
Durante años, producción y conservación fueron presentadas como dos actividades enfrentadas. Sin embargo, tres experiencias desarrolladas en Misiones y Entre Ríos muestran que ambas pueden integrarse dentro de un mismo paisaje. Las reservas San Jorge, El Potrero y una tercera en territorio misionero reúnen más de 45.000 hectáreas vinculadas a la conservación, protegen especies amenazadas, restauran ambientes y desarrollan tareas de investigación y monitoreo. Los tres casos forman parte de unidades de gestión forestal certificadas bajo el sistema PEFC Argentina, que plantea una mirada integral del territorio.
Desde el Programa para la Homologación de Sistemas de Certificación Forestal, aseguran que la conservación, lejos de significar simplemente dejar un territorio sin intervención, demanda recursos, planificación y trabajo permanente. Guardaparques, monitoreo de fauna, restauración de ambientes, viveros de especies nativas, control de especies invasoras, investigación, educación ambiental y mantenimiento de infraestructura forman parte de las tareas necesarias para sostener estos espacios. El estándar argentino de gestión forestal sostenible contempla además la identificación de sitios prioritarios y la protección de especies vulnerables, sus hábitats y la conectividad entre ambientes naturales.
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Actividad forestal aliada de la biodiversidad

En el departamento de Iguazú, la reserva San Jorge, protege 16.500 hectáreas de selva paranaense. Su importancia supera sus propios límites: forma parte de un bloque de más de 110.000 hectáreas de monte nativo y áreas de alto valor de conservación, y ocupa una posición estratégica entre el Parque Nacional Iguazú y el Parque Provincial Urugua-í. La reserva alberga bosques, bajos y bañados, además de una importante diversidad de orquídeas, árboles y aves. Entre los mamíferos registrados figuran especies emblemáticas como el yaguareté y el tapir.
En Gualeguaychú, Entre Ríos, El Potrero presenta otro modelo de integración. Sobre unas 30.000 hectáreas, alrededor del 68% está destinado a la conservación de ambientes naturales y biodiversidad, mientras que 18.112 hectáreas fueron declaradas Área Natural Protegida–Reserva de Uso Múltiple. Al mismo tiempo, la propiedad cuenta con 4.954 hectáreas de aptitud forestal, principalmente destinadas a eucaliptos y, en menor medida, pinos. La madera abastece a distintas industrias y la gestión forestal cuenta con certificación PEFC.
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Uno de los aspectos más destacados de El Potrero es el trabajo de restauración de ambientes degradados. En sectores afectados por antiguas prácticas agrícolas y forestales o por especies invasoras se realizan tareas de control, producción de árboles nativos en vivero propio y reforestación. Entre 2024 y 2025 fueron plantados 20.000 ejemplares nativos, dentro de un proyecto que apunta a recuperar unas 40 hectáreas. A esto se suman acciones de rehabilitación y liberación de fauna, investigación, monitoreo y educación ambiental, con proyectos relacionados con especies como el aguará guazú, la corzuela parda y aves amenazadas.
En Misiones, una reserva natural y cultural protege 10.397 hectáreas del Bosque Atlántico del Alto Paraná. Creada en la década de 1990, constituye uno de los pocos bosques continuos que permanecen en esa ecorregión. El área registra una amplia variedad de fauna, entre ella mono caí, mono aullador, tapir, venados, pecaríes, puma y yaguareté, además de 17 especies de aves amenazadas. También fue reconocida como área clave para la biodiversidad y área importante para la conservación de las aves.
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Preservar no implica una actitud pasiva. La reserva utiliza cámaras con sensores infrarrojos para monitorear la fauna, obtener información sobre el estado del ecosistema y orientar las acciones de protección. En conjunto, los tres casos muestran funciones diferentes pero complementarias: San Jorge pone el foco en conectar ambientes; El Potrero, en restaurar ecosistemas; y la reserva misionera, en preservar y monitorear grandes superficies de bosque nativo.
Los tres establecimientos tienen además un punto en común: están comprendidos dentro del alcance de certificados de Gestión Forestal Sostenible PEFC Argentina. De las 380.692 hectáreas certificadas bajo este sistema en el país, el 53% corresponde a áreas destinadas a producción y el 47% a conservación. El dato revela hasta qué punto la protección de la biodiversidad puede formar parte de una unidad de gestión forestal y no necesariamente quedar separada de la actividad económica.
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El desafío: que la conservación también sea sostenible
Estos casos no significan que cualquier plantación forestal genere automáticamente biodiversidad ni que no existan tensiones entre producción y conservación. La experiencia muestra, en cambio, que una gestión forestal sostenible puede integrar áreas productivas, bosques nativos, corredores ecológicos, sitios prioritarios y acciones concretas de restauración. Y plantea una pregunta central: si conservar exige personal, infraestructura, investigación, prevención de incendios, control de invasoras y monitoreo permanente, ¿cómo garantizar esos recursos en el largo plazo? Para PEFC Argentina, el desafío consiste precisamente en gestionar el territorio de manera integral, de modo que la producción permita sostener también las acciones de conservación.
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