
Las medidas fijas, independientes de la voluntad de cualquier persona, consiguen los beneficios de los intercambios competitivos.
Toda medición económica es una relación entre un valor y un metro patrón de cantidad y calidad. La emisión monetaria convierte a los precios, inflación, en medidas determinadas por la voluntad de ciertos funcionarios. Entonces la riqueza disminuye con los inconstantes suministros de bienes públicos, valor de la moneda, las leyes, justicia, policía.
En una columna del 4 de febrero último destaco que los verdaderos recursos económicos son las habilidades personales de contratar del modo más eficientemente posible, dado que las interrelaciones individuales mejoran con instituciones, reglas estables, y por todos conocidas. Pero la inflación torna inciertos los entendimientos y acuerdos entre particulares, los precios e ingresos relativos, reitero en otro análisis.
No obstante nuestra abyecta decadencia, seguimos sin corregir la experiencia tan nefasta, como fue abandonar la Convertibilidad, en 2002. A partir de ese quiebre, incurrimos en empobrecimientos y corrupciones crecientes. En América Latina, nadie salvo Venezuela, sufrió tanto esta condena, obra de los propios gobernantes. “Estado presente” proclaman.
A pesar de las ventajas de dolarizar, varios economistas sostienen que no es necesario, que sería algo redundante, pues implementando las condiciones exigidas ya no sería necesario cambiar el régimen monetario, que apenas sería una invocación mágica.
Se trata de un argumento enrevesado; como se deben ajustar condiciones, entonces efectuándolas no se requeriría dolarizar. Discrepo absolutamente.
James Madison, padre de la Constitución de EEUU. replicaría, “Si los hombres fueran ángeles no necesitarían gobiernos, si los ángeles gobernaran no se necesitarían quienes los controlen”, Federalist Paper nº51.
En esa sección, Madison describe las condiciones para asegurar las libertades individuales, la independencia de los diferentes poderes del gobierno y su favorable disposición, asentados en la Constitución de EEUU, para defender las libertades y habilidades personales.
En nuestros días, el fútbol profesional y actividades productivas no serían competitivos sin jueces imparciales y una organización para sancionar incumplimientos. Aunque todos los jugadores juraran solemnemente cumplir las reglas, tendrían incentivos a quebrarlas.
En cambio, dolarizar, automáticamente impone sus reglas y castiga desvíos. El Paper de Madison desarrolla las ventajas de favorecer las diferencias de intereses sectoriales para que ninguna facción se imponga, oprimiendo a otras minorías. Controles balanceados.

Buena parte de los argentinos no advierte que los precios, ingresos, condiciones económicas, conforman “la Mano Invisible”, el mecanismo informativo explicado por Adam Smith, en La Riqueza de las Naciones.
En verdad, las intervenciones forzadas, enfrentando los deseos de la población, constituyen imposiciones gubernamentales que deterioran las capacidades productivas.
En este punto es relevante leer “Una teoría matemática de la comunicación”, de Claude Shannon, fundador de la teoría de la información, quien desarrolló el concepto de entropía, una medida rigurosa de la información contenida en un mensaje.
Destacó que cuánto más desorbitada la inflación, mayor orfandad informativa, empobrecimiento del conocimiento e ingresos de la gente. En los intercambios comerciales, tanto mayor la inflación, menor el valor de los conocimientos y relevancia de los precios, ingresos, condiciones pactadas. En concreto, tanto más exacerbada la inflación, menor será el ingreso nacional.
En 2001, Editorial Atlántida publicó mi libro Dolarizar, El Fin de las Monedas Nacionales, presentado por el expresidente Carlos Menem y prestigiosos economistas, en evento muy concurrido.
El libro contiene experiencias y estudios efectuados a lo largo de varias décadas. Creo es el primer texto de tema tan relevante, que vuelve a cobrar actualidad en el debate de los economistas.
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