
La casta lo alimenta. Sin ella, no estaría tan cerca de convertirse en el próximo presidente de este país. Es cierto que, desde sus primeras apariciones televisivas hasta hoy, logró morder de otros públicos. Por ejemplo, del peronismo: por distintas razones, pero especialmente por la fenomenal crisis económica, Javier Milei perforó en los grupos históricamente cautivos del movimiento que se autopercibe como proveedor. También están, por supuesto, los INCEL (célibes involuntarios) y los temibles procesistas que se alinean detrás de la figura de Victoria Villarruel. Todos conviven en armonía entre las Fuerzas del Cielo.
Pero la verdad es que ni los jóvenes blancos heterosexuales con dificultades para socializar con mujeres, ni las personas vulnerabilizadas por una economía decadente, ni los defensores de genocidas que se esconden entre las polleras de las víctimas de las organizaciones armadas de los años 70 habrían siquiera mirado las melenas del león si Milei no hubiera alimentado, primero, a un público que no sólo comprende a esos tres tristes grupos, sino que nos atraviesa a casi todos. Hablo de los hartos. Y me incluyo.
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¿Hartos de qué? Pues de la casta. De la burla. De una clase dirigente que engulle con la boca abierta. Un gigante que mastica y arroja miguitas llenas de baba, mientras abajo los muñequitos ponen las manos en cuenco para conseguir algo de comer. Y no hablo sólo de la política. Cuando digo la dirigencia digo la dirigencia. Tiene razón, en este aspecto, Milei. ¿O es acaso falso lo que dice cuando acusa a políticos, empresarios, sindicalistas, medios y jueces de masticar con la boca abierta?
Fijate, por ejemplo, en “Pitty, la numeróloga”. Verónica Laura Asad, así se llama, es vidente y coach. Bueno. Y mirá vos qué generoso será este país, que la mujer (de nuevo, vidente y coach) fue contratada por la gerencia general del Banco Nación. ¿Para qué? Nadie sabe. Ella lo explicó así: “Lo que doy es una técnica que la tengo yo sola y que la enseño también. A través de los números, sacás diferentes cosas, como el de la puerta de tu casa, tu celular y tu cielo, del cual vos podés aprovechar el 100%”. La que aprovechó el 100% con los números fuiste vos, corazón.
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Cuando la cuestionaron, Pitty agregó: “Tengo un talento, te doy diferentes tips de motivación para que vos puedas sacar tu mejor versión en tu trabajo; yo lo tomé como algo bueno: ¡me estaba contratando el Banco Nación!”. No sé si hace falta decir mucho más. Ojo, la re banco, eh. La tipa es vidente y la contrató el Banco Nación, ¿entendés? Es como que a mí me llamen para jugar en la primera de Boca. En fin, no creo que haga falta estudiar ciencias sociales para explicar por qué crece Milei, si hasta a mí me dan ganas de romper el juguete cuando escucho a Pitty la numeróloga.
El problema es que Milei no va a poder cambiar eso que nos harta. Ni aun queriendo. ¿Sabés por qué? Porque eso que él llama “casta” no es otra cosa que la vieja y peluda corrupción. Esa de la que de pronto no se habló más. Esa que fue tema excluyente de conversación política al final del menemismo y del kirchnerismo, pero nunca más. ¿Será que se resolvió? ¿Será que ya no hay corrupción estructural en la Argentina?
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Milei es un emergente de la corrupción. Eso es, en definitiva, la casta. Él la lee en clave libertaria (achicar el Estado, quemar el Banco Central, eliminar los planes sociales, etc.), pero, en rigor, está hablando del enorme problema que tiene la Argentina con el manejo de lo público para beneficio privado. Y eso, en mi diccionario, se llama corrupción. Un problema para el que no se hace nada. No hizo nada la Alianza, no hizo nada Cambiemos, no hizo nada, por supuesto, Alberto Fernández. ¿Hará algo, si es presidente, Milei?
La respuesta es sin ninguna duda “no”. Y te voy a decir por qué. Porque la corrupción es una máquina que la Argentina viene construyendo desde hace más de doscientos años. Es un sistema complejo, aceitado y permanente, formado por distintas partes: políticos, funcionarios, empresarios, sindicalistas, medios, jueces, fiscales, abogados y otros auxiliares de la Justicia, como las fuerzas de seguridad e inteligencia. El poder relativo de cada parte respecto de las otras no es siempre el mismo, pero nunca desaparece por completo, mientras que la máquina es inmune a diferentes modelos económicos y políticos, e incluso a tendencias globales. No la rompió el estatismo. No la rompió el neoliberalismo. No la va a romper Milei.
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Destruir la máquina es casi imposible, pues todos los sectores con capacidad de hacerlo se alimentan de ella. Dependiendo del modo de funcionamiento en que esté activada (liberalismo, estatismo, etc.), a veces les toca una porción grande y a veces una pequeña, pero siempre les toca algo y, desde luego, todos prefieren algo antes que nada. Por eso nadie habla de “Chocolate” Rigau, el puntero peronista que sacaba 27 millones de pesos por mes de cajeros automáticos para cobrar y repartir los sueldos de empleados fantasmas de la legislatura bonaerense. ¡Porque lo hacen todos! Sí, en la época de Heidi Vidal también, chicos. Papá Noel son los padres, sorry.
La corrupción en la Argentina es, como digo hace años, un plato del que comen todos. Nadie se corta sus propias manos. Nadie quiere dejar de comer. Por eso, ni Milei habla del asunto. ¿A quién no le gusta el chocolate? Esto es lo que explica que el problema (llámenlo “casta”, yo seguiré llamándolo por su nombre) no se resuelva. No es que no sepan qué hacer. ¡No quieren! Luego de 40 años desde la recuperación de la democracia, ¿por qué la dirigencia no hace nada? ¿Por qué no tenemos, por decir algo muy pero muy pequeño, una Oficina Anticorrupción independiente? ¿Es negligencia o complicidad?
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Ya saben la respuesta, ¿no?
La corrupción (la “casta”) no es un germen que aparece por momentos para atacar a nuestras maravillosas instituciones públicas y privadas y que es repelido o abrazado dependiendo de las virtudes morales de quienes las conducen. Lo que enfrentamos, en cambio, es un síntoma de debilidades institucionales que este país arrastra desde su fundación y que, a lo largo de la historia, los jugadores han hecho cada vez más sofisticadas: inestabilidad política, autoritarismo, falta de frenos y contrapesos, corporativismo, patrimonialismo, concentración del poder político y económico.
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Fu Hualing explica el ataque de Xi Jinping contra la corrupción del régimen comunista chino como una respuesta obligada por los escándalos, pero matizada por una premisa fundamental: no poner en riesgo la supervivencia del régimen y, en cambio, reforzarlo. Acá pasa lo mismo. La corrupción está tan enraizada que no puede reducirse significativamente sin cambios radicales de las debilidades institucionales subyacentes que, a la vez, son las que sostienen el régimen. Por eso nada cambia ni cambiará: la dirigencia que se beneficia del statu quo se opone a las reformas estructurales que, por naturaleza, afectarían su propia supervivencia.
Las cosas por su nombre. Se dice casta, se pronuncia corrupción.
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