
El debate sobre el derecho a una muerte digna ha dividido a la sociedad estos últimos días. El caso de Noelia Castillo nos ha recordado que existe una realidad incómoda a la que no todo el mundo puede hacer frente. No obstante, la Ley de Eutanasia, que entró en vigor en España en 2021, ha dado la respuesta jurídica a aquellos pacientes con enfermedades incurables o “sin posibilidad de alivio” que necesitaban la ayuda del Estado. Con este paso, España se situó entre los primeros países europeos en reconocer este derecho, aunque bajo determinadas condiciones.
Más allá de este debate que ha resurgido de nuevo esta última semana, también hay que conocer el proceso que atraviesan pacientes y familiares cuando alguien decide recurrir a la eutanasia, pues encierra una complejidad psicológica y neurológica poco explorada. Y es que estudios como ‘Eutanasia: una perspectiva psicológica’ de María del Carmen Torrado muestran que el mayor factor que impulsa a una persona a pedir la eutanasia no es únicamente el dolor físico, sino que en ocasiones son “los principios de libertad y autonomía los que guían esta conclusión”.
Por su parte, los familiares consiguen atravesar un duelo menos complicado ante este sistema. El duelo no solo es una reacción ante la pérdida de un ser querido, sino también el proceso que inicia la propia persona al anticipar su despedida. “La despedida del ser querido es necesaria para el que se va y para el que se queda. Esto nos permite dar un significado nuevo a la muerte y, al hacerlo, cambia nuestra vida”, aseguran Natividad Jiménez Sánchez, Nazaret Maldonado del Arco y María Dolores Nieto Martín en el informe ‘Acompañar en la fase final de la vida’.

Del miedo inicial a la toma de decisiones informada
La necesidad de “descansar” del sufrimiento, especialmente cuando ni los tratamientos ni los cuidados paliativos mejoran la situación, es clave. Esto se ha comprobado también en la investigación del doctor Jose M. Trejo Gabriel y Galán del Servicio de Neurología del Hospital Universitario de Burgos, en la que comprobó que durante las fases de la decisión de solicitar la eutanasia se implica una secuencia de etapas en las que interactúan factores médicos, emocionales y neurológicos.
Todo comienza cuando la persona enfrenta el sufrimiento causado por enfermedades graves, crónicas o terminales, como el cáncer avanzado o patologías neurológicas severas. En esta fase inicial, el paciente experimenta miedo intenso, asociado a la activación de la amígdala cerebral y de los sistemas que regulan el estrés. Una reacción que persiste mientras avanza la enfermedad.
En la siguiente etapa, se inicia un afrontamiento emocional y cognitivo, donde intervienen el cíngulo, la ínsula y los lóbulos prefrontales, áreas del cerebro que permiten planificar y anticipar consecuencias. Además, el sufrimiento se asocia a la percepción de dependencia y a la sensación de ser una carga, siendo la pérdida de independencia y dignidad uno de los motivos principales para solicitar la eutanasia.
Antes del paso final, el paciente pasa su propia fase de duelo en la que atraviesa todas las etapas: negación, ira, negociación, tristeza y aceptación. Finalmente, una vez ha tomado la decisión, se realiza una evaluación neuropsicológica que asegure la capacidad de decidir de manera informada y persistente. Durante todo este proceso, el doctor Jose M. Trejo Gabriel y Galán asegura que el acompañamiento de familiares y profesionales es fundamental.
Noelia Castillo Ramos, una joven de 25 años, comparte su historia y su firme decisión de recibir la eutanasia. A pocos días de su muerte programada, explica las razones detrás de su elección para dejar de sufrir.
Un duelo menos traumático frente a la muerte natural
Para muchas personas, la eutanasia puede ser una elección egoísta. Pero “evidentemente, los pacientes desean mejorar su sufrimiento y el de sus familiares”, asegura la asociación Derecho a Morir con Dignidad. Asimismo, la organización señala que “en el grupo de familiares y amigos fallecidos por eutanasia no solo no parece existir mayores complicaciones en el proceso de duelo, sino que presentan menos síntomas indicadores de duelo complicado, menos síntomas de duelo normal y menos reacciones de estrés postraumático”.
Y es que “probablemente tener la oportunidad de despedirse del paciente es un determinante importante en el proceso de duelo posterior”, añaden. Algo que también confirma el estudio ‘Effects of euthanasia on the bereaved family and friends: a cross-sectional study’ de Nikkie B. Swarte, Marije L. van der Lee, Johanna G. van der Bom, Jan van den Bout, A. Peter M. Heintz. Al parecer, la investigación publicada en el British Medical Journal demostró que los allegados de quienes fallecen por eutanasia presentan menos síntomas de duelo traumático y estrés postraumático que quienes pierden a sus seres queridos por muerte natural.
De hecho, solo el 2,1% de los allegados de casos de eutanasia cumplía criterios de duelo traumático, frente al 5,7% en el grupo de muertes naturales, “lo que indica que hubo una diferencia clínicamente significativa además de estadísticamente significativa”. Los expertos pudieron deducir que el principal factor que mitigó el impacto emocional fue la oportunidad de poder despedirse conscientemente del ser querido, una faceta más frecuente y profunda en los casos de eutanasia.
Ante esta situación, la asociación Derecho a Morir con Dignidad mantiene que “hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir. No solo hay un tiempo biológico, sino también un tiempo biográfico”. De esta manera, argumentan que “morir, en ciertos momentos, es una obligación”; aunque esto no es una “justificación de suicidio o de la eutanasia”, como mencionan. Al final, “la muerte no es un fenómeno natural, sino cultural, humano, y que por tanto tenemos obligaciones morales para con ella. La primera obligación ética es procurar a todos los seres humanos una buena vida. Y la segunda, conseguir que tengan una buena muerte”, concluyen.
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