
“Yo a los 7 años ya era un hombre. Y a los 12 andaba en lugares pesados. El hambre me dio la agilidad para sobrevivir en la calle”, contó una vez Alberto Olmedo. Y es que las necesidades lo habían hecho crecer de golpe. Había nacido el 24 de agosto de 1933 en Rosario, más precisamente un barrio llamado Pichincha, que se caracterizaba por albergar personajes marginales y prostíbulos. Su padre, José Matuone, lo había abandonado. Y por lo tanto su madre, Matilde Olmedo, de quien heredó su apellido, se vio obligada a salir a trabajar muchas horas por día para poder mantener a sus hijos.
Vivía en un conventillo ubicado en la calle Tucumán 2765, en la que los inviernos se hacían insoportables. “Pobreza, cocina al fondo, un baño para seis piezas. Mucho frío. Y, a veces, ropa prestada”, recordó el Negro en una oportunidad al ser consultado sobre su infancia y esos días en los que dormía hacinado junto a su mamá y sus dos hermanos menores en la misma habitación.
Durante sus primeros años de vida, Olmedo creció al cuidado de su tía o de sus vecinas. Pero, cuando cumplió los 7, tuvo que empezar a trabajar para poder llevar un plato de comida a su mesa. Así, mientras cursaba segundo grado en la Escuela Nº 78 Juan F. Seguí, se levantaba a las cuatro de la madrugada para recorrer los tres kilómetros que lo separaban del Mercado Central en un carro tirado por un caballo. Volvía durmiendo entre la lechuga o comiendo alguna fruta. Y se ganaba unos pesos haciendo de repartidor en una carnicería y verdulería de la zona.

Después de este primer y agotador rebusque, con 8 años Alberto pasó a ser repartidor en una panadería. Y, con 9, consiguió convertirse en cadete de una farmacia, lo que en ese momento para él había sido como conseguir un gran ascenso. “Era un trabajo más limpio, más ordenado y mejor pago”, señaló el capocómico ya de grande, habiendo conocido el éxito y la fama.
Igual, como todo chico, Olmedo se las ingeniaba para hacer alguna que otra travesura. Cuentan que usó su traje de comunión en varias oportunidades, hasta que ya no le entró, porque a los que recibían en sacramento en la iglesia los premiaban con un chocolate caliente con facturas. También se sentaba sobre el tapial de una vieja cervecería junto a su amigo, Osvaldo Martínez, a esperar que llegaran los trenes cargados de sandías. Entonces, cada uno se “robaba” una y, después de comerse el corazón, utilizaban la corteza dada vuelta para patinar sobre las vías del ferrocarril.
Así fueron pasando sus días de niño. Y está claro que, para poder sobrevivir, el Negro se tuvo que hacer fuerte. Por entonces no imaginaba que, algún día, la suerte pudiera estar de su lado. Sin embargo, cuando llegó a la adolescencia, sucedió algo que cambió su destino. Había cumplido los 14 años y estaba vendiendo agujas por la calle cuando, casi sin querer, entró al teatro Comedia de Rosario. Pidió trabajo. Y terminaron contratándolo.

El joven Olmedo se convirtió en una suerte de comodín para los propietarios de la sala. Su función era vender las entradas y limpiar los baños. También oficiaba como aplaudidor, para estimular al público que iba a ver las obras. Pero lo que hizo despertar su vocación, fue la posibilidad que le dieron de reemplazar a algún que otro actor que se enfermara. A los 15 años, en tanto, formó parte de un grupo de gimnasia plástica acrobática del Club Atlético Newell’s Old Boys. Y se sumó a la troupe juvenil del Centro Asturiano, con quienes logró su primer papel con un baile en el que salía vestido de mujer, en pareja con su amigo Antonio Ruiz Viñas.
De esta manera, el Negro supo que su camino estaba ligado a la actuación. Pero lo cierto es que, en aquellos tiempos más que ahora, para poder crecer en esa carrera tenía que trasladarse a Buenos Aires. Fue así como, después de trabajar de peón en una fábrica de carteras, a instancias de su amigo Francisco Guerrero que lo recomendó en Canal 7, en 1955 entró a la emisora para trabajar como operario. Tiraba cables y se encargaba de la limpieza. Pero no tardó en llamar la atención de los productores, que al tiempo decidieron darle su primera oportunidad frente a las cámaras.
Todo sucedió después de una cena de fin de año a la que habían asistido unas 800 personas. La cita había sido en un restaurante ubicado sobre Paseo Colón y la noche transcurría dentro de los carriles normales, hasta que Olmedo decidió subirse a una mesa y empezar a imitar a distintos personajes del canal, haciendo chistes y morisquetas que lograron hacer estallar de risa a todos los presentes. Su performance fue tan aplaudida, que al día siguiente le pidieron formalmente que se sumara al elenco de La Troupe TV.

Lo que siguió es por todos conocido. El miedo a volver a la pobreza lo hizo seguir, durante un tiempo, con su trabajo como técnico. Pero ya no había marcha atrás. Alberto inventó distintos personajes, como el recordado Joe Bazooka, con los que se ganó el cariño del público. Pero fue gracias al Capitán Piluso, con el que protagonizó un ciclo infantil en Canal 9 desde 1960 junto a su amigo Humberto Ortiz en el rol de Coquito, que terminó consagrándose definitivamente en su carrera. Y pudo olvidarse de la miseria.
No obstante, el éxito muchas veces tiene un lado “B”. Y, a medida que fue creciendo como capocómico, protagonizando películas como Los caballeros de la cama redonda, Mi novia el..., Los colimbas se divierten o Atracción Peculiar, obras teatrales como El Negro no puede o Éramos tan pobres, o programas de televisión como Operación Ja Ja o su inolvidable No toca botón, Olmedo fue cayendo en las tentaciones.
Tuvo varios amoríos, pero hubo pocas mujeres que marcaron su vida. Con Judith Jaroslavsky tuvo tres hijos: Fernando, quien falleció en el mismo accidente en el que murió Rodrigo Bueno, Marcelo y Mariano. Con Tita Russ, trajo al mundo a Javier y Sabrina. Y con Nancy Herrera, quien lo acompañaba el día de su absurda muerte, fue papá de Albertito. A este último, sin embargo, no llegó a conocerlo. Se enteró de su llegada el mismo día en que se subió a la baranda del balcón del piso 11 del edificio Maral 39 de Mar del Plata. Y cayó al vacío. Según determinó la autopsia, había consumido cocaína. Era el 5 de marzo de 1988. Y, con apenas 54 años, después de haber conocido los vericuetos de todos los estratos sociales, Olmedo murió.
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