
Estuvo perdido casi ocho meses. Aún no se sabe cómo llegó a la isla Jordán, de Río Negro, en la que se lo vio vagando perdido en febrero y tampoco está clara la manera en que llegó al centro de la ciudad de Neuquén —a 7 kilómetros de su casa—el pasado 4 de junio, pero esa tarde se reencontró con Julieta Scardino, quien entre lágrimas de emoción puso fin al tiempo de sufrimiento por estar lejos de su compañero de vida.
“Nunca dejé de buscarlo. Si bien no bajé los brazos, durante un tiempo paramos la búsqueda grupal porque él estaba en una chacra del lado de Río Negro hasta donde yo iba a llevarle alimento ayudada por un señor que se lo dejaba cerca, pero seguía sin dejar que nos acercáramos. Por eso, con el paso del tiempo perdí las esperanzas de poder volver a estar con él”, confiesa su dolor y dice que una bocanada de aire le llegó el pasado 4 de junio por la mañana.
“Comenzaron a llegarme varios mensajes en las redes diciendo que había un perro con sus características en el centro de Neuquén, lo que me pareció raro porque cuando estaba en la isla ante el primer intento de contacto se iba corriendo, lo mismo en la chacra. Y entre esos mensajes estaba el de un chico que me escribió por Facebook y mandó una foto de la carita de Milo preguntando: ‘¿Es tu perro? Lo estoy acariciando porque me siguió’, confirmando que estaba en Neuquén, nosotros somos de Cipolletti. Le dije que sí era Milo y, sin poder creerlo, le pedí que lo retuviera”, revive emocionada el momento más esperado en los últimos meses.

Acompañada de una amiga, Julieta emprendió el viaje de reencuentro con el mestizo del tamaño de un Gran Danés, de 4 años, que el 9 de octubre saltó de la camioneta en la que ella y su madre paseaban junto a Sol, otra perrita que de la familia que murió hace unos meses y que participó de los operativos de rescate. Incluso acamparon juntas con un grupo de amigos que llegó hasta la Isla Jordán, del otro lado del Río Limay, para buscarlo.
El día que Milo escapó “hacía mucho calor, por eso íbamos con las ventanillas de la camioneta bajas. Creemos que saltó por ahí, pero había mucha gente en todos lados y él es muy desconfiado de las personas y no creo que haya llegado a cruzar el puente Julio Salto, eso me desconcierta”, había lamentado Julieta en diálogo con Infobae cuando también contó la intensa búsqueda que estaban realizando y las ideas para rescatarlo.
El regreso de Milo
“Apenas lo vi lo abracé, me reconoció. Estaba muy flaco y con las patas duras, como con callos. Además tiene cicatrices en todo el cuerpo. Creemos que alguien lo agarró y le pegó porque además está asustado”, dice apenada y cuenta que, particularmente, se asusta cuando “ve hombres altos o ante cualquier ruido, hasta los que él hace cuando, por ejemplo, choca algo con su cola”.

Minutos después del reencuentro y con su nuevo collar, Milo subió al auto apenas le abrieron la puerta y emprendió el ansiado viaje a casa.
“En cuanto llegó comenzó a olfatear todo, a reconocer el terreno de la casa, sus cosas, sus lugares. Lo más triste fue notar que buscaba a Sol, que era su compañera inseparable. También me daba miedo la manera en la que pudiera reaccionar al ver a Draco, el nuevo integrante de la familia de 6 meses. Solo deseaba que su llegada no lo entristeciera”, reconoce la angustia y admite que los primeros días junto al cachorro no fueron los mejores, pero “ahora son muy buenos amigos y están juntos todo el tiempo”.
A medida que puede, Milo vuelve a sus viejas rutinas. Retomó sus caminatas y trata de recuperar peso aunque, por consejo médico, aún no tuvo su chequeo veterinario. “Para evitarle más traumas hay que dejar que se asiente un poco y que esté mejor. Por ahora, nos enfocamos en que recupere peso y se sienta bien. Luego se le hará el chequeo completo”, adelanta Julieta y no deja escapar oportunidad para mostrar su preocupación por aquello que su perro pudo vivir.

“Sé que algo le pasó”, opina y recuerda que en febrero, cuando lo vio por primera vez luego de haberse escapado, Julieta le había contado a Infobae que Milo “no tenía el pretal verde, con cierre y abrojo, ni el collar de ahorque que usa porque como es tan grandote cuando lo sacaba a caminar siempre tiraba. No era una pieza que pudiera sacarse él solo, por eso creo que alguien lo agarró y no quiero pensar qué le habrán hecho para que esté tan asustado porque ve gente y corre”.
Milo se adapta una vez más a su vida en familia, lejos de los peligros de la vida en solitario y rodeado del amor de quienes hace 4 años lo adoptaron para darle una vida feliz, la que acaba de reencontrar.
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