
No puedo pasar desapercibida con mi metro setenta y seis de estatura, por más que mire hacia abajo.
El domingo pasado a la tardecita, volvía a casa después de tomar un café con unos amigos. Iba caminando por la calle La Pampa, crucé por la linda y arbolada Melián. A media cuadra veo que desde Martínez aparece un sujeto joven, con apariencia de linyera, bastante sucio y con una melena negra muy abultada. Camina hacia la esquina y vuelve a emprender la marcha en mi dirección. Yo bajé la cabeza para que al pasar cerca no se sienta intimidado y cada uno siguiera su rumbo, cuando de la nada, siento un fuerte golpe en el mentón y el cuello. No entendí lo que pasó y me tocó, grito, veo que el hombre tiene un palo en la mano, vuelvo a gritar y observé que seguía caminando como si no hubiera pasado nada.
Así de herida y ensangrentada, pasa un ciclista y le grité: ¡Me pegó! El ciclista para, me pregunta qué tengo, no siento la mandíbula. Noto que hay sangre. “No te asustes, sentate en el cordón, tenés rojo el cuello y te sangran los labios”.
Otro vecino se acercó y también un policía. Estoy aturdida. A lo lejos me pareció ver a dos personas forcejeando y pienso que también hubo otra agresión. El vecino va en esa dirección mientras el policía me pregunta si quiero que llame al SAME.
No. Quiero ir a mi casa lo más pronto posible; me siento muy vulnerada, horrorizada.
A mi llegada, mi esposo y una amiga trataron de socorrerme. Me ayudaron a poner hielo en el rostro, tomé un calmante y me fui a dormir. No pude pegar un ojo.
Reviví mil veces el golpe, las alternativas de lo que podría haber hecho, si miraba y me agachaba, si corría, si ponía la mano. Me angustiaba pensar qué habría pasado después, los chicos y sus familias que estaban haciendo cola en la puerta de la panadería en la cuadra anterior. Si le daba con esa fuerza a un chico podría haberlo matado y sentí terror. Iba al espejo y veía como el rostro se me iba hinchando más y más.
Por la mañana y ya con el rostro desfigurado decido ir a la Clínica Adventista. Un médico muy empático me indicó una tomografía y me dijo que es lógico estar angustiada con lo que me pasó. Eso me habilitó el llanto que me tenía guardado y no paraba de llorar.
Por suerte no hubo fractura.
Vuelvo caminando y esquivando a la gente hasta llegar a mi casa.
Les voy contando a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mi mamá. Recibo el cariño y la contención de cada uno de ellos. Me gratifica, pero no se me pasa la angustia.
Tengo una sesión con mi psicólogo, y me explica que lo que angustia tanto es haber sido objeto de un loco, y no poder explicar esto tan inexplicable, y que no hay nada que yo hubiera hecho que pudiera cambiar lo que pasó. Por ahí mirarlo en su delirio significaba alguna otra cosa y me pegaba, cruzar también, podría haberme seguido. Eso me tranquilizó.
Tomé los medicamentos que me indicaron y me dormí.

Al otro día mi esposo logró visibilizar al sujeto en la misma zona del ataque. Era muy característica esa melena negra y coincidía con mi descripción. Le consultó a un policía que estaba en la esquina de Pampa y Superi, y le dijo que andaba merodeando por allí siempre. Le contó lo que me había ocurrido y ahí, a su regreso, decidimos hacer la denuncia ya que me agredió muy fuertemente sin mediar ni contacto visual.
Voy a la comisaría (la 13C) y allí me entero que había agredido a otra chica que terminó con 10 puntos en la cabeza. Que lo habían detenido y luego lo dejaron en libertad, cosa que no entiendo.
La oficial me dice que vaya a pedir los datos de mi atención médica, y que vuelva para que me tomen la declaración, que va a sumar a la otra y así lo van a poder retener por más tiempo.
Me dicen que la causa de la chica que le abrió la cabeza está cerrada y van y vienen, que no depende de ellos. Exijo que me tomen la declaración. Finalmente lo hacen y relacionan mi declaración con el otro caso.
Me hacen firmar mi declaración, mi compromiso a pedir turno y hacerme revisar por el área médica legal en Parque Patricios. Todo un trámite burocrático mientras el agresor sigue suelto.
Les hago llegar una foto de mi cara con los hematomas.
El policía que me tomó la declaración me dice que el fiscal que intervino está solo los fines de semana.
¿Será que me quieren marear a ver si me pierdo en los vericuetos y claudico?
¡Qué difícil te la hacen!
Mi esposo volvió al lugar y encontró el palo con el que me había pegado y con la novedad que un testigo vio cómo le partía el mismo palo en la cabeza de la chica que le dieron los puntos; al parecer atacó a alguien más. En otras palabras, hay vecinos que ya saben que este sujeto es un peligro. Pero sigue dando vueltas por ahí. Parece que es muy normal que alguien con ese nivel de agresión siga en la calle.
La denuncia es papeles y más papeles. Idas y vueltas. Está pasando lo que temía, que con el procedimiento buscan cansarte y encubrir la inoperancia del sistema.
Lo voy a hacer igual, quiero que ese hombre esté bajo tratamiento. Porque sigue suelto. Pienso qué peligro y me vuelvo a angustiar.
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