“¡Si la ganamos, te quedás un par de años más!”. Fue un susurro en medio del abrazo entre Cuti Romero y Lionel Messi justo después del pase a la final. El Diez sonrió, sólo sonrió. No importa cuántos años faltan para la próxima Copa, no importa cuántos años cronológicos tendrá Messi en esa Copa. Porque si hay un sueño se puede. Como la confirmación mágica una y otra vez de que la edad también es perfor-mática. No son los años que pasaron desde que nacimos: es lo que hacemos y deseamos, y los sueños que nos quedan por cumplir.
Afuera, mientras tanto, los comentaristas de todo el mundo siguen marcando los treinta y nueve años de Messi en cada frase. El 24 de junio, cuando los cumplió en pleno Mundial, su posteo de festejo superó los 5,3 millones de likes y 155.000 comentarios en pocas horas. Las menciones de ese día rompieron todos los registros del torneo. Desde entonces, “39 años” y “Messi” viajan juntos en cada titular, y se estima que la frase se repitió más de dos millones de veces en redes sociales durante el último mes. Como si el número fuera la noticia. Como si la edad fuera solamente la cantidad de días transcurridos desde el nacimiento y no otra cosa mucho más verdadera.
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No están venciendo al tiempo: están negociando con él
El edadismo convierte un número en un destino. Y lo hace tan naturalmente, con tanta autoridad, que casi no lo notamos. Pero lo que está pasando en este Mundial dice otra cosa.
El Messi de Barcelona era una máquina de aceleraciones. El Messi de este Mundial corre menos metros, hace menos piques, pero ve el partido un segundo antes que todos los demás. Ya no gana por potencia. Gana por lectura. Cristiano Ronaldo hizo una transformación todavía más evidente: de extremo que desbordaba por la banda a los veinte pasó a ser el delantero de área que optimiza cada movimiento a los cuarenta y uno. No es el mismo jugador. Es otro jugador, diseñado a propósito para seguir siendo útil con el cuerpo que tiene ahora.
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Ninguno de los dos está venciendo al envejecimiento. Están negociando con él. Y esa diferencia es enorme.
No envejecemos solo por el paso del tiempo. Envejecemos por las frases que aceptamos, por las miradas que nos reducen, por los límites que internalizamos sin darnos cuenta. Cuando alguien se convence de que ya no puede, deja de hacerlo. El cuerpo obedece el relato. La científica de Yale Becca Levy lo demostró con números: las personas con una autopercepción positiva del envejecimiento viven, en promedio, siete años y medio más que quienes la tienen negativa. Más que lo que aportan dejar de fumar o hacer ejercicio regularmente. La mirada no solo hace sentir viejo. Hace envejecer.
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La edad que se actúa
Hace unos años, una psicóloga de Harvard llamada Ellen Langer llevó a un grupo de hombres mayores a una casa ambientada como si fuera veinte años antes: los muebles, la música, los diarios, los programas de televisión. Todo era 1959. En una semana, los cuerpos respondieron. Caminaron más erguidos. Recordaron mejor. Algunos hasta vieron con más claridad. No viajaron en el tiempo. Viajaron en la idea de sí mismos.
La filósofa Judith Butler lo describió de otra manera: la identidad no preexiste a los actos que la expresan. Se produce a través de ellos. No hay una esencia estable; hay una actuación tan ensayada y repetida que se vuelve invisible. Lo que parece naturaleza es un guion. Y los guiones se pueden cambiar.
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Antes, en el deporte, el héroe era el que jugaba lesionado, apretando los dientes, entregando el cuerpo entero por una final. Ahora el héroe es el que llega sano a los cuarenta. Eso no es una casualidad cultural: es la consecuencia de entender que el cuerpo no se administra a los golpes sino con inteligencia. Messi, que en este torneo ya batió el récord de goles en Mundiales y jugó su sexta Copa, cuando le preguntaron si lo verían en 2030 se rió y dijo que no. Pero agregó algo más revelador: que está viendo una serie sobre Nadal y que se identifica con él “en el sentido de darlo todo y disfrutar lo que hacés”. No habló de velocidad. Habló de una actitud frente a la vida.

La historia que nadie cuenta
Hay una historia que vale más que la de Messi para entender de qué estamos hablando, precisamente porque no tiene ni millones de dólares ni médicos de selección. Emma Maria Mazzenga tiene 92 años y vive en Padua. Empezó a correr a los 19, pero tuvo que dejarlo por completo durante veinticinco años para cuidar a su madre enferma. Volvió a competir pasados los 50 y no se detuvo. A los 79 se dislocó un hombro lanzándose sobre la línea de llegada para ganarle a una rival. Hoy tiene cuatro récords mundiales. Cuando los investigadores analizaron sus fibras musculares encontraron algo inesperado: las de resistencia eran como las de una persona de veinte años.
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No encontraron una biología extraordinaria. Encontraron a alguien que nunca aceptó el libreto.
Hay una historia que se repite en casi todas las familias, que es exactamente la opuesta. La tía a quien a los setenta le empezamos a decir que se cuidara un poco más, que no saliera sola. Hasta que empezó a tener miedo de salir. Un año después ya prefería no dar un paso sin compañía. Y su mundo se fue reduciendo —la cuadra, el departamento, el sillón— sin ningún diagnóstico médico. Solo frases bienintencionadas que le fueron dibujando el límite hasta que el cuerpo lo aceptó como verdad.
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Treinta y nueve o lo que viene
El Cuti Romero no le preguntó a Messi cuántos años tiene. Le preguntó si se queda. No le dijo “para la edad que tenés jugás increíble”, que es exactamente la forma con la que el edadismo suele disfrazarse de elogio. Le habló del sueño que viene.
Somos, en gran parte, la edad que actuamos. No los días que pasaron desde que nacimos, sino lo que hacemos con esos días. Cómo nos narramos. Los límites que aceptamos y los que rechazamos. Las posibilidades que seguimos viendo hacia adelante cuando todo el mundo nos dice que ya no quedan.
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Este domingo, Argentina juega la final del mundo con un jugador de treinta y nueve años al que su compañero le pidió que se quede.
¿Quién dijo que Messi tiene 39 años?
Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.
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