¿Por qué el Presidente odia? ¿Por qué dedica -mucha- parte de su tiempo a emitir frases violentas contra otras personas o grupos determinados? Está claro ya que lo de Milei no son exabruptos, sino parte de una estrategia que hace del odio un combustible social. Pero, ¿para qué?
No coincido en que sea solamente para “desviar” la atención de los claros problemas de gestión que atraviesa su gobierno. No. Los discursos de odio son discursos del poder y está bien estudiado para qué y cómo se utilizan.
Si bien no existe una definición universal de discurso de odio en el derecho internacional, el concepto se debate desde hace varios años y, si al principio nos llamó la atención, cada vez hay más evidencia de a qué nos referimos. Las Naciones Unidas llama “discurso de odio” al discurso ofensivo dirigido a un grupo o individuo y que se basa en características inherentes, como la raza, la religión o el género. O podría ser la pertenencia política.
Repito: no lo digo yo, lo dice la ONU. Y agrega todavía más: ese discurso “puede poner en peligro la paz social” (https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/discurso_de_odio.pdf).
De eso, precisamente, estamos hablando hoy en Argentina.
Es cierto que las redes sociales amplifican estos discursos, por la propia lógica de los algoritmos que los “premian” (más en redes en manos de personas como Elon Musk), entre otros factores. Pero no hay que dejar de correr el foco de cuál es la fuente que habilita que esto suceda: las personas capaces de influir sobre los discursos sociales, aquellas que ostentan algún tipo de poder.
De eso, precisamente, estamos hablando hoy en Argentina: del Presidente.
Aunque a algunos y algunas nos dé, como dice Cristina, vergüenza ajena tener un Presidente que parece un adolescente en términos de inmadurez, no es inocente que “La Libertad Atrasa” utilice los estratos más altos del poder político para esparcir el odio.
Ya lo hizo el Presidente contra periodistas, actores, actrices, diputados, senadores, empresarios; y lo hizo hace pocos días, de nuevo, contra la máxima líder de la oposición, hablando de su muerte y la muerte del espacio político que ella representa.
Ya sabemos que este “discurso” puede ser claramente visto como una incitación a matar a Cristina, pero a algunos esto les parece “exagerado”. Ya pasó.
Discursos de odio, prácticas de muerte.
Pero hay más. Cuando me tocó estar al frente del INADI, fuimos pioneros en investigar el tema y plantar recomendaciones para evitar que la discriminación se propague en forma de odio. Les recomiendo esta guía para quienes verdaderamente les interese el tema. Allí decíamos: “Este tipo de narrativas utilizan mecanismos discursivos que sirven para construir una imagen simplificada, exagerada y distorsionada del grupo que es objeto de odio, al cual se responsabiliza de los ‘problemas de la sociedad’ en un tiempo histórico determinado”.
¿Les suena?
Lo que el Presidente hace es correr el eje de quién tiene la “culpa” de lo que está pasando, a quién habría que matar o exterminar -dos verbos que utiliza para referirse al peronismo- para terminar con los supuestos males que aquejan a la Argentina. ¿Por qué lo hace? Por la sencilla razón de que, en realidad, la culpa la tiene él.
Podríamos pensar que es el discurso de un psicópata, o podríamos entender que es el discurso del poder para perpetuar esa desigualdad que dicen combatir y que solo vienen a profundizar.
En la misma guía que les recomendé, analizamos cómo el discurso de odio constituye una herramienta eficaz para la construcción de clivajes político-ideológicos que estructuran y organizan campos antagónicos en la disputa por el poder y “a la vez que despolitiza el debate público sobre las formas de producción, acumulación y distribución social”.
De eso estamos hablando. De esto tenemos que hablar: de cómo Argentina está en manos de un grupo de personas que busca generar mayor desigualdad.
Porque la única forma que tiene “La Libertad Atrasa” de hacer funcionar su Máquina de Fabricar Pobres es ponerle el combustible del odio, y dirigirlo contra a aquellos que creemos en la igualdad y la justicia social.
Mal que les pese, seguiremos creyendo en eso y trabajando hasta lograr un país donde la crueldad no esté de moda.
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