
Emilio Jáuregui había sido secretario general del gremio de Prensa, y para fines de la década del sesenta instruía a los compañeros que resistían la dictadura del general Juan Carlos Onganía enseñándoles cómo desarmar y limpiar armas o armar bombas molotov. En la noche del 28 de junio de 1969 luego de participar de una marcha en Plaza Once al cumplirse tres años del gobierno de facto, en la esquina de Anchorena y Tucumán fue baleado a quemarropa por cuatro hombres vestidos de civil, aunque se suponían que eran policías que se la tenían jurada.
Su nombre fue tomado por un grupo que integraban las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), originado a comienzos de los sesenta con hombres de raíces distintas: de la Federación Juvenil Comunista, la Juventud Revolucionaria Peronista, Socialistas Revolucionarios, Vanguardia Comunista, gente del Partido Comunista Revolucionario y del Partido Revolucionario de los Trabajadores.

Se venía Semana Santa cuando en la mañana del 24 de marzo de 1970 el Grupo Operativo Táctico Emilio Jáuregui secuestró al cónsul paraguayo de la ciudad correntina de Ituzaingó, Joaquín Waldemar Sánchez, un diplomático de bajo rango. Su caso fue noticia durante algunos días y motivó que el escritor británico Graham Greene, de visita en nuestro país, escribiese su novela El Cónsul Honorario, que además sería llevada al cine.
Ese grupo ilegal había cometido diversos hechos delictivos, como el robo en 1968 y 1969 de las sucursales del Banco Popular Argentino y del Nuevo Banco Italiano; en el medio, el 5 de abril de 1969 se hicieron de armamento luego de ingresar a una unidad militar de Campo de Mayo.
En un allanamiento a un galpón en busca de autos robados realizado, según la versión oficial, el 21 de marzo de 1970, la policía había dado con un depósito de las FAL donde encontraron dos camionetas pintadas como las del Ejército, armas, explosivos y medicamentos. Allí detuvieron a Carlos Della Nave, un militante de 20 años. La policía dejó gente de guardia y al día siguiente, detuvieron a Alejandro Baldú, que había ido al lugar. Las familias de ambos presentaron sendos hábeas corpus.

Sus compañeros temieron que quedasen detenidos en forma clandestina y planearon un hecho resonante que alertase a la opinión pública y que obligase a las autoridades a blanquearlos. Por qué no, entonces, secuestrar a un diplomático, operación que es relatada con lujo de detalles en el libro La guerrilla invisible. Historia de las Fuerzas Argentinas de Liberación, escrito por Ariel Hendler.
Pensaron en embajadores como el de Estados Unidos, Reino Unido o Alemania, pero comprobaron que sería complicado sortear la cerrada vigilancia de sus custodios, hasta que descubrieron que el cónsul paraguayo había puesto en venta su Mercedes Benz y sería una presa más sencilla de atrapar.
El secuestro
El cónsul Sánchez, su esposa Eloísa Cáceres y su pequeña hija Norma se alojaban en el Hotel León sobre avenida Callao al 700. En la cochera lindera guardaba el Mercedes Benz 280 gris que pensaba vender.
En la mañana del 24 de marzo de 1970 llamó al hotel un interesado en el vehículo, luego de leer un aviso en el diario, y le avisó al cónsul que por la tarde irían dos hombres a verlo. Ellos quisieron probarlo e insistieron en que los acompañase Sánchez, aún cuando estaba presente Mario Vera, chofer del diplomático. Este terminó accediendo.
En los bosques de Palermo, ambos fueron reducidos, maniatados y sus ojos tapados. A los minutos el auto paró y ascendió una mujer. Siguieron dando vueltas y más adelante liberaron al chofer y después abandonaron el auto. El chofer, cuando encontró un teléfono, avisó a Manuel Ávila, embajador paraguayo. Esa noche todos estaban al tanto de la noticia.
Sánchez, en otro vehículo, fue llevado a una casa en Carapachay, en la zona norte del Gran Buenos Aires, donde quedó encerrado en una habitación.

A través de una suerte de proclama dejada en el baño de mujeres del bar El Ibérico, de avenida Córdoba y Uruguay, los secuestradores exigían por la liberación del cónsul, que las autoridades mostrasen, en rueda de prensa, a los detenidos Della Nave y Baldú.
Della Nave estaba detenido, había sido torturado y perdido la movilidad de su hombro derecho. Pero a Baldú aseguraron no tenerlo. Las versiones iban desde que había sido abatido cuando se enfrentó a la policía, que había muerto en una pelea con sus propios compañeros o que había tenido un paro cardíaco cuando había sido detenido por la policía en Luján.
Al día siguiente los secuestradores, a través de un llamado a una iglesia, redoblaron sus condiciones: que luego de ser mostrados al periodismo, a los militantes “antiimperalistas” les permitiesen abordar un avión que los llevaría México.
El gobierno adoptó la postura de no negociar. A la noche del día siguiente del secuestro, el ministerio del Interior informó que Della Nave había sido procesado en el Juzgado Federal de San Martín, que su liberación no estaba en su órbita y que Baldú estaba prófugo y que era intensamente buscado.
Para incorporarle más elementos a la historia, el miércoles aterrizó en Aeroparque el general Alfredo Stroessner, el presidente paraguayo, quien había decidido pasar Semana Santa en Villa La Angostura, pescando en el Nahuel Huapi. Almorzó con Onganía y luego partió al sur, en plan de pesca y de tranquilidad.
El jueves aún no se tenía noticias del cónsul secuestrado, pero sí de Della Nave, quien, sorprendentemente, le habría pedido al juez que no se le permitiese salir del país. El magistrado mostró a los periodistas un acta donde estaba asentada la voluntad del detenido.
Ese día a monseñor Miguel Raspanti, obispo de Morón, los secuestradores le exigieron, a través de un mensaje telefónico, que les comunique a las autoridades que si el gobierno no cedía a sus peticiones, encontrarían el cadáver de Sánchez flotando en el Riachuelo. El ministro del interior Francisco Imaz se encogió de hombros pero, por las dudas, mandaría al día siguiente efectivos a inspeccionar el curso de aguas pestilentes.
Con el objetivo de presionar, en un baño de un bar de la avenida Corrientes las FAL dejaron un comunicado junto a una carta manuscrita de Sánchez, donde se lamentaba que el gobierno había decidido sacrificar su vida al negarse a negociar, y que eso se debía a que Baldú había sido muerto. En un comunicado, responsabilizaban de la muerte del infortunado cónsul a Onganía y a Stroessner, quien siguió con sus planes de descanso en la Patagonia.
El gobierno se mantuvo en sus trece e insistió en que no sabía qué había ocurrido con Baldú quien, para los guerrilleros, era “uno de nuestros más queridos compañeros”.
El que sorprendió fue Raúl, el padre de Della Nave quien, en conferencia de prensa en el estudio de sus abogados, denunció que su hijo había sido torturado, que el juez lo había inducido a firmar el acta en que sostenía que había sido bien tratado y que Baldú había sido asesinado.
Paralelamente, el embajador paraguayo señaló que tenía serias esperanzas de que su cónsul estaba vivo, lo que hizo sospechar a los periodistas de tratativas secretas con los secuestradores. Además, aunque fue algo fugaz, las autoridades mostraron a Della Nave.
El sábado, en un baño de un edificio de oficinas en el microcentro porteño, otro comunicado anunciaba que Sánchez había quedado en libertad. Esa mañana, temprano, se lo dejó cerca de la estación de ferrocarril de Florida, en el norte del conurbano, con algo de dinero para que pudiese pagar el pasaje. Se subió a un tren que lo llevó a Retiro, y de ahí tomó un colectivo hasta el hotel donde se hospedaba. Los secuestradores le advirtieron que llegase en el mayor de los sigilos, porque temían que la misma policía lo matase para echarles la culpa a ellos. Se reencontró con el embajador y en Cancillería, junto a los ministros Juan B. Martín, de Relaciones Exteriores e Imaz, agradeció.
El caso que fue libro y película
La casualidad quiso que en abril de 1970 visitase el país el escritor británico Graham Greene. Lo hacía por segunda vez invitado por Victoria Ocampo. El inglés estaba interesado en viajar a Corrientes y tomar contacto con un grupo de curas tercermundistas. Enterado del secuestro, escribiría El Cónsul Honorario, dedicada a su anfitriona, y que fue publicado en 1973.
Contó la historia con algunos cambios, ya que la situó en la ciudad de Asunción, donde un grupo de revolucionarios buscaban secuestrar a un diplomático importante pero le erraron al elegir al hombre y terminaron capturando a un cónsul británico de poca monta, sin interés para el gobierno, casi al mismo nivel que el infortunado Waldemar Sánchez, cónsul de la ciudad correntina de Ituzaingó quien solo pretendía vender, en la ciudad de Buenos Aires, su Mercedes Benz color gris.
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