
En los últimos días, ha circulado en medios y redes una declaración de un alto funcionario municipal que afirma, con orgullo, haber reducido los niveles de anemia en Lima de un 70% a un 30%, gracias a la entrega de sangrecita. Una afirmación tan contundente como desinformada, y que revela una peligrosa tendencia: el uso de los problemas de salud pública, en este caso la anemia infantil, como banderas propagandísticas sin sustento técnico ni respeto por la complejidad que estos implican.
La anemia no es un problema que se soluciona de la noche a la mañana ni con un solo alimento, por más rico en hierro que este sea. Reducir esta condición a una entrega puntual de sangrecita o a una intervención municipal aislada es una simplificación que ignora décadas de estudios y experiencias en salud pública. La anemia, especialmente en la infancia, es un fenómeno multicausal. Tiene raíces biológicas, sociales, económicas, sanitarias y culturales. Por ello, requiere respuestas integrales, sostenidas y articuladas entre múltiples actores.

Un niño o niña puede presentar anemia no solo por consumir poco hierro, sino por no absorberlo adecuadamente. Esto puede estar asociado a la falta de otros nutrientes que facilitan su absorción, como la vitamina C, o a la presencia excesiva de inhibidores como el calcio, los fitatos o el consumo de té o café en edades tempranas. También puede deberse a infecciones frecuentes por falta de acceso a agua segura, saneamiento básico deficiente o una salud intestinal comprometida. Ni hablar de la influencia del bajo peso al nacer, la prematuridad, clampaje temprano del cordón umbilical, factores que inciden directamente en las reservas iniciales de hierro con las que nace un bebé.

Además, persisten barreras como el acceso irregular o inexistente a los programas de suplementación preventiva con hierro, así como a tratamientos adecuados cuando la anemia ya está presente. Con frecuencia, los establecimientos de salud de primer nivel carecen de profesionales de salud suficientes, como nutricionistas, así como de suplementos e incluso hemoglobinómetros, herramientas clave para un diagnóstico temprano. A ello se suma la limitada educación alimentaria que reciben muchas familias, lo que dificulta identificar fuentes de hierro accesibles en su entorno, combinarlas adecuadamente o evitar prácticas que interfieren con su absorción.
En este contexto, pretender adjudicarse una reducción dramática de la anemia infantil sin presentar evidencia clara y desagregada no solo es un acto de irresponsabilidad política, sino también una falta de respeto hacia los miles de mujeres, lideresas comunitarias, promotoras de salud, organizaciones de base y profesionales que durante años, mucho antes de cualquier “campaña municipal”, han sostenido la lucha contra la desnutrición y la anemia en los territorios. Invisibilizar su trabajo y su conocimiento es desconocer que el cambio real, el que perdura, se construye desde abajo, con articulación y respeto mutuo.

La anemia no puede ni debe usarse como una medalla política. Hacerlo no solo desinforma a la población, sino que erosiona la confianza ciudadana en las políticas públicas. Cada punto porcentual ganado en esta lucha es el resultado de esfuerzos múltiples: del Estado, la comunidad, el personal de salud, las familias. No es justo ni ético atribuirlo a una sola figura o institución. Tampoco es legítimo presumir resultados que no se condicen con la evidencia oficial. Según la ENDES 2024, la reducción de anemia en Lima Metropolitana en menores de tres años ha sido de apenas 1.8 puntos porcentuales en el último año. Una mejora positiva, sí, pero lejos de ser un giro espectacular.
Frente a este escenario, es necesario reafirmar que la lucha contra la anemia debe basarse en la ciencia, en el trabajo colectivo y en la transparencia. Se requiere asegurar agua segura, una alimentación nutritiva y completa, educación alimentaria contextualizada y sostenida, acceso universal a la suplementación con hierro, sistemas de salud comunitarios sólidos y políticas sociales que aborden la pobreza estructural. No es cuestión de dádivas ni de discursos grandilocuentes. Es cuestión de derechos, de justicia social y de compromiso real con el bienestar infantil.
En lugar de buscar réditos políticos, las autoridades deberían escuchar más y hablar menos. Reconocer el valor del trabajo comunitario, fortalecer las intervenciones multisectoriales y rendir cuentas con datos reales. Porque la anemia infantil no es un trofeo de campaña: es una deuda pendiente con miles de niñas y niños que merecen crecer con salud, dignidad y oportunidades reales.

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