
La práctica de permitir que niños manejen motocicletas en competencias deportivas como el motocross es un ejemplo flagrante de cómo se contradicen las políticas de protección infantil con el interés económico y deportivo. Mientras se prohíben prácticas como fumar en un auto cuando hay niños presentes, se permite que estos participen en un deporte de alto riesgo, donde los accidentes severos son casi inevitables. ¿Cómo es posible que esto ocurra en sociedades que afirman priorizar el bienestar de los menores?
El motocross infantil se presenta como una actividad recreativa o deportiva, pero la realidad es más oscura. Estas competencias involucran a niños que, en muchos casos, no tienen ni la edad ni el juicio necesario para evaluar los riesgos. Las estadísticas son alarmantes: estudios demuestran que las lesiones en motocross son comunes y severas, incluyendo fracturas múltiples, conmociones cerebrales y, en algunos casos, la muerte. El reciente fallecimiento de Sid Veijer, una promesa del motociclismo de tan solo 7 años, expone la tragedia de esta práctica. Veijer sufrió lesiones graves en la cabeza mientras entrenaba con una minimoto, un tipo de motocicleta especialmente diseñada para niños, pero no por ello menos peligrosa.
Lo cierto es que niños como Sid comienzan su “carrera” como pilotos a los cuatro años de edad. La competencia es legal a partir de los cinco o seis años, en España, Estados Unidos y otras partes del mundo.
Defensores de este deporte argumentan que enseña disciplina y fomenta la actividad física, pero, ¿a qué costo?
Manejar una motocicleta no es una actividad que involucre únicamente las capacidades del cuerpo, como ocurre con el atletismo o la gimnasia, sino que depende de una máquina que alcanza altas velocidades y genera impactos considerables. La línea moral y ética parece desaparecer en nombre del espectáculo y del dinero.
Es evidente que detrás de estas competencias existe un poderoso interés económico. Las industrias vinculadas al motociclismo —fabricantes, equipos de seguridad, y organizadores de competencias— obtienen enormes beneficios a costa de la integridad física y emocional de los niños. Mientras tanto, los padres, a menudo cegados por la ilusión de criar a la próxima estrella del motociclismo, exponen a sus hijos a un riesgo desmedido. Esto no es más que una forma velada de explotación.
En un mundo donde nos preocupamos por los efectos del tabaquismo pasivo y donde se lucha contra el trabajo infantil, permitir que los niños compitan en motocross es hipócrita.
Estas prácticas deben ser reguladas y, en última instancia, prohibidas para menores de edad. No hay justificación válida para poner en peligro la vida de un niño en nombre del deporte. Si de verdad queremos proteger a los menores, necesitamos actuar con coherencia y dejar de hacernos los desentendidos ante la violencia inherente de este tipo de actividades.
Las cosas como son.
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