
Se ha publicado “Propuestas para gobernar el Perú 2026-2031”, y es exactamente eso: un intento de redefinir el futuro del país desde una visión estratégica, soberana y de largo plazo.
Hace unos meses, cuando se estaba preparando este texto, me invitaron a participar. Nuestro país, en esos momentos como ahora, mostraba el rostro de enfermo terminal. Su crisis es mayor aún que aquella que pareció sepultarlo a fines de la guerra con Chile.
Soy un novelista y por eso mi profesión es la de conocer a la gente. Por ende, me uní de inmediato a ese colectivo, a sabiendas de que en el Perú existen solamente dos grupos: los que piensan, sufren y luchan por la patria, y los que solo la ven como un motivo para hacer negocio y enriquecerse.
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No estoy con ese último grupo, el de los mercaderes, ni ellos considerarían necesarios mis modestos esfuerzos.
Se trata de propuestas de políticas de Estado organizadas en cuatro ejes temáticos. La que propuse, y ahora está incluida en el libro, se llama “Cultura de la paz y los derechos humanos”.
Los derechos humanos han sido reconocidos como permanentes e imprescindibles por todas las naciones en la Declaración Universal de 1948 sobre ese punto, emitida como fruto de las reflexiones y acuerdos multilaterales posteriores a la II Guerra Mundial.
Es revelador que ese documento nazca al finalizar un conflicto feroz que pudo acabar con la especie humana y que se convierta desde ese momento en la única forma de lograr que la paz sea real y perdurable.
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Vale decir, que hay una articulación imprescindible entre estos dos elementos. Concretamente, sin derechos humanos no hay paz. Ni real ni perdurable.
Recientemente, varias voces se han levantado en los poderes legislativo y ejecutivo de este país para acusar de superfluos a los derechos humanos y negar jurisdicción a la Corte Interamericana que supervisa su aplicación. Tales expresiones evidencian ignorancia y hacen temer un retroceso a la ferocidad de las épocas arcaicas, y es por eso que nuestro planteamiento es el de ofrecer respeto por los derechos de los ciudadanos, sin excepción, como elemento indispensable para cualquier proyecto de nuestra vida futura.
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En consecuencia, es preciso que todos los habitantes de un país participen como agentes de pacificación. El combate a la pobreza, el reconocimiento de los derechos individuales, políticos, económicos, sociales y culturales, la igualdad de género y la justicia social son los fundamentos para la conducción real de una cultura de paz.
El Perú está sujeto a esta legislación que, en vez de adorno expresivo, es declaración judicial efectiva sin el cumplimiento de la cual un país se colocaría en la posición de paria.
Es preciso valorar entonces la situación peruana y recordar que la paz obtenida más de treinta años atrás, en el siglo pasado, no fue fruto de una negociación como sucediera en Colombia y en otros países, sino fue la fase posterior a una victoria militar de las fuerzas del orden.
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De todas formas, la paz fue proclamada, pero sin ajustarse a las definiciones que la ONU señala como fundamentales.
Lo que vivimos en el Perú no es la paz que los países civilizados buscan y la ONU ha acordado. Es, más bien, la polarización plasmada en perseguir eternamente a los que alguna vez se alzaron en armas, por una parte y, por otra, la inacabable demanda de juzgamiento y condena sobre los agentes del Estado que cometieron crímenes durante la lucha contrasubversiva.
La cultura de paz a la que nos referimos no es un reclamo de impunidad, ya que los peruanos de ambos lados del conflicto han cumplido o están cumpliendo condenas de 25, 30, 35 años o más.
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En resumen, la única forma de acabar con esta situación es recordar que el conflicto interno aconteció en el siglo pasado y ya es tiempo de que todos nos perdonemos, así como nos sujetemos al espíritu de la Declaración de los DDHH aprobada por todas las naciones y proclamemos, de una vez por todas y para todos, una paz verdadera.
Deben recordarse, además, las conclusiones y recomendaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.
Las guerras dejan dolorosas heridas en la sociedad. La verdad es que todos nos empobrecimos, vencedores y vencidos, pero quizás más los primeros porque se profundizó su espíritu intolerante y soberbio, y tal vez eso les hizo perder algo de su consistencia humana. La reconciliación debe hacernos recuperar los rumbos perdidos hacia la construcción de la patria.
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