
Javier Milei fue elegido Presidente de la Nación de Argentina. Luego de meses de una larga e interminable contienda electoral, la sociedad ha optado por encarar lo que puede ser uno de los procesos más disruptivos y virtuosos que haya vivido la República Argentina.
El recorrido hasta aquí es por momentos parece único: un candidato a Presidente de la Nación que sin estructura previa y sin recorrido político logra imponerse en las elecciones por más del 55% de los votos, anunciando que lo que va a implementar es un plan que ajustará al Estado hasta donde sea posible, sincerando precios y reestructurando el esquema monetario. Además, a diferencia un gran numero de sus antecesores, las ideas que el fue trasmitiendo durante años a través de los diferentes medios de comunicación no distan en nada de lo prometido en campaña ni de lo declarado luego de consagrarse como futuro Presidente de la Nación. Todo una gran novedad en una Argentina en la que Presidentes en campaña han prometido “heladeras llenas”, “parrillas encendidas” y hasta aumentos a los jubilados “con los intereses de las Leliq”.
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La sorpresa entonces no parece ser que Javier Gerardo Milei haya llegado a la Presidencia, sino más bien que lo haya hecho como nadie lo hizo hasta aquí: sin discursos populistas y con una defensa férrea de sus ideales liberales.
En este marco donde parece destacarse la sinceridad, la sociedad ha decidido intentar cambiar la crónica decadencia que sufre la Argentina desde hace décadas. Sin embargo, algunos episodios han demostrado que un sector minúsculo parece no haber entendido lo que la mayoría de la gente ha expresado mayoritariamente en las urnas.
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El sindicalismo en pie de lucha, el Polo Obrero en Plaza de Mayo, algunos gremios aeronáuticos amenazando mientras utilizan la palabra “muertos” y algún referente exaltado perteneciente a una izquierda que ha quedado detenida en otros tiempos son algunos de los ejemplos de lo impensado: no se quejaban del 142,7% de inflación anual, ni del 43% de pobreza, ni de una cuarentena que resultó cavernícola, ni de un sistema educativo roto, ni de la destrucción del peso ni de la inseguridad, ni del narcotráfico, sino de lo que anunció un Presidente electo que aún no gobierna ni lo hará hasta el próximo 10 de Diciembre.
La vieja política debe comprender que en las últimas elecciones la mayoría de la gente le ha dicho basta a la extorsión, a la corrupción, y al descontrol propiciado por aquellos que escapan a la ley viviendo del esfuerzo de aquellos que producen, se esfuerzan e intentan salir adelante: la sociedad no parece estar más dispuesta a profundizar una decadencia.
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