“No serás un verdadero triunfador hasta que no hayas triunfado en la Argentina”, le repetía su padre como un mantra. Y él lo creyó. Julio Iglesias, ese hombre que vendió más de 300 millones de discos en todo el mundo, que cantó en 14 idiomas, que fue leyenda antes de cumplir los 40, tardó en conquistar a la Argentina. Pero cuando lo logró, no la soltó nunca más. Porque lo que lo unió a este país no fue un éxito radial ni una gira. Fue algo más íntimo, más visceral: un enamoramiento profundo, recíproco y, como todos los verdaderos amores, atravesado por luces, sombras y una historia que se escribe todavía.
Nació en Madrid el 23 de septiembre de 1943 y desde muy joven dividió su tiempo entre los libros de Derecho y las canchas de fútbol. Destacado por sus reflejos felinos y su estampa atlética, fichó como arquero del Juvenil B del Real Madrid, y no tardó en ascender al primer equipo. Allí, con los colores merengues, acarició la posibilidad de una vida consagrada al deporte. Todo parecía alinearse: inteligencia, físico, ambición.
Pero la madrugada del 22 de septiembre de 1962 —apenas un día antes de cumplir 19 años— lo cambió todo. Eran las dos de la mañana y la ciudad dormía cuando el coche en el que viajaba con un grupo de amigos se estrelló a las afueras de Madrid. Nadie recuerda cómo llegaron al hospital. Nadie recuerda el impacto. Solo quedó el parte médico: no volvería a caminar.

Julio quedó semiparalítico durante un año y medio. Los pronósticos eran sombríos. Su carrera deportiva se desvaneció como un sueño roto. Pero mientras su cuerpo se mantenía inmóvil, algo dentro de él comenzó a despertar. En el hospital, un joven enfermero le entregó una guitarra vieja como herramienta de rehabilitación. “Para que muevas los dedos, para que pases el tiempo”, dijo. Fue un gesto sencillo. Pero ese acto, casi anónimo, cambiaría la historia de la música popular. Llegaría su primer simple y su éxito en España.
Sus primeras visitas a la Argentina no fueron gloriosas. “Yo nunca he tenido éxito a la primera vez, ni a la segunda”, confesó en 2004 frente a Mirtha Legrand, en uno de esos almuerzos que, más que entrevistas, eran pruebas de fuego. “Soy como esos sacerdotes de vocación retardada. Como esos jugadores de ajedrez que aprenden tarde”. Pero lo decía sin resentimiento, con la madurez de quien había aprendido que el afecto verdadero no llega con los aplausos, sino con el tiempo. “El éxito me ha venido tarde, siempre. Pero no sé si gracias a Dios, o desgraciadamente”.
Aquel almuerzo televisivo fue también el escenario donde Iglesias reveló uno de sus deseos más hondos: “Este país es una reserva natural grandísima... Si fuera por mí, mis nietos y mis bisnietos vivirían aquí”.
Porque la Argentina no era solo un punto en su agenda de giras. Era una pertenencia. Y un espejo. Lo dijo años después a Susana Giménez, con quien compartía una complicidad que estallaba en cámara: “Cuando vuelo hacia este país, ya me vuelvo a enamorar. Este es un país bendito de Dios”.
Se notaba en las miradas, en los silencios, que lo que unía al cantante y ala conductora eras años de conocerse, de saberse amigos. Como en ese arranque memorable de 1998, cuando antes de que ella pudiera lanzar la primera pregunta, Julio, pícaro y encantador, la desarmó con una broma que todavía resuena en la televisión argentina: “¡Qué guapa estás! ¿Cuánto te costó ese divorcio? Porque conmigo te hubiera salido gratis, no te hubiera pedido nada...”
Pero más allá de eso, el enamoramiento del intérprete y el país no era ingenuo. Él, que conocía la geografía profunda de la fama, también supo mirar a la Argentina con ojos críticos, federales: “Algo que siempre quiero enfatizar es el tema de las provincias... La esperanza que tengo es que todas tengan la misma fuerza que Buenos Aires”.
Ese respeto por cada rincón del país lo demostró incluso frente a una interrupción inesperada. En una conferencia de prensa antes de una de sus presentaciones, un asistente interrumpió una pregunta que él respondía con paciencia. “Por favor, no me interrumpas”, dijo Julio, firme pero amable. Le aclararon que el hombre venía de una publicación “importante”. Su respuesta fue inolvidable: “Para mí todos los periodistas son importantes. Si alguien viene de Salta, Jujuy, Corrientes, Córdoba, Chaco, o Mendoza a hablar conmigo, merece tanta atención como el que más". No era falsa humildad. Era su manera de habitar el cariño: sin jerarquías.
En 1992 aseguró en una charla con Catalina Dlugi que “aún tengo mi casa en Madariaga. Si bien yo no vivo en ningún lugar, ayer estaba en Bahamas, antes de ayer en París, la semana que viene en México, en realidad vivo en el aire. A veces siento la necesidad de parar un poco, pero a las dos o tres horas me aburro y vuelvo a trabajar, una disciplina necesaria. Un día me crucé con Bob Hope, ya con 80 años, le pregunté por qué aún tenía ganas de trabajar y su respuesta me marcó, que ‘el médico que dijo que me distraiga, pero cuando voy de pesca y un pez no me aplaude, ya me aburro’”.

Respecto de ese inmueble en el país, cabe recordar que en 1981 compró una estancia llamada La Felicidad en General Madariaga. Nunca la había visto. Su hermano Carlos se encargó de todo: le mandaba videos, eligió el lugar, cerró la compra por un millón y medio de dólares y dirigió las obras. Julio la rebautizó “Momentos”, como uno de sus discos más vendidos. Recién en 1983, dos años después, conoció el lugar en persona. Fue el sueño de una patria alternativa, de una raíz americana. Pero todo se complicaría.
En 1985, el cantante Larry Moreno lo demandó por plagio. Alegaba que siete compases de Morriña, una canción de Julio del álbum Hey!, eran idénticos a los de su obra Yolanda, compuesta en 1964. El juicio duró ocho años. La Justicia argentina le dio la razón a Moreno. Iglesias apeló, sin éxito. Debía pagar 300 mil dólares de indemnización.
Pero no lo hizo. Resistió. Y entonces, el país que lo había abrazado como hijo adoptivo, amenazó con rematar su único bien en territorio argentino: la estancia. Fue apenas días antes del remate que Julio cedió y pagó, salvando “Momentos” del martillo.
En ese entonces Moreno destacó ante los medios que “esta es una batalla de casi diez años” a la vez que señaló: “Estoy contento porque le gané a un poderoso, a un artista de magnitud”.
Según la información que se brindó a los medios en ese instante, la propiedad a la que el cantante sólo había visitado en dos oportunidades en diez años, de los que pasó apenas dos horas y media en total, se encuentra situada a 22 kilómetros de la ruta 2 y posee un chalet de tres plantas y sótano. También tiene 7 casas del tipo bungalow.
Parecía el final de la novela, pero no. Llegó un conflicto impositivo: una supuesta deuda de 100 mil dólares. Julio vendió vacas de su finca para saldarla. Pagó. Pero el dinero nunca llegó a destino. La investigación reveló que el agente recaudador había desviado los fondos. Fue condenado. Iglesias, absuelto. Pero ya había sido demasiado.
Después de eso, colgó el cartel de venta en la estancia. “Momentos” pasó a ser recuerdo, nombre de disco y símbolo de un amor herido. Y sin embargo, volvió.
Volvió a los estudios argentinos, a las entrevistas con Susana, donde cada frase era una declaración de afecto: “Tengo muchísimos amigos en la Argentina. Caras de esas antiguas y bellas que tú quieres, que son sinceras y honestas”.

Es que en su historia el país no es un capítulo suelto, ni una anécdota. Es un escenario recurrente, un refugio, un espejo donde su arte y su alma encontraron resonancia. En su paso cosechó amores intensos, amistades entrañables, cientos de entrevistas televisivas, y sobre todo, un lazo emocional con el pueblo que superó el tiempo, los conflictos y las distancias.
Porque más allá del éxito internacional, de las giras multitudinarias y de los aplausos en francés, japonés o portugués, fue aquí donde encontró una tierra donde su voz no solo se escuchaba: se sentía.

Y si hubo un idioma musical que lo unió definitivamente a esta patria de adopción fue el tango. Ese lamento cadencioso que en otros se convierte en nostalgia, pero que en él sonó como homenaje agradecido. En 1996, en la cima de su madurez artística, lanzó el disco “Tango”, donde adaptó doce clásicos del género con un respeto reverencial. Fue un tributo cuidadosamente trabajado, grabado con músicos argentinos y producido con obsesión por la autenticidad.
El resultado fue apoteósico: más de cuatro millones de copias vendidas, ocho discos de oro, veintitrés de platino. Iglesias no había nacido en el arrabal, pero entendía su perfume. No era de Boedo ni de Almagro, pero cantaba El día que me quieras con un temblor que ni los más ortodoxos pudieron cuestionar.
La presentación oficial del álbum fue en Mar del Plata, frente a una multitud conmovida. Allí, sin protocolo ni eufemismos, dijo lo que sentía: “¡Qué raza bella tiene este país! ¡Qué raza guapa! Ojalá que la gente joven de la Argentina sienta y baile el tango, y nunca se olvide de que es la música más bonita hecha jamás en el siglo XX en el mundo latino“. Era más que una frase. Era una declaración de fe.
Con ese disco, Julio no solo se metía en la piel del tango. Se metía en el corazón del pueblo argentino. Porque aquí, más que en ningún otro rincón del mundo, supieron entenderlo cuando hablaba de amor, de abandono, de memoria. Supieron acompañarlo en su andar errante, en sus regresos, en sus dolores, en sus gestos.
El hombre que alguna vez soñó con ser arquero del Real Madrid, y que por un accidente terminó convirtiéndose en el cantante latino más exitoso de la historia, halló en la Argentina algo que ni los Grammys ni los millones de discos podían darle: pertenencia.
Hoy, cuando el ruido mediático se desvanece, queda la verdad más simple. Julio Iglesias se enamoró de la Argentina. La habitó, la defendió, la padeció, la celebró. Y aunque la vida lo haya llevado por París, Bahamas o México, el sur sigue vibrando en su voz.
Porque algunas patrias, como algunos amores, no se eligen. Se cantan.
Últimas Noticias
Emoción en el Quilmes Rock 2025: excombatientes de Malvinas subieron al escenario y conmovieron al público
Tras el recital de Dillom, un grupo de veteranos que fue a luchar a la guerra en 1982 dio un emotivo discurso ante la multitud que lo ovacionó

El tremendo susto de Evangelina Anderson en su casa de México cuando apareció una serpiente en la cocina
La modelo se encontró con un reptil dentro de su hogar y todo quedó registrado en sus redes

Se reestrena el musical que reúne a Gardel y Sinatra: quién es el actor “de otra época” que cumplirá el sueño del pibe
Lucas Gerson tiene 20 años y se pondrá en el cuerpo de La Voz en Cuando Frank conoció a Carlitos, la obra que narra un encuentro imaginario entre las dos leyendas. La música que descubrió junto a sus padres y su emoción por un papel hecho a su medida

Con relatos inéditos, un documental recorre la huella que dejó Pappo en el mundo del blues de los Estados Unidos
El director Sergio “Chapete” Bonacci Lapalma narra, a través de anécdotas imperdibles y testimonios de músicos norteamericanos que lo conocieron y respetaron, el recorrido de Norberto Napolitano en los ‘90 por el país donde nació el blues. “Algo ha cambiado” se podrá ver esta semana en el BAFICI

Andrea Ghidone recordó el robo que sufrió en su casa por parte de su expareja y la niñera de su hija: “Fue lo peor”
La actriz estuvo como invitada a La Noche de Mirtha y se refirió al traumático hecho que vivió en 2014
