Si no hubiera sido un error, ¿la otra posible muerte hubiera sido un acierto? ¿Qué pasa en nuestro país que la vida se negocia? ¿Por qué matan para robar? ¿Porque son violentos? ¿Porque se sienten impunes? ¿Fue una venganza? ¿Hubo un sicario armado por 5000$? Son preguntas sin respuesta pero que nos obligan a asomarnos a una realidad que preferimos negar.
Ninguna vida es valiosa para el Estado y esto derrama en la sociedad el mensaje enloquecedor: garantías para delincuentes, asesinos, corruptos, porque son “víctimas” de la desigualdad; la culpa es de todos menos del que tiene que garantizar la paz social.
El mensaje de que “son delincuentes porque son los que menos tienen”, nos encierra socialmente en la trágica condición de enfrentarnos entre nosotros mismos, lo cual es más fácil que asumir la responsabilidad del vacío del Estado a la hora de garantizar seguridad y paz social. "
Tal fue el caso de Pablo Flores, de 28 años, asesinado “por error” mientras hacía su trabajo como colectivero en González Catán.
El tiro en la cabeza no era para él; era el cumplimiento de una amenaza por un triángulo amoroso con el que no tenía nada que ver. Sólo ocupaba el lugar equivocado.
Ely, su hermana, es quien en esta entrevista muestra su dolor por la injusta muerte de su hermano. Eran cuatro y Pablo era el mayor.

“Estoy vacía”, dice con tristeza helada y sin comprender. Describe una última escena, corriendo con su otro hermano de la mano, entre una muchedumbre desde la ruta, interrumpida por la policía, hacia el colectivo que veía de lejos en el que aún sonaba la música que a su hermano lo acompañaba siempre en sus recorridos.
No era su colectivo el que veía, y seguía corriendo. Aún tenía esperanzas de que no fuera él.
Su sueño se desintegra cuando un oficial le confirma que Pablo estaba manejando esa unidad, en esta oportunidad.
Pablo Flores, chofer de la línea 218, de la empresa Almafuerte, fue asesinado de cuatro disparos el 1° de octubre de 2020, cerca de las diez de la noche, en Virrey del Pino, en el distrito de La Matanza, en el conurbano bonaerense.
Por este crimen, hay tres detenidos. Néstor Fabián Marone, su hijo Adrián Alberto Marone y Oscar Ezequiel Vega están a la espera de ser juzgados por “homicidio calificado”. Los asesinos subieron al colectivo y sin mediar palabra ejecutaron a Flores de tres tiros en la cabeza y uno en el abdomen.
Una de las hipótesis de los investigadores es que se trató de un ajuste de cuentas destinado al chofer al que Flores estaba reemplazando aquella noche.
Pablo Flores amaba su trabajo, explica su hermana. Quería jubilarse en eso que era lo que más le gustaba hacer: manejar, conducir. Para ello, vestía, orgulloso de su función, sus camisas uniforme de la empresa; y, como dato distintivo, siempre iba con música, “su” música. En palabras de Ely, “se fue escuchando su música”.

¿Imaginamos que un hombre agradecido por su trabajo, con ideas de futuro, pueda ser asesinado de un momento a otro por el vengador de una traición amorosa?
Su hermana, con auténtica ética personal, no impostada, sino sentida, dice que la pena perpetua no le devolverá a su hermano, pero necesita que haya una Justicia Justa, para que “estas dos personas detenidas, si les cabe esa pena”, no lastimen a otra familia como la suya “que ya esta rota para siempre”.
Esta manera de expresarse de Ely, pidiendo lo justo, pensando en el resto de la sociedad, demuestra que cuando la gente de bien tiene el amparo que la Justicia puede brindar, puede experimentar algún alivio a su pérdida.
Si el Estado fuera capaz de construir una escala de valores ejemplar pensando que las víctimas sobrevivientes de una persona asesinada son las que necesitan un orden restitutivo de su padecido desorden, se instalaría un acuerdo social en el que los asesinos cumplan pena y los ciudadanos de a pie seamos protegidos. Por ahora, esto es una utopía.
“Tengo sus audios en el celular, tengo su voz, aún no puedo escucharlo”, dice Ely con su corazón herido y perpleja tristeza.

Desde Usina de Justicia, que intenta dar voz a los que no la tienen, tal vez ayudemos a Ely a escuchar sus audios y así empezar su duelo y definitiva despedida.
Podemos preguntarnos en esta oportunidad: si en vez del error de la muerte de Pablo, hubiera sido asesinado el destinatario del balazo, ¿entonces habría sido un acierto?
¿O queda a la vista, una vez más, que en esta Patria que tenemos es fácil matar porque nadie teme a las consecuencias?
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