
Cuando se debatió la Ley Sáenz Peña, aquí en nuestro país, el capítulo referido a la obligatoriedad del voto tuvo algunos puntos de discusión. El proyecto del Poder Ejecutivo justificaba la obligatoriedad para evitar que minorías desestabilizadoras se hicieran del gobierno. Nuestra historia electoral, previa a la ley, se había caracterizado por el enfrentamiento de minorías activas, tramposas y violentas que hacían del acto comicial una farsa. Para sacar a estas minorías activas del control de las urnas había que meter al pueblo, y al pueblo se lo metía con el voto universal y obligatorio.
El diputado Emilio Gouchón defendió este tipo de voto para combatir la apatía del pueblo. Por su lado el diputado Juan Carlos Cruz valoró el carácter universal y obligatorio del voto pues estos dos aspectos eran imprescindibles para combatir a los gobiernos electores y fortalecer a los partidos políticos. Como nota de color la Revista Argentina de Ciencias Políticas, en el número de setiembre de 1911, realizó una encuesta sobre distintos aspectos de la Ley. La sorpresa que uno se lleva al observar las respuestas dadas sobre la obligatoriedad, podría adelantar las novedades de la elección chilena para constituyentes. Por ejemplo, el voto voluntario superaba ampliamente al obligatorio en los 1900 encuestados, todos profesionales de clase media alta y alta y más sorprendente aún, el voto facultativo vencía entre los socialistas consultados. La izquierda no quería el voto obligatorio. Otra nota de color, el voto obligatorio en España, al parecer motivador de la Ley Sáenz Peña, fue instaurado a instancias de Antonio Maura en 1907, político conservador, químicamente puro.
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En Diputados el voto obligatorio no fue aceptado, pero fue, luego, modificado por Senadores y en retorno a Diputados se aceptó la reforma. En Senadores fue decisiva la palabra de Joaquín V. González, liberal clásico de aquellos años, que aceptaba la propuesta de la obligatoriedad, incluso con sanciones para quien no cumpliera sus obligaciones cívicas. El ministro Indalecio Gómez, autor de la Ley, agradeció las palabras del riojano que torció la dirección del debate con su encendido discurso.
Aquellos liberales que ubicaban las obligaciones cívicas y al destino común por encima de las libertades individuales o decisiones personales, de concurrir o no al comicio, como hace en la actualidad el neoliberalismo, estaban más cerca del conjunto social, que los liberales modernos que rozan el nihilismo.
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Todo esto viene a cuento por lo ocurrido en las elecciones a Constituyentes en Chile, donde concurrió a votar solo el 40% de los chilenos en condiciones de ejercer el voto, pues no es obligatorio. Habiendo triunfado la izquierda y grupos políticos surgidos de las movilizaciones callejeras. Los partidos tradicionales fueron castigados. Es posible que se lo merezcan, como le está ocurriendo a la élite política en muchos países del mundo. Pero frente a este fracaso cabe entonces la siguiente pregunta: ¿el destino constitucional de Chile debe y puede quedar en manos del 40% de la población? Al parecer lo que redacten los Constituyentes debe ser aprobado en una elección obligatoria pero sería tarde y muy complejo.
Al ser opcional el voto, ocurrió que el destino común de los chilenos fue apropiado por minorías intensas. Si esto resultara así: ¿no sería mejor para las naciones iberoamericanas, a medio construir, comprometer al pueblo con el destino de todos y dejarnos de pamplinas libertarias, útiles para naciones que han cerrado su ciclo?
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Si con el voto obligatorio ya se observa la existencia de una élite política que vuela por encima del pueblo, ¿qué resultado obtendremos con la retracción de la gente de uno de los momentos decisivos de la vida en democracia? El mejor camino para rechazar a una élite política que no satisface las necesidades del pueblo es el voto en blanco, los argentinos lo hemos ejercido en más de una oportunidad. Es el rechazo a los políticos dentro del sistema institucional. No participar es dejar el espacio a minorías militantes.
Finalmente no sorprende que la izquierda hipócrita, la de ayer y la de hoy, al menos en Chile, aceptara un acto comicial donde el pueblo se ha ausentado. De perdurar este error Chile se aproxima al barranco.
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