
La práctica de sellar un compromiso matrimonial con un anillo es una costumbre ancestral cuyos orígenes y transformaciones atraviesan culturas, religiones y épocas. Aunque en la actualidad el anillo simboliza amor y fidelidad, este objeto tuvo diversas interpretaciones y funciones muy variadas a lo largo de miles de años.
La tradición de ofrecer un anillo a la futura esposa corresponde a la Antigua Roma. Si bien algunas fuentes sitúan el inicio de esta costumbre en Egipto, no existen pruebas arqueológicas concluyentes en ese sentido. Según Encyclopaedia Britannica, la documentación más sólida emerge entre los romanos, quienes otorgaban a la mujer un anillo como símbolo visible de un acuerdo legal previo al matrimonio.
El gesto no implicaba un acto romántico, sino una forma de indicar que la mujer ya no pertenecía a la esfera de su familia de origen, sino que pasaba a integrar la de su futuro esposo. Entre las familias pudientes, la novia también recibía un anillo de oro reservado para ocasiones públicas, mientras que el de uso cotidiano era de hierro, material que representaba la seriedad y permanencia del vínculo.
De acuerdo con la misma fuente, la evolución simbólica de los anillos de compromiso y boda avanzó de la mano de la Iglesia católica. A partir del siglo XII, el matrimonio se reconoció como sacramento y se estableció la entrega del anillo como parte integral del ritual religioso. En ese mismo período se consolidó la distinción entre el anillo de compromiso y el de boda, atribuyéndoles funciones separadas: uno para prometer y otro para formalizar la unión en el marco de la ceremonia eclesiástica.

En tanto, las tradiciones judías incorporaron también el anillo matrimonial en las ceremonias. Según relatos históricos, el novio colocaba en la mano de la novia un anillo elaborado, a menudo con un adorno arquitectónico sobre el engaste. Este elemento permitía que los testigos comprobasen la validez del rito. Sin embargo, la pieza no solía permanecer en poder de la novia. Lo más habitual era que perteneciera a la comunidad y se custodiasen en la sinagoga, para así ser utilizada por otras parejas en futuras liturgias.
Durante la Edad Media, diversos tipos de anillos de compromiso emergieron en Europa. De acuerdo con Encyclopaedia Britannica, los anillos tipo “gimmel” eran populares entre parejas que deseaban compartir una joya partida en varias porciones, que se unían en el día del casamiento. Los “posy rings”, con mensajes grabados en el interior, se empleaban para transmitir mensajes privados de afecto.
El empleo de diamantes en los anillos de compromiso comenzó a ganar terreno a finales del siglo XV. Muchas fuentes sitúan en 1477 la primera ocasión documentada, cuando Maximiliano, archiduque de Austria, encargó un anillo con pequeños diamantes formando la inicial de su prometida, María de Borgoña. Sin embargo, la investigación de la historiadora de joyería Marion Fasel sugiere que esta práctica ya existía entre la nobleza antes de dicha fecha. Por entonces, el acceso a los diamantes resultaba exclusivo de las clases altas debido a la escasez y el alto costo.
La democratización de los anillos con diamantes se produjo mucho después. Según datos de Encyclopaedia Britannica, el auge de la Revolución Industrial, con la expansión de la clase media en Europa y Estados Unidos, sentó las bases para que más personas pudieran adquirir joyas. La aparición de yacimientos diamantíferos en Sudáfrica en 1867 abarató y extendió el acceso a estas piedras. No obstante, fue la empresa De Beers la que definió al diamante como la piedra por excelencia para sellar compromisos. Al lanzar en 1947 su campaña publicitaria con el slogan “A diamond is forever”, consolidó la asociación entre diamante y vínculo matrimonial indisoluble.
En relación a los anillos masculinos, Encyclopaedia Britannica precisó que hubo intentos de popularizar los anillos de compromiso para hombres en Estados Unidos durante la década de 1920, pero la propuesta fracasó. Sin embargo, la tendencia cambió a partir de la Segunda Guerra Mundial. Los soldados estadounidenses emplearon bandas de boda como recordatorio de sus esposas y familias durante la guerra. Hacia fines de la década de 1940, el intercambio de alianzas era una costumbre aceptada en el ochenta por ciento de las bodas heterosexuales en Estados Unidos.

En varios países sudamericanos, como Brasil y Chile, existe la tradición de intercambiar anillos durante el compromiso, los cuales se llevan en la mano derecha durante el noviazgo. Tras la boda, se trasladan a la mano izquierda como símbolo de matrimonio. Esta práctica demuestra que las variantes culturales han enriquecido el rito en vez de homogeneizarlo.
Otras tradiciones, especialmente en India, se apartan del modelo del anillo occidental. De acuerdo con Encyclopaedia Britannica, los rituales hindúes emplean múltiples símbolos para marcar el matrimonio, tales como la aplicación de polvo rojo (sindoor) en el cabello de la esposa, el uso de collares “mangalsutra” de cuentas negras y oro o el uso de anillos en los dedos de los pies. Al mismo tiempo, ciertos hombres indios llevan hilos sagrados, cuya complejidad aumenta tras contraer matrimonio.
El supuesto mito de la “vena amoris”, que atribuye un vínculo directo entre el cuarto dedo de la mano izquierda y el corazón, explica la elección de ese dedo para colocar el anillo. La medicina moderna descartó esta creencia pero la tradición persiste.
En el presente, la ampliación de derechos y la búsqueda de expresiones inclusivas impulsaron el uso de anillos de compromiso en parejas del mismo sexo y la adaptación de diseños neutros en materia de género. Globalización y comunicación extendieron la costumbre a varias regiones, aunque persisten alternativas de marcado simbólico en distintos países y religiones.
La historia de los anillos de boda y compromiso continúa transformándose, permeada por factores sociales, económicos y culturales. Hoy, más allá de sus orígenes legales o rituales, el anillo persiste como emblema de unión, promesa y recuerdo, mientras el significado personal y social del gesto se redefine con cada generación.
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