
¿Cambiará algo luego del paro del transporte? Nada. El Gobierno interpreta que salió ganando ante su electorado por la hostilidad de un sector del sindicalismo y, además, logró agrandar la grieta entre los duros y los dialoguistas de la CGT. ¿Este escenario garantiza que se aleja el fantasma del tercer paro general? No, porque todo dependerá de cómo Javier Milei consolida o no este tablero. Si los moderados cegetistas no pueden mostrar algún resultado concreto de sus acuerdos con los libertarios, será un triunfo de Pablo Moyano y los sindicalistas K que buscan acorralar a la Casa Rosada.
Hoy, esta paralización parcial que obtuvo la Mesa Nacional del Transporte no fue la postal imaginada originariamente, cuando la Unión Tranviarios Automotor (UTA) aún integraba esa agrupación y los colectiveros iban a aportar una adhesión a la huelga que era clave para castigar al Gobierno. Los duros incluso suponían que los dialoguistas iban a darle otro portazo a los funcionarios libertarios ante tanta promesa de diálogo sin “efectividades conducentes”, como diría Hipólito Yrigoyen.
Entre los combativos del transporte, más allá de la euforia para la tribuna, hay consciencia del dilema que enfrentan: acaban de prometer que la semana que viene se reunirán para decidir nuevos paros, pero saben que tampoco pueden hacerlos de manera repetitiva sin caer en el ánimo destituyente. “Hay que esperar; ahora no hay margen para otro paro”, admitió a Infobae un moderado de la Mesa. “Si no aceleramos ahora, Milei nos lleva puestos”, se diferenció uno de sus colegas.

Por ahora, esa coalición de 6 gremios del transporte comparte los mismos objetivos, aunque es inevitable que haya diferencias si algunos sólo buscan desestabilizar al Gobierno. Lo debería pensar Pablo Moyano, a quien su intransigencia sin límites lo llevó a tratar de compensar las ausencias en el mapa del paro de este miércoles con un combo políticamente explosivo en el que figuraron los piqueteros, los ultrakirchneristas y expresiones de la izquierda radicalizada. Es, en la práctica, la alianza soñada por Cristina Kirchner en su plan de recuperar protagonismo golpeando a Milei. ¿Habrá hablado de eso con el dirigente camionero cuando lo vio el 7 de octubre en el Instituto Patria?
Ese es el “peligro” que quieren evitar los dialoguistas de la CGT, que explica también por qué terminaron involucrados en la lista de Ricardo Quintela para la interna del PJ. En el paro del transporte hay cuestiones de neto corte salarial y laboral, pero también componentes políticos evidentes. Uno de los referentes más lúcidos de la Mesa Nacional del Transporte, Juan Carlos Schmid, dijo que se sentarían a negociar “en la medida en que haya una agenda consensuada”. Pablo Moyano deja en claro cada vez que habla que ni siquiera así se sentaría con el Gobierno. Pero si dialogar es equivalente a traicionar a los trabajadores, como cree el díscolo camionero, no hay salida posible.
Por algo hay voces sindicales que se animan a discrepar con el lema trotskista de que “cuanto peor, mejor” que tienen algunos dirigentes. El líder de la Unión Ferroviaria (UF), Sergio Sasia, es apuntado por el ala dura, aunque al final del camino habrá que ver quiénes obtienen más logros para sus representados, si quienes los llevan a un callejón sin salida o quienes aceptan hablar con el Gobierno (¿un pecado?) para defenderlos. El líder de la UF acepta el ingreso de capitales privados en los trenes, está por lanzar un proyecto de su gremio para el “desarrollo ferroviario del siglo XXI” y, en una entrevista con Infobae, desafió a los duros: “El mejor paro siempre es el que no se hace porque quiere decir que a través del diálogo uno logró el objetivo”. Y redobló la apuesta, quizás con la figura de Pablo Moyano en la cabeza: “Yo no trabajo para la industria de la lucha”.

Una de las conclusiones más impactantes de estas horas es el ruidoso silencio de la CGT ante el paro del transporte. Ninguno de los referentes dialoguistas dio una opinión y tampoco hubo un comunicado de prensa para solidarizarse con los gremios del transporte en conflicto. La última declaración pública de la CGT es del 23 de este mes, hace una semana, y fue para expresar su posición ante una resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). “Ni nos llamaron por teléfono”, se quejó un integrante de la Mesa Nacional del Transporte sobre la cúpula cegetista.
Por ahora, todo es pura ganancia para el Gobierno, que metió una cuña para dividir más a la CGT y para fracturar el frente de los sindicatos del transporte. Aunque la UTA fracase esta tarde en sus negociaciones salariales y confirme su huelga de este jueves, lo que dejará en claro esta semana es que los gremios no pudieron paralizar el país. Ni los duros del transporte, a pesar de su alianza multisectorial que incluyó hasta piquetes, ni tampoco los choferes de colectivos si hacen su paro.
Pero Milei tampoco debería marearse con este virtual éxito político. Si no abre algunas puertas y accede a dialogar en serio para llegar a resultados concretos, los moderados de la CGT terminarán abrazados a Pablo Moyano, los ultrakirchneristas, los piqueteros y la izquierda radicalizada. Puede ser una foto redituable en materia de votos entre sus electores, pero también es un enorme riesgo.
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