
De acuerdo con Ortiz-Millán, uno de los elementos que hacen subsistir a los zoológicos es el de ser centros recreativos y turísticos. En efecto, cuando los mismos poderes gubernamentales promueven a los zoológicos en sus entidades como lugares en que se puede pasar el tiempo con la familia y hacer actividades recreativas se entiende que la derrama económica que dejan estos lugares no es ajena a los fines turísticos de los Estados ni a las instituciones privadas que perciben las ganancias.
Sin embargo, esto coloca a las especies animales como el telón de fondo de actividades varias que se sirven de su cautiverio como pretexto de entretenimiento. En muchos zoológicos del país las jaulas en las que viven los grandes depredadores apenas cumplirían los requisitos de una habitación humana. Muchas de estas especies tienen, digámoslo claro, pensamientos y emociones—no lingüísticos—que colocan su existencia en soledad como un transcurrir deprimente.
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El espacio es una de las necesidades básicas de los seres vivos. Resulta complicado, si no imposible, defender la existencia de los zoológicos, lugares donde mamíferos tan grandes y con cerebros tan complicados como los elefantes, quienes en estado de libertad se desplazan de 30 a 200 kilómetros diarios, son mantenidos día y noche en espacios de unos cuantos cientos metros.
¿Se podría argumentar que la conservación justifica la reclusión? No, decididamente. Además, existen muchas especies las cuales sufren el mismo estado. La situación no es pensar en los beneficios humanos, sino la calidad de vida emocional que los animales llevan al vivir en hábitats ficticios que no cumplen con las condiciones de proveer vidas mentales y sociales saludables.
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Resulta común observar en los zoológicos que ejemplares como los mandriles o lémures, cuyas especies tienen una vida social compleja y viven en grandes grupos en la naturaleza, estar en cerrados en soledad o con apenas pocos individuos en espacios reducidos y expuestos a las miradas de los visitantes.
Eventos sociales, fiestas privadas, cumpleaños y actividades familiares tienen la posibilidad de realizarse a pesar del deterioro emocional y mental que poseen muchas especies sin ser conscientes—en el sentido de ser auto-conscientes—de las condiciones de su propia existencia.
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En esta idea los zoológicos no tienen una justificación ética. No representan el bienestar psicológico y emocional de las especies. Pero, ¿y el aspecto educativo que promueven los zoológicos? Se hablará de eso en la siguiente ocasión.
* Semblanza: Rodrigo Cervantes. Estudiante del doctorado en filosofía contemporánea en la BUAP. Estudiante de DCV en la UNAM. Mis áreas de estudio principales son la filosofía de la mente y la ciencia, la filosofía del lenguaje y la fenomenología.
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