
La propuesta de Mark Vellend desafía la manera tradicional de entender el mundo al sugerir que la clave para descifrar la realidad reside en distinguir entre lo que es inevitable y lo que es producto de la historia. En su visión, la existencia de fenómenos tan dispares como la jirafa, el iPhone o la carrera política de JD Vance no responde a una necesidad dictada por las leyes físicas, sino a una sucesión de acontecimientos contingentes, resultado de cómo se han desarrollado los hechos.
Según Vellend, comprender el mundo requiere únicamente de dos marcos conceptuales: la física y la evolución. En este contexto, la evolución se interpreta en un sentido amplio, como cualquier proceso en el que los resultados dependen de lo que ha ocurrido previamente. Así, el universo se divide entre lo ineludible y lo contingente, categorías que el propio Vellend toma del biólogo evolutivo Graham Bell.
La “primera ciencia” se ocupa de la necesidad física, mientras que la “segunda ciencia” estudia la contingencia histórica. Por ejemplo, la tabla periódica de los elementos naturales, que suma cerca de 90 componentes, representa una consecuencia inevitable de las leyes físicas y pertenece a la primera ciencia. En cambio, la aparición de escarabajos peloteros o vicepresidentes, que no está determinada por esas leyes, corresponde a la segunda.

La “segunda ciencia”, sostiene Vellend, conecta disciplinas tan diversas como la biología evolutiva, la antropología, la historia, la economía y la ciencia política. A su juicio, omitir la enseñanza de los procesos evolutivos priva a los estudiantes de la comprensión de los mecanismos fundamentales que subyacen no solo a la vida, sino también a las culturas, economías y sistemas educativos en los que participan. Para fundamentar su tesis, su obra Everything Evolves recurre a ejemplos que abarcan desde la tecnología y el diseño de productos hasta la microbiología, la ecología y la lingüística.
En el ámbito de la biología, la evolución suele asociarse con la teoría neo-darwinista de la selección natural, que se apoya en tres pilares: variación, selección y herencia. La vida genera diversidad; algunos animales, por ejemplo, corren más rápido que otros. Aunque Charles Darwin desconocía el origen de esa variación, hoy se atribuye a la mutación genética. Ciertas variantes confieren ventajas adaptativas, permitiendo que quienes las poseen sobrevivan y transmitan esos rasgos a la siguiente generación.
No obstante, Vellend advierte sobre el riesgo de reducir la evolución a una visión centrada exclusivamente en Darwin. La teoría, señala, es mucho más compleja que un simple esquema de tres pasos. Existen organismos que sobreviven por azar, sin ventajas adaptativas, lo que introduce una deriva aleatoria en los rasgos.
Además, las sutilezas parecen no tener fin. Por ejemplo, la “aptitud” de una variante puede depender de su frecuencia: un nombre de bebé puede resultar más ventajoso cuando es poco común que cuando se vuelve habitual. La aptitud también es multifactorial: un teléfono móvil puede destacar en el mercado por ser más pequeño, más rápido, más atractivo o más barato. Surge entonces la cuestión de cómo ponderar cada una de estas ventajas.

Estos ejemplos ilustran que los conceptos de la teoría evolutiva pueden aplicarse a sistemas sociales y artefactos, desde empresas hasta computadoras. Sin embargo, esto no implica que todos evolucionen siguiendo un modelo estrictamente darwiniano. Existen otros tipos de evolución, como aquellos que incorporan planificación en lugar de variación aleatoria. Lo que comparten es la repetición de pruebas y errores, junto con algún mecanismo para evaluar los resultados y conservar lo que funciona.
Vellend utiliza la metáfora de una “mesa de mezclas evolutiva”, en la que se pueden ajustar diferentes factores como la variación, la herencia y el éxito diferencial. Aunque se trata de un intento ambicioso de unificación, reconoce que, en sistemas complejos gobernados por múltiples factores independientes, el espacio de posibilidades es inmenso y la tarea de predecir o comprender los resultados puede resultar abrumadora. En última instancia, el mensaje es que los sistemas evolutivos son ubicuos y de una complejidad enorme.
Vellend reconoce que no es el primero en distinguir entre el determinismo físico y la contingencia evolutiva. El teórico de la complejidad Stuart Kauffman, en su obra A World Beyond Physics (2019), afirmó: “La física no nos dirá de dónde venimos, cómo llegamos, por qué existe el corazón humano, ni por qué puedo comprar nectarinas en Eastsound [una isla en el noroeste del Pacífico]”.

La cuestión de si es posible dividir la descripción del mundo físico y social en dos categorías tan claras permanece abierta. Por un lado, si la naturaleza es realmente regida por leyes en su nivel fundamental, ¿no implica eso que todo lo ocurrido desde el big bang, incluida la evolución de los escarabajos peloteros, tiene un carácter inevitable? Ciertamente, tanto la evolución biológica como la social parecen mostrar cierta previsibilidad regida por leyes.
La dinámica de fluidos hace probable que muchos seres voladores tengan alas y los acuáticos, formas hidrodinámicas. Los principios físicos impiden que los humanos alcancen 6 metros de altura o que los árboles superen los 91 metros. Existen leyes físicas que describen los atascos de tráfico y las redes como internet o los ecosistemas amazónicos.
Por otro lado, la mecánica cuántica introduce el azar: no es posible predecir con certeza lo que ocurrirá a escala microscópica, solo lo que podría suceder. Se considera que la estructura a gran escala del universo refleja las fluctuaciones cuánticas, es decir, el azar, que se produjeron cuando el cosmos tenía el tamaño de un átomo. En este sentido, toda existencia lleva consigo un componente de contingencia.
La propuesta de Vellend de reorganizar el currículo académico en torno a la primera y la segunda ciencia es, por tanto, objeto de debate. No obstante, su planteamiento cumple la función de recordar los límites de la física fundamental y lo poco que puede explicar. El zoólogo D’Arcy Thompson resumió esta idea con la frase: “Todo es como es porque llegó a ser así”. El título de Vellend podría ser aún más acertado de lo que él mismo imagina.
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