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Cintas malditas: cuando rebobinar te consume
Bienvenidos, nostálgicos de la estática magnética, a este rincón de Retrocultura Activa, donde el moho del VHS convive con teorías conspirativas grabadas encima de telenovelas noventosas. Hoy vamos a abrir una caja que muchos guardan bien al fondo del armario. Esa, la de las cintas malditas, esas películas que, dicen, corrompen la mente, te marcan para siempre o te arrastran a una pesadilla que se reproduce en bucle hasta que la máquina se traga la cinta y algo te observa desde la pantalla azul.
Porque sí, claro, en la era digital podemos borrar archivos con un click, pero en la era analógica había algo vivo en cada cinta. Rayones, glitches, zumbidos. Cada copia parecía sudar un rumor, que susurraba: “¿Seguro querés ver esto?“.
Así que ajustá la pestaña de tracking, limpiá el cabezal del reproductor y preparate para volver a una época donde rebobinar era un acto de fe. Empezamos.

El mito magnético
Antes del streaming, el VHS era un tótem doméstico. Una caja negra que viajaba de videoclub en videoclub, de feria en feria, de mano en mano. Bastaba un rumor para encender la chispa: “Dicen que hay una cinta que muestra algo que nadie debería ver”. Y de ahí nacieron mitos urbanos, como la película snuff perdida, la copia pirata que trae imágenes subliminales, el cassette maldito que te condena si no lo copiás para otro incauto.
En la penumbra de los cuartos de alquiler, con la estática del televisor como único sonido, esas cintas cobraban vida propia. Cada grabación casera podía ocultar algo detrás de una boda, un cumpleaños, un noticiero viejo. Había algo magnético -literal y figurado- en rebobinar a escondidas. El VHS era más que sólo entretenimiento. Era llave, herencia y trampa.
Para algunos era contrabando doméstico, una puerta a horrores que nunca llegarían al cine oficial. Otros juraban que ciertas películas solo existían si alguien las copiaba a medianoche. El rumor de que “alguien conoce a alguien” que tiene esa cinta secreta convertía a cualquier living en una sala de proyección clandestina. Entre polvo, humedad y cabezales gastados, ver un VHS maldito era un ritual que mezclaba coraje adolescente y morbo de feria barrial. La pregunta siempre era la misma: “¿qué pasaba si mirabas hasta el final?“.

Videodrome: larga vida a la nueva carne
David Cronenberg fue uno de los primeros en sintonizar este miedo magnético. Videodrome (1983) es una pesadilla biotecnológica donde la televisión y las cintas piratas transmiten más que imágenes, también transmiten mutaciones. Max Renn, un productor de canales de cable alternativos, descubre una señal underground que muestra torturas y asesinatos tan reales como hipnóticos. Cuanto más mira, más se deforma la frontera entre carne y mensaje.
El VHS es arma, droga y religión. El cuerpo se convierte en receptor y emisor de un virus audiovisual que transforma la mente en carne viva. Lo que arranca como explotación softcore termina en manifiesto cibernético: “Long live the new flesh.” Si alguna vez viste una cinta rayada que parecía masticar tu cerebro, sabés de qué hablamos.

El Aro: copiar o morir
Quince años después, desde Japón llegó una reinvención más silenciosa y mortal. El Aro (Ringu, 1998, Hideo Nakata) convirtió el VHS en leyenda urbana global, creando una historia donde una periodista investiga una serie de muertes inexplicables que conectan con una cinta misteriosa. Quien la ve recibe una llamada telefónica que anuncia su muerte en siete días. La única forma de romper la maldición es copiar la cinta y pasársela a otro. Terror viral antes de que Internet fuera mainstream.
La clave es que la maldición no es Sadako, la chica del pozo. La maldición es el acto de reproducir, copiar, compartir. Un VHS como parásito que vive de la paranoia y la curiosidad. Mientras Occidente se llenaba de remakes, El Aro recordaba que la verdadera pesadilla no está en el espectro sino en la repetición infinita.

Las cintas de Poughkeepsie: no rebobinar
Mientras El Aro expandía la leyenda de las cintas malditas, Las cintas de Poughkeepsie (The Poughkeepsie Tapes, 2007, John Erick Dowdle) llevó el subgénero del metraje encontrado a su expresión más cruda y perturbadora. La trama sigue a la policía local, que descubre cientos de cintas VHS grabadas por un asesino serial, cada una documentando secuestros, torturas y manipulaciones psicológicas de sus víctimas. El film combina el formato de documental falso con el recurso de las “grabaciones encontradas” para involucrar al espectador en un juego inquietante, donde le permite ser testigo y cómplice involuntario de horrores reales.
Acá no hay fantasmas ni mutaciones sobrenaturales, sino que solo encontramos la certeza aterradora de que hay cosas que jamás deberían ser vistas. La cinta analógica, con su imagen gastada y pixelada, suma una capa extra de realismo inquietante, como si cada ruido o distorsión en la pantalla tuviera secretos ocultos. Ver Las cintas de Poughkeepsie se vuelve un acto casi prohibido, comparable a abrir un baúl lleno de recuerdos podridos que es mejor dejar cerrados.
La película fue polémica por su violencia explícita y su formato que simula evidencias reales, lo que generó debates sobre los límites del terror y el morbo en el cine. A diferencia de otros films de terror, en este caso el horror es tangible y se aferra a la idea de que la tecnología analógica puede conservar y propagar el mal de forma indeleble.

Cigarette Burns: celuloide prohibido
John Carpenter, maestro del cine de terror y siempre dispuesto a explorar los rincones más oscuros del miedo, aportó su toque personal con Cigarette Burns (2005), un episodio de la antología televisiva Masters of Horror. En esta historia, no se trata de un VHS maldito, sino de un rollo de celuloide perdido llamado La Fin Absolue du Monde, una película tan perturbadora que, según la leyenda dentro de la trama, desató masacres en su única proyección pública.
La historia sigue a un coleccionista obsesionado que contrata a un proyeccionista caído en desgracia (interpretado por Norman Reedus, conocido luego por The Walking Dead) para encontrar esta película legendaria. La búsqueda pronto se convierte en una cacería malsana, rodeada de fanáticos extremos, coleccionistas excéntricos y fragmentos de un film que no debería existir.
Lo más inquietante no es solo el contenido de la cinta, sino la forma en que corrompe a quienes la persiguen. El deseo de ver La Fin Absolue du Monde es mucho más peligroso que lo que la película en sí muestra. Carpenter juega con la idea de que el verdadero horror no está en la imagen proyectada, sino en la obsesión y la locura de quienes la buscan.
Este episodio destaca por su atmósfera opresiva, su homenaje al cine de culto y su reflexión sobre el poder del cine como fuerza maldita, capaz de cambiar -o destruir- a quien se atreve a adentrarse en sus secretos. Cigarette Burns es un clásico instantáneo para quienes ven en el celuloide un objeto casi sagrado y peligroso, un relicario que alberga terrores que trascienden la pantalla.

8MM: snuff real, paranoia real
Para bajar a tierra este carnaval magnético, entra 8MM (1999, Joel Schumacher). Nicolas Cage interpreta a un detective privado contratado para investigar la autenticidad de una supuesta película snuff filmada en Super 8. La misión lo arrastra a un mundo oscuro y clandestino de pornografía extrema, coleccionistas de rarezas y productores de pesadillas.
La película se sostiene en la intensidad de la actuación de Cage, cuya obsesión lo lleva cada vez más profundo en un submundo que lo corrompe y lo desafía moralmente. Junto a él, destaca Joaquin Phoenix en uno de sus primeros papeles importantes, interpretando a un joven que funciona como una suerte de guía sombrío dentro de ese entorno depravado.
A diferencia de Videodrome o El Aro, aquí no hay espectros ni mutaciones sobrenaturales, sino que los verdaderos monstruos son humanos. Lo prohibido no es un fantasma, sino la maldad cruda de alguien que filma lo que nunca debería ser filmado. El VHS, el celuloide o el Super 8 son solo vehículos, pero lo que importa es la sensación inquietante de que, en algún lugar, esa cinta circula y que podría caer en las manos equivocadas si alguien se atreve a buscarla demasiado.
8MM juega con la paranoia del voyeurismo extremo y la línea borrosa entre la realidad y la ficción, recordándonos que a veces el horror más tangible está justo frente a nuestros ojos, escondido en las sombras del mundo real.

De la cinta a la nube: el mito sigue
Hoy que todo es digital y on demand, uno podría creer que la maldición se diluyó. Pero Internet encontró formas nuevas, con creepypastas como Suicide Mouse, leyendas urbanas de YouTube, o foros donde se jura que existe un “video perdido” de alguna caricatura infantil que muestra algo traumático.
Incluso el found footage moderno (recurso de la cinta encontrada) recicla el miedo. V/H/S (2012) -título obvio- homenajea el mito con una colección de cortos filmados en cintas encontradas por asaltantes que no entienden que lo peor no está en la caja fuerte, sino en el televisor polvoriento que sigue encendido.
Al final, la idea es la misma, con un soporte físico o virtual que porta un virus narrativo. Verlo es contagiarse. Compartirlo es expandir la infección. Las cintas malditas existen mientras exista alguien dispuesto a buscarlas. Cada generación cambia el soporte. No importa si es un rollo fílmico, VHS, CD quemado, enlace torrent, o un video perdido de un servidor ruso. La clave es que la semilla es la misma, la fantasía de que hay algo ahí afuera que no deberías ver… y que por eso mismo no podés dejar de buscar.
Así que, querido lector de Retrocultura Activa, si alguna vez encontrás una cinta polvorienta en una feria de usados, revisá bien la carátula. Si no tiene etiqueta o huele raro, tal vez convenga dejarla donde está. Y si decidís verla, no digas que no te avisamos.
Nos vemos en la próxima sesión de magnetismo y paranoia. Prometo traer más películas, más teorías de pasillo y más historias de esas que se adhieren a la cabeza… como un fragmento de cinta enredado en el cabezal. Hasta la próxima rebobinada.
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