
En los últimos meses hemos visto desfilar en redes sociales y medios a figuras mediáticas que, con videos improvisados, exigen al Congreso aprobar una ley que “blinde” para siempre el acceso de la pesca industrial a las áreas naturales protegidas. Lo curioso es que estos voceros improvisados, sin conocimiento técnico ni experiencia en el sector, repiten un libreto que simplifica el problema y señala a la pesca industrial como el gran enemigo de la fauna marina.
La realidad es más compleja. La pesca industrial regulada, aunque con impactos, no ha sido responsable de la desaparición de especies ni del deterioro de poblaciones como pingüinos, lobos marinos o aves guaneras. Los factores que sí amenazan seriamente a la fauna son la pesca ilegal y el uso de explosivos, la contaminación marina, el turismo depredatorio y la expansión urbana que invade territorios antes ocupados por la fauna. Sin embargo, nada de esto aparece en los videos que circulan en redes.
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Conviene recordar que las áreas naturales protegidas son instrumentos de conservación impulsados por la Convención sobre Diversidad Biológica. Su finalidad es garantizar protección y manejo sostenible, no prohibir de manera absoluta toda actividad económica. En el caso peruano, las cinco millas marinas constituyen de hecho una zona protegida. Sumadas al 7% de áreas reconocidas oficialmente, representan alrededor del 10% del mar peruano bajo conservación, cumpliendo el acuerdo inicial.
Los compromisos internacionales en materia de conservación establecen la meta de alcanzar un 30% de áreas marinas protegidas. Interpretar esa cifra como una prohibición absoluta de la pesca industrial desconoce la existencia de mecanismos razonables, como la zonificación vertical, que permiten compatibilizar la protección de la biodiversidad con actividades económicas reguladas. La evidencia científica muestra que no existe interacción significativa entre lo que ocurre en la superficie y lo que sucede a profundidades de dos mil a cuatro mil metros, y pasar por alto esta realidad constituye un error conceptual que distorsiona el debate.
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La discusión pública suele pasar por alto otro aspecto relevante, el crecimiento acelerado de la pesca artesanal y sus impactos. Un estudio publicado en Frontiers in Marine Science por De la Puente et al. (2020) reconstruyó el esfuerzo pesquero artesanal entre 1950 y 2018 y concluyó que “la flota de pequeña escala ha crecido mucho más rápido que las capturas, generando una caída significativa en los ingresos de los pescadores y en la eficiencia económica”. Mientras se demoniza a la pesca industrial, se ignora que la pesca artesanal también enfrenta serios problemas de sostenibilidad y que muchos pescadores viven hoy en condiciones de relativa pobreza.
El mismo estudio advierte que los pescadores que usan artes poco selectivas o ilegales han mantenido ingresos más estables, lo que revela una paradoja: la informalidad y la falta de regulación terminan siendo más rentables que la legalidad. Este hallazgo debería ser central en cualquier debate serio sobre conservación y pesca, pero rara vez aparece en los discursos mediáticos.
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Reducir el debate a “pesca industrial versus fauna marina” es una simplificación que invisibiliza amenazas reales y contradicciones internas del sector. La conservación marina exige políticas integrales, basadas en ciencia y derecho, no campañas emocionales ni consignas ideológicas. Blindar la biodiversidad significa enfrentar la pesca ilegal, la contaminación y el turismo depredador, al tiempo que se reconoce la importancia de una pesca industrial regulada y sostenible.
El Perú tiene compromisos internacionales que cumplir, pero también tiene la obligación de garantizar seguridad alimentaria, empleo y desarrollo. La clave está en diseñar mecanismos de conservación inteligentes, que distingan entre actividades reguladas y prácticas ilegales, y que reconozcan la diversidad de nuestro mar.
La fauna marina no necesita frases hechas ni videos virales, necesita políticas públicas serias. Señalar a la pesca industrial como único culpable es un error que invisibiliza las verdaderas amenazas. Si realmente queremos proteger nuestras áreas naturales y la biodiversidad, debemos enfrentar la pesca ilegal, la contaminación y el turismo depredador con la misma energía con que algunos atacan a la industria regulada. Solo así podremos cumplir nuestros compromisos internacionales sin sacrificar desarrollo ni caer en discursos simplistas.
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