
Uno de los casos recientes más llamativos de redescubrimiento animal ocurrió en Papúa Nueva Guinea, donde fue hallado nuevamente el tiburón vela o tiburón canino (Gogolia filewoodi) tras más de medio siglo de ausencia en los registros científicos. Esta especie, considerada una de las más raras del mundo, había sido vista por última vez en 1973 y, desde entonces, no se contaba con evidencia concluyente de su existencia, lo que alimentó especulaciones sobre su posible extinción o, al menos, una drástica disminución de su población.
Según informó el sitio especializado New Scientist, el tiburón canino se caracteriza principalmente por una aleta dorsal inusualmente grande y profunda, que resalta de forma notoria en comparación con otras especies emparentadas. Fue descrito por primera vez en 1973 a partir de una hembra preñada capturada en la bahía Astrolabe, en las aguas próximas al río Gogol. Esta captura representó durante décadas el único registro formal del animal. La singularidad del primer hallazgo y el posterior silencio marcan la rara frecuencia de encuentros y la dificultad de estudio de este tiburón, que desde su identificación inicial hasta el presente había permanecido, para la ciencia, en el anonimato.
El contexto del redescubrimiento se dio en el marco de un proyecto de investigación realizado por Jack Sagumai y su equipo, en representación del Fondo Mundial para la Naturaleza del Pacífico en Papúa Nueva Guinea y publicado en el Journal of Fish Biology. Su labor formaba parte del Plan de Acción Nacional sobre Tiburones y Rayas, y se centró en recopilar información pesquera directamente de las comunidades locales. Fue en marzo de 2020 cuando, al revisar fotografías obtenidas por pescadores de la zona cercana a la desembocadura del río Gogol, detectaron una imagen que revelaría un verdadero tesoro biológico: cinco tiburones pequeños, todos con la característica aleta dorsal pronunciada. Posteriormente, se confirmó que se trataba de hembras, todas de menos de un metro de longitud.

El hallazgo suscitó una colaboración internacional. Con el apoyo de William White, de la Organización de Investigación Científica e Industrial de la Commonwealth de Australia, el equipo de Papúa Nueva Guinea pudo confirmar la identidad de estos ejemplares como Gogolia filewoodi, el tiburón canino largamente ausente de la literatura científica. En 2022 otro pescador aportó una nueva sorpresa: la captura de un macho de la especie, también en las inmediaciones de la bahía Astrolabe. Aunque este encuentro representa el primer registro científico en más de cinco décadas, los habitantes de la región relatan haberlos visto ocasionalmente a lo largo de los años, principalmente cuando pescan corvinas cerca de la desembocadura del río. Según la observación local y de los investigadores, el tiburón canino parece preferir aguas más profundas, manteniéndose cerca de los peces que se alimentan en zonas salobres.
Este patrón de presencia restringida ha llevado a los especialistas a considerar que Gogolia filewoodi podría ser una especie “microendémica”, es decir, que su área de distribución estaría limitada a una pequeña región, en este caso la bahía de Astrolabe y zonas aledañas. Sin embargo, algunos científicos como David Ebert, de la Universidad Estatal de San José, barajan la hipótesis de que en el pasado pudo haber ocupado un rango mucho más amplio a lo largo de Indonesia, Papúa Nueva Guinea y áreas circundantes, sobreviviendo hoy solo en una pequeña población remanente. El hecho de que la región albergue también otras especies de tiburones microendémicos, como los tiburones bambú y epaulette, da sustento a ambas posibilidades.
La biología y el tamaño real de la población de Gogolia filewoodi todavía permanecen en buena medida desconocidos, debido a la escasez de ejemplares estudiados y a la rareza de los registros. Hasta el momento, solo se conservan dos ejemplares fallecidos en la Universidad de Papúa Nueva Guinea, lo que limita las oportunidades de análisis directo. No obstante, el hallazgo ha impulsado la planificación de nuevos esfuerzos en colaboración con investigadores de Australia y Florida.

Uno de los objetivos principales es realizar un análisis genético de los tiburones encontrados, creando así una base de datos genética que permita un monitoreo más preciso de la población.
Este avance es fundamental para desarrollar estrategias eficaces de conservación. El análisis de ADN aportará información clave sobre la diversidad genética, la estructura poblacional y posibles vínculos con otros tiburones similares de la región. Al generar una base científica robusta, el grupo de investigadores espera poder guiar la protección de la especie y prever acciones necesarias frente a amenazas potenciales, ya sean derivadas de la actividad pesquera local, el cambio en los hábitats acuáticos o la fluctuación en la abundancia de presas de las que depende el tiburón.
El redescubrimiento del tiburón vela, más allá de aportar evidencia sobre la resiliencia de especies en ambientes poco explorados, subraya la relevancia de la colaboración entre comunidades locales, investigadores nacionales e instituciones internacionales para la conservación y el conocimiento de la biodiversidad marina. Este hallazgo reactiva el interés científico, sienta bases para futuras investigaciones y, sobre todo, otorga una segunda oportunidad para proteger una de las especies más misteriosas del océano Pacífico.
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