
En una época en la que los videojuegos exploran nuevas formas de narrativa y ambientación, una corriente estética y conceptual ha comenzado a consolidarse en el terreno del horror independiente. No recurre a criaturas hiperdetalladas ni a efectos visuales de última generación. Tampoco necesita escenarios complejos ni grandes presupuestos.
Se basta con una cámara de cinta, una televisión antigua y un entorno que parece congelado en el tiempo. Esa es la base del terror analógico, una tendencia que está redefiniendo cómo se construye el miedo desde la pantalla.
Lejos del espectáculo de grandes producciones o del gore explícito, este subgénero apuesta por generar incomodidad desde lo cotidiano. Propone mundos en apariencia familiares, pero con detalles perturbadores.

Juegos recientes como No, ‘I’m not a Human’ o ‘Deadcam’ han llamado la atención por incorporar este estilo con eficacia, llevando al jugador a cuestionar su percepción de la realidad a través de filtros visuales desfasados, entornos opresivos y decisiones narrativas ambiguas.
Un miedo que imita los archivos olvidados
El terror analógico toma su nombre de los medios que lo inspiran: formatos como el VHS, las cintas de audio, los televisores CRT y las cámaras de seguridad de los años ochenta y noventa.
En estos juegos, los fallos de imagen, las distorsiones de sonido y las interferencias no son errores, sino recursos narrativos. No solo recrean la estética de una época pasada, sino que la convierten en parte integral del relato.
Este enfoque es también una respuesta estética y conceptual al realismo gráfico predominante. En lugar de perseguir la fidelidad visual, estos títulos adoptan una apariencia rudimentaria, cercana a lo que ofrecería una consola de generación temprana como la PlayStation original.
El grano en la imagen, las texturas pixeladas y los bordes irregulares se transforman en una herramienta para generar inquietud. La imperfección no resta, sino que suma al desconcierto.

Terror analógico: internet, creepypastas y grabaciones inquietantes
El terror analógico no nació en los videojuegos. Sus raíces se encuentran en la cultura digital de principios de los 2000, cuando internet comenzó a ser el escenario de nuevas narrativas de horror.
Series como Marble Hornets y fenómenos virales como Slenderman cimentaron las bases de este lenguaje: imágenes borrosas, archivos aparentemente encontrados y relatos fragmentados que daban la sensación de haber sido descubiertos por accidente.
A diferencia de las historias clásicas de horror, aquí el miedo no proviene de monstruos visibles, sino de lo inexplicable. Hay un gusto por lo liminal, por aquello que se encuentra entre mundos.
Es común que estos juegos utilicen espacios reconocibles (casas, estaciones de servicio, oficinas vacías) pero vaciados de contexto, con silencios prolongados, comportamientos erráticos y elementos que sugieren que algo no está bien, aunque nunca se muestre con claridad.
Un género del terror que evoca la nostalgia

Parte del atractivo de esta tendencia está en su componente emocional. Los efectos visuales y sonoros remiten a una era específica del entretenimiento doméstico, cuando los dispositivos analógicos eran la norma.
Muchos jugadores asocian ese entorno con su infancia o adolescencia, lo que añade una capa de vulnerabilidad emocional. Esa mezcla entre familiaridad y alteración se convierte en un recurso poderoso para generar tensión.
En títulos como Chilla’s Art, donde el jugador controla a empleados solitarios en cafeterías o gasolineras nocturnas, la acción se sitúa en escenarios banales pero cargados de ansiedad. El miedo aparece en lo cotidiano, en lo que no debería ser extraño. Un cambio sutil en el comportamiento de un cliente, una sombra que no estaba ahí un minuto antes, una voz que no parece humana.
El terror analógico no busca asustar con estridencias, sino con vacíos. No necesita jumpscares ni sangre explícita. Le basta con un televisor encendido sin señal, una grabación mal etiquetada o una voz al otro lado del teléfono que dice algo que no tiene sentido.
En un panorama saturado de fórmulas repetidas, esta corriente ofrece una experiencia distinta: perturbadora, minimalista y profundamente efectiva. Una muestra de que, a veces, lo que más miedo da no es lo que se ve, sino lo que se intuye.
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