde la academia y la sociedad civil, al desarrollo de normas, protocolos y marcos institucionales en diversos ámbitos, muchos de los cuales han sido adoptados por organismos públicos y cuerpos legislativos nacionales e internacionales. Así, sin disponer de cargos públicos, aparatos partidarios ni dinero del Estado, he mostrado resultados en lo público debido al compromiso y al trabajo en equipo con pares de igual convicción y con responsabilidad por el bien común. Con ese mismo convencimiento propongo pensar la Ciudad con un enfoque técnico, ético y centrado en el bienestar real de sus contribuyentes.

Hoy asistimos a una preocupante trivialización de la función legislativa. Se presentan candidatos a legisladores porteños sin la menor preparación en asuntos públicos, sin logros ni trayectoria profesional vinculada a la tarea legislativa para la Ciudad. Otros saltan de un rol a otro, de una cartera a otra sin más vocación que la de acumular cargos, defender posiciones de poder partidario y permanecer al amparo de las mieses del Estado.

Desde hace una semana, se observa un casting de circulantes mediáticos que, de no ser trágicos, resultarían caricaturescos.

La izquierda y su sempiterno marxismo, imposible en un estado de derecho, no podrían sobrevivir ni ellos ni su agenda woke, bajo el régimen que pregonan, salvo desde Palermo. Con ideas que han hambreado y violado derechos humanos, ahora defendiendo también al mismo terrorismo que ha golpeado a la propia Argentina dos veces, convocan al crimen, al desprecio institucional y de la democracia. Incapacitados para la gestión, pretenden instaurar con violencia en las calles lo que no pueden con votos e ideas.

El peronismo camaleónico, disfrazado de “dialoguismo urbano”, lleva ex-convictos que se ufanan de sus delitos, instigadores y apologetas de conductas delictivas, corruptos y eternos militantes del mejor postor cuya única propuesta es mantener sus subsidios so pena de piquetes y enfrentamiento permanente con el trabajador y el orden ciudadano. Quienes atacan a la policía, cortan accesos, destruyen espacios públicos e intentan derrocar un gobierno democrático, no deberían aspirar a legislar para la convivencia sino responder ante la justicia.

El otro extremo del arco político, envalentonados por los resultados nacionales, percibe la Legislatura porteña como escenario para disciplinar un adversario, otrora aliado, repitiendo slogans disruptivos, pero sin presentar propuestas concretas para la ciudad. Desconocen la autonomía jurídica de CABA y sus urgencias estructurales, creyendo que frases rimbombantes y el señalamiento de cuestiones puntuales más simbología rupturista bastan para resolver años de desidia.

Tampoco faltan los oportunistas seriales, que han ocupado diversos cargos en distintos niveles durante los últimos años. Hoy se postulan a legisladores, ayer eran expertos en gestión cultural y mañana serán versados ambientalistas, peritos en seguridad, especialistas en educación, expertos en comunicación o técnicos en desarrollo económico. Sus convicciones adaptadas al algoritmo político con ideas recicladas son más adecuadas para usar un cargo como escalón para otro, que para la función legislativa.

Y finalmente están los candidatos cuasi analfabetos, sin educación, formación ni experticia básica. Sin haber propuesto ni contribuido jamás a una ley, sin haber gestionado un comercio barrial ni poder demostrar un solo logro afín a las tareas legislativas. Pero tienen cuentas de TikTok y una comunidad de seguidores virtuales que confunden popularidad con idoneidad, manifestando así el triunfo de la consigna sobre el concepto, y del gesto sobre el juicio.

La Legislatura Porteña no es un ring, tampoco un set televisivo ni un trampolín, y menos un espacio para pasantías o becas vitalicias. Es el lugar donde se definen los marcos normativos de convivencia, de distribución de recursos, de defensa de derechos, y el presente y futuro para más de tres millones de personas que habitan la Ciudad. La representación legislativa es una responsabilidad ética, técnica y ciudadana, necesitada de recuperar su dignidad institucional.

La Unión Porteña Libertaria, encabezada por Yamil Santoro, es el espacio liberal que me ha dado lugar como la voz de un ciudadano comprometido, pero no cooptado, con propuestas concretas y mostrando desde el ámbito privado resultados verificables sobre cómo mejorar la ciudad para todos sus habitantes. Establecer sistemas de responsabilidad, rendición de cuentas y transparencia en la gestión pública, porque la ética no se improvisa, se institucionaliza. Resolver el problema de la gente en situación de calle reformulando la ley de salud mental, más la transformación de propiedades fiscales ociosas en espacios de vivienda compartida con asistencia social, sanitaria y laboral. Modelo probado en ciudades europeas, y adaptable a CABA. Puesta en valor de la ancianidad en diversos ámbitos como el laboral, tecnológico y sociocultural, haciendo una ciudad más inclusiva para la tercera edad. Resolver el problema de la extorsión del espacio público por los trapitos y la recolección de residuos, barrido y limpieza agravado por los cartoneros quienes esparcen la basura por la vía pública, todo lo cual sumado a las heces de las mascotas, atenta seriamente contra la salud pública. Proteger con asistencia jurídica contra abusos regulatorios a quien produce tal como comerciantes, monotributistas o profesionales. Una red de transporte nocturno basada en trazas de uso real y seguridad inteligente, con paradas iluminadas, monitoreo en tiempo real y aplicación propia, pensada para trabajadores, estudiantes y cuidadores nocturnos. Beneficios impositivos, en tasas y contribuciones para instituciones religiosas y ONG’s, como instituciones de bien público y asistenciales sin fines de lucro, conforme el verificable beneficio comunitario de sus prácticas. La universidad de CABA como espacio formativo orientado específicamente al desarrollo de la ciudad, más liderazgo cívico mediante ética en las políticas públicas, derecho constitucional, gestión y administración. No más líderes espontáneos sin formación, se necesitan profesionales. Instar a la transferencia de competencias federales a la Ciudad, como el sistema penitenciario, la justicia penal ordinaria, hospitales, museos, colegios preuniversitarios y bibliotecas, aeroparque, puertos, autopistas y trazas ferroviarias. La Ciudad no puede ser autónoma en el discurso y dependiente en la práctica, porque distorsiona la gobernabilidad e impide el diseño e implementación de políticas integrales en justicia, salud, educación, seguridad o infraestructura.

Quienes trabajamos fuera del poder formal, pero logramos cambiar normas y diseñar políticas públicas en beneficio de la comunidad, sabemos cómo hacerlo y lo hemos demostrado. La Ciudad necesita representación con formación, compromiso, responsabilidad y resultados previos porque los porteños lo merecemos y la democracia lo demanda.